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Aprendiendo a mirar la vida (II)

Seguimos, en estas entradas del c. 8, aprendiendo de Jesús a mirar la vida.

En este caso, esta perícopa la vamos a comentar en relación al texto precedente, en el que Jesús nos hablaba, por medio de la parábola del sembrador, de la palabra de Dios, que es recibida por distintas personas de distintas maneras. Algo que también se nos decía que dos de esos tipos, el primero y el tercero (lo que cayó en el camino, lo que cayó entre cardos), decía que escucharon, pero que luego… Aquí de nuevo se nos habla de esta escucha, como verás:

Nadie enciende un candil y lo tapa con un cacharro o lo mete debajo de la cama, sino que lo coloca en el candelero para que los que entran vean la luz. No hay nada encubierto que no se descubra, ni nada escondido que no se divulgue y se manifieste.  Atención, pues, a cómo escucháis: pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará aun lo que parece tener.  Se le presentaron su madre y sus hermanos, pero no lograban acercarse por el gentío.  Le avisaron: —Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte. Les replicó: —Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen. Lc 8, 16-21

La acogida de la Palabra de Dios -que es Jesús y que Jesús anuncia- se manifiesta con la propia vida, como veíamos en los discípulos y las mujeres que lo seguían, como se dice al comienzo de esta perícopa: Nadie enciende un candil y lo tapa con un cacharro o lo mete debajo de la cama, sino que lo coloca en el candelero para que los que entran vean la luz. Esto es lo que han hecho, siguiendo a Jesús, estos hombres y mujeres que veíamos en la perícopa anterior, porque ellas y ellos, cuando han conocido a Jesús, la Palabra, esa luz que ha prendido en ellos con su persona, no la han guardado ni escondido, sino que han dejado que brille desde su interior y sea la Palabra la que los conduzca.

Esta enseñanza de Jesús nos sigue diciendo que aquello que hemos recibido ha de ser manifestado, y aquí nos viene la pregunta acerca de cómo vivirla. Se nos llama a vivir lo de Dios al modo de Dios. Y para eso, es necesario escuchar. Se nos pregunta aquí si escuchamos la Palabra con gozo, con un corazón bien dispuesto, rechazando los ruidos que nos estorban… porque si no pasará que estaremos derramando la Palabra de Dios.

Seguro que tienes mucha conciencia de tanto bueno que has recibido de Dios (¡y si no fuera así, habla con él de ello!), e incluso dices “tanto como me ha dado, tantísimo como para agradecerle toda la vida”, y luego nos lamentamos porque con tantos reclamos, con tantas prisas, con tantas tensiones, no vivo de esa palabra sino respondiendo a los reclamos, las prisas, las tensiones que no son para nada lo que de verdad importa.

Atención a cómo escuchamos la Palabra: si la escuchamos al modo como Jesús la pronuncia, a lo que nos llama a vivir, o si la acogemos desde nuestras preocupaciones, nuestros agobios, desde la tentación que nos confunde. Detente ahora y pregúntate cómo escuchas. Jesús ha observado la realidad, ha visto que nos pasa esto, y nos advierte acerca del vivir. Haz tuya esta enseñanza de Jesús, para que se traduzca en vida.

La última vez que se nos habla de la Palabra en esta perícopa es cuando le dicen a Jesús que han venido su madre y sus hermanos, le avisan de su llegada, y Jesús replica: Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.

A veces, si escuchamos desde nosotros, nos puede parecer que Jesús está aquí dejando fuera a su madre y a sus hermanos, pero no lo dice así. Sabemos que su madre ha acogido la Palabra de Dios como nadie, y de sus hermanos, no se dice aquí ni que sí ni que no. Lo que está diciendo Jesús aquí, no excluyendo sino incluyendo, es la vinculación que se establece con quienes escuchan la Palabra de Dios y la cumplen. Este es el verdadero orden de la realidad: acoger la Palabra de Dios y cumplirla, lo que manifiesta que tu vida está vinculada a Jesús y desde él te abres a otro modo de estar en la vida, el que pone a Jesús en el centro.

A través de estas perícopas, a través de la fe en Jesús que nos enseña a mirar la vida, vamos aprendiendo también nosotros a mirar la vida.

Imagen: Farzad Mohamadi, Unsplash

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