El Camino. Y la Verdad. Y la Vida

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (6,1-7)

Sal 32,1-2.4-5.18-19

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (2,4-9)

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,1-12)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

Puedes descargarte el audio aquí.

Ya has visto el título, ¿verdad? Ya sabes de quién decimos que es el Camino, y la Verdad, y la Vida, ¿a que sí? Es bastante abrumador decir cosas tan grandes de Jesús, y lleva a preguntarse si no estaremos exagerando. Si no será todo una especie de exaltación de lo propio semejante a la que se da, por otra parte, en muchos creyentes de muchas confesiones, en muchos ciudadanos de muchos países… una exaltación de lo propio tan natural y tan relativa que no merece más atención que todas las otras. Es tan grande lo que decimos, tan incapaces somos de mostrarlo, ¡ni te cuento de vivirlo!, que al mirarte sientes la tentación de rebajar a Jesús, de decir que no ha sido para tanto… que sí, que fue un hombre excelente, que sí, que Dios estaba con él, pero… ya. Sin pasarse. Para que no parezca que los cristianos queremos ponernos, al poner a nuestro Dios, por encima de nadie…

Pero no. No es por eso. No es por motivos humanos por los que ponemos por encima de todo a Jesús. Seguramente, a lo largo del siglo pasado nos hemos hecho más humildes (y falta nos hacía) en relación a nuestro modo de anunciar y de vivir la fe. Seguramente, ese sitio pequeño que ahora es el nuestro en la sociedad también ha contribuido lo suyo a que aprendamos otros modos de relacionarnos con los que nos rodean, tantas personas que no creen o que creen de otro modo, desde otra revelación o  luz que la que nosotros hemos recibido. Todo esto es verdad y nos hace falta aprender a vivir de ello, pero… no. Apaleados y todo, colocados en un lugar más real, incomprendidos a veces, otras incoherentes, otras valientes y otras vencidos… hay algo que no cambia, y es que Jesús de Nazaret es… lo que dice él mismo en este evangelio. Lo que dice Pedro en la segunda lectura. Lo que mueve la vida de los discípulos del libro de los Hechos.

Jesús de Nazaret es… todo. Jesús de Nazaret ha sido elevado por encima de todo, porque el Padre lo ha querido así. Esto no lo hemos hecho los cristianos. Los cristianos bastante hacemos si no manchamos ni traicionamos el nombre de Jesús, si no desvirtuamos el plan del Padre, si secundamos la acción del Espíritu. Pero poner a Jesús por encima de todo… no. Esto no lo podemos hacer nosotros. No podemos, nos sobrepasa y nos desborda, y aunque quisiéramos, no sabríamos hacerlo. Y aunque lo intentáramos, no se sostendría. No se mantendría Jesús elevado sobre todo por las intenciones o los intentos de unos seres humanos que, si saben mucho, saben que son barro… y el barro no puede sostener al Exaltado.

Poner a Jesús por encima de todo solo puede hacerlo el Espíritu de Dios. Ponerlo tan por encima de todo que ha hecho que Él sea reconocido, para cada hombre y mujer que crea en Jesús, el Camino y la Verdad y la Vida, esto solo puede hacerlo el Espíritu porque el Padre así lo ha dispuesto.

Y nosotros los cristianos, indignos, introducidos y confrontados con esta inmensidad, somos situados en medio de este designio trinitario. No porque tengamos méritos, no porque nos lo hayamos ganado por nuestras obras y, desde luego, no porque acertamos la respuesta a alguna pregunta esencial. No. Se nos ha regalado conocer a Jesús por la fe. Se nos ha regalado reconocerle como el Camino, y la Verdad, y la Vida. Y al comprenderlo así, se nos ha ido abriendo la mirada hacia el Padre que ha querido darle a su Hijo la gloria que él tenía. Se nos va iluminando la acción del Espíritu, que hace todo lo que el Padre quiere, como el Hijo lo ha hecho también.

