Aprender sabiduría (II)

Entonces se puso a recriminar a las ciudades donde había realizado la mayoría de sus milagros, sin que se arrepintieran: —¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro o Sidón se hubieran realizado los milagros que en vosotras, hace tiempo habrían hecho penitencia con sayal y ceniza. Pues yo os digo que el día del juicio será más llevadero para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿pretendes encumbrarte hasta el cielo? Pues caerás hasta el abismo. Pues si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, esa ciudad existiría hasta hoy. Pues yo os digo que el día del juicio será más llevadero para Sodoma que para ti. Mt 11, 20-24

Si recuerdas, en la entrada anterior de nuestra lectura de Mateo, Jesús confrontaba el mirar de la gente como un mirar superficial, falto de sabiduría. Qué diferente la humanidad de Juan el Bautista, que se pregunta y vive oteando los signos de Dios en la historia, o la humanidad de aquellos que van al desierto y no saben a qué, que no saben distinguir entre un profeta o un endemoniado, la violencia por el Reino o la furia de cualquiera. Que no saben ver, sobre todo, a quién tienen delante cuando escuchan a Jesús. A él también lo confunden –comilón y borracho, y no distinguirían –no distinguiríamos- la sabiduría de Dios aunque les gritara en la cara. Qué urgente la necesidad de aprender a mirar y a escuchar. Qué urgente necesidad de adquirir sabiduría.

Y aquí delante, en Jesús, tenemos la Sabiduría de Dios, acreditada por sus obras. También las obras de comer y beber, que no hacen de él un comilón ni un borracho, sino que manifiestan al Hijo de Dios. Necesitamos, para adquirir sabiduría, dejarnos guiar por las palabras y las obras de Jesús. Dejar nuestros modos de mirar, de buscar, de escuchar, y abrirnos a los que nos vienen de él, en este camino en que la fe nos guía.

Y de nuevo, Jesús recrimina a los pueblos, como antes ha recriminado a sus oyentes. Nuestra ocasión de aprender sabiduría consiste, como hemos dicho, en acoger las palabras de Jesús aceptando retirar las nuestras, por evidentes que nos parezcan. Esto, que sería declaración de dependencia e incapacidad si lo hiciéramos respecto de cualquier “sabio” humano, es reconocimiento del señorío de Jesús cuando se trata de abrirse a sus palabras. Indica que conocemos nuestra condición de criaturas, que sabemos quién es Dios.

Escuchamos a Jesús que reprocha a las ciudades en las que ha realizado la mayoría de sus milagros sin que se arrepintieran. Partimos de que la verdad es esta recriminación de Jesús, porque creemos y sabemos que Jesús es la Verdad. Desde aquí, qué encontramos? Reconocemos que es escandaloso que los milagros y la salvación que se encuentra en ellos no te lleven a Dios. Que la contemplación de la belleza de Dios, de su compasión o de su poder (en el grado que sea) no te lleven a arrepentirte, por contraste, de tu oscuridad y tu desorientación. Esto escandaliza a Jesús, y al escucharle con fe, reconocemos que es escandaloso.

Así aprendemos sabiduría: escuchando a la Sabiduría y haciendo nuestro, por la fe, el modo de mirar de Jesús. Al principio nos resultará más extraño, y poco a poco, nuestra fe obtendrá de Dios sabiduría: aprenderemos a mirar al modo de Jesús.

Entonces reconoceremos que es escandaloso que quien ha recibido tanto aborte el movimiento de vida que ha recibido y lo acabe en sí, en vez de derramarse en arrepentimiento y en alabanza.

Entonces reconoceremos que quien no conoce su verdad al experimentar la bendición de Dios revela que su mal es muy oscuro (tanto, que Sodoma y Gomorra lo hubieran visto antes que tú).

Entonces reconoceremos que quien no ve que Jesús es la Verdad, no ve, y que el que no es capaz de ver a la Sabiduría cuando la tiene delante, no te va a enseñar nada de lo que importa (y ya sé que alguien dirá aquí que hay no creyentes que nos enseñan mucho):…  y es que ellos igual sí reconocen a la Sabiduría cuando la tienen delante).

Y cuando vemos todas estas cosas: quién es Dios para la criatura que soy; la Sabiduría donde en realidad está, la fractura y el mal donde dice que están la Sabiduría; cuando adquirimos, en una infinitésima medida, el modo de mirar de Jesús, podemos decir que hemos empezado a vivir de la Sabiduría.

Imagen: Nathan Dumlao, Unsplash

 

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