Amor que viene de Dios

Primera lectura: Lectura del libro de Jeremías (1,4-5.17-19)

Segunda lectura: Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (12,31–13,13)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,21-30)

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»
Y Jesús les dijo: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.»
Y añadió: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.»
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

Puedes descargarte el audio aquí. Como verás, la persona que lee es otra que en las entradas anteriores: Tere Gelardo nos ha prestado su voz y su lectura preciosa. Seguro que te ayuda. ¡Gracias, Tere!

El ser humano que somos, también en el caso de nosotros, que nos consideramos creyentes, tiene miedo de Dios. Tenemos miedo de su grandeza, tenemos miedo de la Palabra que pueda dirigirnos, tenemos miedo de que nos confíe una misión que no nos guste o no sepamos realizar, tenemos miedo de que lo que Dios nos diga nos complique la vida o nos suponga amenaza. Incluso anhelando mucho a Dios, incluso siendo todo lo que somos solo porque él nos ha creado y nos ha llamado –así se lo dice a Jeremías: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles”-, nosotros tenemos miedo de Dios. Este miedo de Dios, cuya causa es el pecado, es el verdadero drama de nuestra vida. Porque Dios es la Vida, y todo lo que hace es en nuestro favor, es para darnos vida. También es por causa del pecado que esto no podamos siquiera entenderlo.. ¿es por eso que nos va como nos va?

La primera lectura nos habla de esta llamada del Señor a Jeremías. Lo ha llamado para una misión, para ser profeta de los gentiles, de los paganos. Y Jeremías tiene miedo. No es la primera vez que Jeremías le expresa su miedo. Ese miedo humano a que se burlen de ti, te rechacen, te desoigan… te puedan matar incluso. Este miedo que tenemos cuando miramos la vida como si no hubiera más que ese “nosotros y ellos”. ¿Es realmente así? ¿No hay nada más?

Pero es que hay más. Están ellos, estoy yo y está, sobre todo y en todo, Dios, que me ha dado una misión en favor de aquellos que es posible que me rechacen a mí, como le han rechazado a él. Y, si miro bien, si aprendo a mirar bien, lo que me tendría que dar miedo es no obedecer a Dios: el que por mi desobediencia los vea como la verdadera amenaza, el que por mi falta de fe no llegue a ser lo que Dios me encarga y para lo cual me pertrecha: “Mira; yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo. Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte.”

O sea que hay más: estamos nosotros y están ellos, pero sobre todo, siempre, está el Señor. Y tú no vas por ti, sino que vas como enviado del Señor. El es el que quiere que anuncies, y a no ser que te cierres y te niegues, el Señor mismo te revestirá con sus armas con lo cual, vas a esa batalla pertechado por el mismo Dios. Es cierto que “lucharán contra ti”, es cierto que a ratos sentirás miedo, que las cosas no serán como habías previsto y que quizá incluso llegues a temer por tu vida, pero… “no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte.”

Sucede esto, sucede mucho más, en el texto del evangelio. Jeremías, un hombre como nosotros, que padece el pecado y por ello no puede obedecer a Dios como desea, ha recibido una llamada de Dios. En el relato de Lucas vemos en cambio a Jesús, que no tiene pecado y está unido en todo a la voluntad de Dios: Él ya ha dicho sí a la voluntad del Padre sobre él y por ello, tanto en sus palabras como en sus obras se manifiesta Dios. Es admirable lo que contemplamos aquí: en la persona de Jesús, Dios se manifiesta plenamente, con palabras y obras. En Jesús vemos a Dios, que ha venido a habitar entre nosotros.

Encontramos así diferencia entre la primera lectura y el evangelio: Jeremías tiene miedo que expresa al Señor, y recibe de él la certeza de que será sostenido, si cree. Jesús, que vive unido al Padre, manifiesta lo que es la vida cuando se consiente a la acción de Dios: el que obedece al Padre se revela, en medio de nuestro mundo, como un icono vivo de su presencia.

Los textos presentan también una semejanza: a los que sirven a Dios, el mundo los rechaza. Así lo teme Jeremías, así se cumple en Jesús. La Palabra de Dios, cuando se pronuncia en medio de nosotros, produce rechazo. Jeremías tenía miedo de lo que se le venía encima por el mandato del Señor. A Jesús, el texto nos dice que se pusieron furiosos, que lo sacaron del pueblo y lo empujaron a un barranco, con intención de despeñarlo.

Diferente es, en esta situación de amenaza, lo que a nosotros, retratados en Jeremías, nos surge naturalmente: el retraernos, el temor, el “paso atrás”. En cambio, la libertad de Jesús brilla de tal modo en esta situación que nombra primero a sus opositores lo que está sucediendo: “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra.”, y luego, porque no es su hora de morir, se libra también de su amenaza con la misma libertad: “Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.”

Semejante es, aunque de distinto nivel, el fondo que mueve a ambos: Jeremías, con todo su miedo, está en relación con Dios, quiere servirle a pesar de sus resistencias, ama. Y Jesús… es por amor al Padre que Jesús vive su misión hasta el fondo, es por amor a aquellos que le quieren destruir que les proclama la buena noticia del Padre y lo hará hasta el último segundo de su existencia… es el amor, el amor discreto, constante, concreto, cotidiano, ese amor que no tiene forma brillante sino humilde hasta el punto de ser solo y puramente amor, lo que permanece para siempre, lo que permanecerá.

El fuego que anima a los profetas a decir que sí a Dios; la obediencia con que Jesús ama al Padre, la entrega de nuestra vida hasta el extremo y en el cada día, en tantas formas que pueda ir tomando… ¿qué es, sino amor del bueno, el que viene de Dios? ¿Qué es, sino amor que aprende a amar amando, que sintetiza, condensa y plenifica nuestra vida… y nuestro mundo?

Empezábamos hablando de nuestro miedo a Dios y de esa humanidad natural que tan bien conocemos. Las lecturas nos hacen caer en la cuenta de que hay otro modo de vivir: ese que se ha iniciado en Jesús y que se prolonga en los hombres y mujeres que obedecen a la palabra de Dios en sus vidas. Los hombres y mujeres que, en lo que hacen y en lo que dicen, en lo que aceptan y en aquello a lo que renuncian, tienen un solo horizonte que los va modelando según Dios: llegar a ser según el Amor que los creó.

 

Imagen: Element5 Digital, Unsplash

2 comentarios en “Amor que viene de Dios”

  1. Miedo, pecado, acción de Dios en mi vida…
    Me dispongo, opto por la confiar… Tu sabes más que yo, tus planes no son mis planes…
    Acepto misión.
    Ayúdame a responder desde y con tu Amor.

    1. Qué grande que el ser humano (tú, en este caso), pueda decir unas palabras tan grandes y tan humildes, Pep Toni. Doy gracias contigo. Un abrazo grande

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