Aprender de Jesús a reconocer lo oculto

Mientras los ciegos se iban, le presentaron un hombre mudo poseído por un demonio. Jesús expulsó al demonio y el mudo recobró el hablar. Y la gente se decía maravillada: – Jamás se vio cosa igual en Israel.

Pero los fariseos decían: – Expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios.

Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando la buena noticia del reino y curando todas las enfermedades y dolencias.

Seguimos ahondando en la relación entre las palabras y las obras en este último fragmento del c. 9. Los versículos que quedan (36-38) los comentaremos en relación al c. 10, y no a este.

Terminamos estos dos capítulos del díptico que, frente a los cc. 5-7, componen la conjunción entre palabras-obras y nos muestran su plenitud en Jesús.

Estas últimas referencias del capítulo nos traen otras situaciones de conexión y/o desconexión entre palabras y obras.

La primera, de un hombre que no puede pronunciar su palabra porque está habitado por un demonio. ¿Podríamos detenernos un poco en las formas que puede tomar en este demonio, y los modos en que, en consecuencia, no podemos ser palabra, como el ser humano es –a imagen de la Palabra?

La ira, la insatisfacción permanente, el miedo, la envidia, la codicia, la angustia, la inseguridad, la ansiedad, el estrés, el miedo, la preocupación, la desconfianza; el individualismo, la insolidaridad, la burocracia, el anonimato, la falta de horizonte vital y espiritual, la falta de sentido personal, social, ético; la soledad, la desconfianza existencial, las formas culturales y sociales de esclavitud; la carencia de espíritu… son formas que toma ese demonio por las que nos expropia la vida y nos impide decir nuestra palabra, nos impide ser.

Jesús, que en su plenitud vive unificado, puede liberar a la persona de esa desconexión vital que la enmudece como persona y la obliga a una existencia ahogada, mínima. Jesús, el ser humano pleno, puede liberar al hombre de su implenitud y volverle a plantar en una existencia liberada en la que es posible la integración entre dentro y fuera, entre palabras y obras, entre cuerpo y espíritu.

El otro modo de fractura entre las palabras y las obras, el más distorsionado que cabe, corre a cargo de los fariseos: Expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios.

Hemos hablado mucho de que la integración entre palabras y obras va reflejando las etapas de una vida integrada. Si en un primer nivel solo se presentaba como coherencia básica entre el hacer y el decir, progresivamente se nos ha ido mostrando cómo esa integración de palabras y obras da prueba de la calidad humana en que dicha integración se asienta, y más profundamente, de la fe que es causa y fundamento de toda integración, y que nos lleva al encuentro con Jesús, a la reciprocidad de relación con él que constituye la plenitud de nuestra existencia, porque en la relación con él podemos llegar a ser lo que somos en plenitud, como vemos en este hombre que no podía hablar.

Pero ante Jesús sale también lo más perverso de lo nuestro. Así sucede con la palabra de los fariseos que, al ver las palabras-obras de Jesús no es solo que se dejen llevar por sus «reacciones espontáneas», como aquellos dos ciegos del v. 31, sino que ven lo contrario de lo que es: en vez de ver a Dios en sus palabras-obras en relación a los demonios, ven la acción del príncipe de los demonios. Esta reacción perversa indica que no solo sus palabras-obras, sino su mirada humana está desenfocada, retorcida respecto de lo que es, respecto de la verdad. Podríamos decir que no creen en Jesús, pero hay algo todavía anterior, a la base: aunque no creyeran en Jesús, muchas personas podrían ver la profunda humanidad, amor y libertad que emana de sus palabras-obras. Luego quien vea en las palabras-obras contra el mal una estratagema del malo… está reflejando ahí su mirada.

A la hora de aprender sobre las palabras-obras que nos hacen humanos, de las cuales Jesús es el referente, necesitamos saber tanto las que nos llevan a la vida y a la Vida, como las que nos separan de ella. Por eso, con estas últimas perícopas nos enseña Mateo, desde otro ángulo necesario, la relación entre las palabras y las obras, de tal manera que orientemos nuestra vida en dirección a la Vida.

El fragmento de hoy termina cerrando el díptico de aquellas palabras de los cc.5-7 y estas obras de los cc. 8-9, recogiendo la actividad de Jesús que recorre la tierra enseñando y curando, de tal manera que su caminar por la vida es proclamación de Dios, la buena noticia del reino que en Jesús se revela en plenitud, y nos llama a vivir según la vida plena que realiza la semejanza con Dios (Gn 1, 27).

Imagen: Jonathan Pielmayer, Unsplash

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