Vivir en y por Jesús

Nosotros, si queremos llamarnos cristianos, abrimos la mirada y el corazón a lo que Dios ha hecho en su Hijo. A que el Padre ha hecho de Él el Camino, y la Verdad, y la Vida. Y por eso, porque esta verdad inmensa ha sido plantada en nuestro espíritu, vivimos de ella, y la anunciamos. No porque la vivamos “nosotros”. No porque sea “nuestra”, sino precisamente porque la Vida que es Jesús es vida para todos, y el Camino, la Verdad y la Vida que hemos conocido al mirarle es Camino, Verdad y Vida para todo hombre y mujer que viene a este mundo. Luego, algunos no lo reconocerán. Otros serán llamados a otros caminos. A nosotros se nos ha dado ver, humildemente, indignamente, que esos caminos convergen y culminan en Jesús, en quien todas las cosas encuentran su consistencia (cf. Col 1, 17).

Nosotros sólo podemos anunciarlo. La fe para poderlo reconocer, la esperanza para que esta revelación llegue a ser (camino y verdad y vida) en tu vida, el amor que te liga a Jesús y te hace participar de la comunión trinitaria para desde ahí vivirlo todo, eso solo el Espíritu se lo puede comunicar a cada persona.

Eso sí, hemos de anunciarlo. Decir las palabras iluminadas por la fe, impulsadas por la esperanza, purificadas por el amor. Decir esas palabras con el deseo de que prendan en el otro/a y le lleven a encontrarse con Jesús.

Hemos de anunciarlo, pero no como quien solo pronuncia palabras, sino como quien ha hecho de la escucha y del cumplimiento de esas palabras su propia vida. Anunciar, ser testigos de la vida de Jesús en nuestra vida se hace reconociendo que Jesús es el Camino, y la Verdad, y la Vida.

Jesús es…

 Jesús es el Camino, porque del mismo modo que los caminos nos dan un espacio que habitar a la vez que nos conducen allí a donde queremos ir, Jesús se ha hecho Camino porque en la relación con Él nos reconocemos ya viviendo al modo de Dios, y en ese vivir en relación con Él, a su modo, somos llevados allí a donde nos quiere llevar: a los hermanos, a este nuevo tramo del camino, y en último término, a la vida con Dios para siempre.

Jesús es la Verdad, ¿te has preguntado por qué los humanos andamos buscando verdades a las que servir o a las que aferrarnos, proyectos lo bastante consistentes como para entregarnos a ellos, personas en las que confiar y con las que construir, sino es porque en medio de todas las cosas buscamos esa verdad en la que desplegarnos, por la que entregarnos, en la que descansar? ¿Sabes por qué? Porque toda la realidad ha sido creada a imagen de Jesús. Todas esas verdades –y no lo descubres hasta que conoces a Jesús- que necesitamos para encontrar referentes firmes que nos ensanchen la vida y le den consistencia, tienen a Jesús de Nazaret como referente. Todas ellas son, por así decir, fotocopias mejores o peores de la Verdad original, de la Verdad que es fuente y culminación, de la Verdad definitiva que es Jesús. Y es a la luz de la Verdad que has encontrado en Jesús como todas esas verdades nos revelan su verdad.

Jesús es la Vida. La Vida que es Jesús, esa Vida tan esplendorosa que Marta y María, creyentes, hermanas y amigas de Jesús, percibían en él de modo tan clamoroso que, cuando llega Jesús después de muerto Lázaro, lo único que le dicen es: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano (Jn 11, 21.32). Una Vida tan plena, tan total, que junto a ella, la muerte no tiene lugar. Sólo una vez, cuando el Padre quiso, Jesús se dejó hacer por la muerte. Y la ha vencido para siempre. Nosotros, que siempre anhelamos vida en todo lo que intentamos, en todo lo que buscamos, en todo lo que deseamos, hemos encontrado en Jesús la Vida con mayúsculas, la Vida que hace estallar de vida todos los seres de la naturaleza, toda la alegría de los niños, todo el deseo de luchar contra la muerte en los enfermos o en los ancianos.

Los cristianos hemos conocido que Jesús es el Camino, y la Verdad y la Vida. Nos hacemos dignos de esta iluminación que ha colmado nuestro espíritu cuando vivimos de la fe recibida. Cuando vivimos para manifestarla en nuestras vidas. Mostramos haber comprendido algo de este don inmenso, cuando deseamos vivir para que muchos otr@s, de muchas maneras, por distintos caminos, lleguen a conocer a Jesús y sea para ellos Todo. Lo que Él es.

Imagen: Mark Fletcher Brown, Unsplash

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