Cuerpo y Sangre de Cristo. Comida y bebida

1ª lectura: Lectura del libro del Génesis (14,18-20)

Sal 115

2ª lectura: Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (11,23-26

Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,11b-17)

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.
Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»
Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»
Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres.
Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»
Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

Puedes descargarte el audio aquí.

Hoy celebramos el Corpus Christi. Hoy celebramos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, lo que este Cuerpo y esta Sangre han supuesto para nosotros. Hoy celebramos que el Cuerpo y la Sangre de Jesús han cambiado nuestra vida… o podrían haberlo hecho, al menos. Vamos a escuchar lo que nos dice la Palabra de Dios, vamos a creer al que nos habla por medio de esta Palabra.

Lo primero que nos dice la Palabra de Dios, a través del Génesis, es que el que bendice a Abrahán es un sacerdote que representa otro sacerdocio, un sacerdocio eterno, un sacerdocio que viene de otra parte. El encuentro entre Melquisedec, figura de Jesús, y Abrahán, el padre de la fe que le entregará el diezmo de sus bienes, aparecen  como el trasfondo de lo que celebramos en este día: un sacerdote nuevo que bendice con pan y vino, un creyente que se postra ante él para ser bendecido y que entrega el décimo de sus bienes en respuesta. Una relación, por tanto, en que uno es mediador y otro el bendecido por aquel que tiene en sí la bendición de Dios;  una ofrenda que aún se presenta misteriosa, y una bendición que los vincula. Aún no sabemos qué alcance tiene esta imagen que llega del pasado y nos revela los modos del caminar de Dios con nosotros, pero sus rasgos iluminarán lo que a continuación vamos a contemplar.

Lo siguiente es una historia humana. Una historia que sucede en nuestro mundo, con gente como nosotros. Con gente que, como nosotros, tiene hambre. Con gente que, como nosotros, andaba buscando algo más que pan para vivir, algo que sea bendición en sus vidas.

Esta gente había salido de sus casas, del entorno conocido y seguro para ir a escuchar a Jesús, que les hablaba de ese Reino que sabe a vida más que todo lo demás que vives; habían dejado sus cosas, aquellas que les ocupaban, les preocupaban o les alegraban, para que Jesús curara sus enfermedades del cuerpo o del espíritu, porque habían llegado a un punto en que las enfermedades enturbiaban el resto de la vida, y los humanos anhelamos vivir, y vivir bien.

Encontramos por tanto en esta escena a los seres humanos, que anhelamos un más en la vida –un más que nos saque de la penuria, a veces; un más que nos revele el sentido de la vida, siempre- y salimos de lo nuestro para encontrar aquello que tanto necesitamos, que tanto buscamos, que tanto deseamos…y a Jesús, que se ha hecho hombre y nos habla en lenguaje humano del deseo de Dios de darnos vida, de amarnos. El Mediador, por tanto, entre Dios y los hombres.

Por fin, nos hemos encontrado: nosotros dichosos porque Jesús cura nuestros males y nos abre la mirada a lo que nuestro corazón deseaba, a veces sin saberlo; Jesús, que ha venido precisamente a esto y se le pasan las horas sin sentir, gozoso de darnos todo lo que necesitamos, de mostrarnos esa necesidad y ese sentido, de colmarnos de todo aquello que constituye nuestra verdad, nuestra vida. Nos hemos encontrado, y nos parece estar en el cielo y no en la tierra, tan plenos que nos sentimos…

Porque es realmente una imagen de cielo, está en que vamos a buscar a Dios y recibimos de Él todo lo que nos da vida, está en que Él mismo es nuestro sustento, nuestro alimento. Cuando nos encontramos así, experimentamos esa paz profunda de que las cosas son lo que tenían que ser…

Aquí, los discípulos irrumpen con una necesidad que se impone: comer, descansar, encontrar un techo. Y Jesús, entregado como está a nosotros, llevado por ese gozo y esa verdad que está viviendo con nosotros –serlo Todo, porque lo es Todo-, se prolonga en los discípulos y les muestra que esto no es solo un “momentazo”, sino que esta es la vida, cuando vivimos unidos a Dios: Dadles vosotros de comer.  Estáis contemplando la vida que brota de esta comunión en la que Dios se encuentra con nosotros y bendice lo nuestro, ¿y no creéis que Dios, que es el que te cura y te ensancha la mirada, podrá ser también quien os alimente? Han salido de sus casas, de sus vidas en busca de Mí, empiezan a experimentar que Yo Soy su Dios, que Soy y quiero ser todo para ellos, ¡verán que, así como soy Curación y Sentido, soy también alimento! Y vosotros, discípulos, que sois y seréis Mi rostro en medio de ellos, ¡qué ocasión para experimentar que unidos a Mí, podéis… en su favor!

Así, recibiendo del Padre, al que da gracias –Él es el Mediador definitivo- reparte esos panes y esos peces que se multiplicarán para alimentar a todos y que reconoceremos como bendición de Dios.

Así, la experiencia de vivirlo todo con Jesús, el Hijo de Dios, se les quedó a aquellos cinco mil hombres que vivieron aquella experiencia como huella imborrable de lo que es la vida cuando vamos a buscar a Dios para todo, cuando salimos de lo nuestro para encontrarnos con Él.

Pero sobre todo, a quien se le quedó grabada fue a Jesús. Él se ha hecho hombre entre nosotros y en él, en Jesús, Dios nos ha amado con su Amor, con el amor de un Dios. Aquel momento de la multiplicación de los panes, aquel día en que Dios y los seres humanos nos encontramos y tuvimos conciencia de que Dios es nuestro origen y nuestro sentido, quedó grabado en los humanos, como se nos quedan las cosas que de verdad importan… que a veces se nos quedan y a veces olvidamos, y se nos van. Pero a Jesús no se le olvidó, sino que Él había venido precisamente para esto, para decirnos, a la humanidad en su conjunto –hecha comunión- y a cada uno de nosotros personalmente: “estamos hechos el uno para el otro”. Y Jesús sigue, hasta el último momento de su vida en la tierra, queriendo entregarse, queriendo darnos todo lo que es, porque al recibirlo descubrimos que Él es nuestra dicha, nuestra identidad, nuestra plenitud.

Y así, en la última cena no solo nos cura, no solo nos enseña y comparte con nosotros el alimento, sino que, no teniendo nada más con lo que entregar su amor, se da a sí mismo. De nuevo, como Mediador entre Dios y los seres humanos, dará gracias al Padre y, mirando al pan, a ese pan que nos alimenta y nos hace crecer y vivir a condición de ser partido, repartido y digerido por nosotros; a ese vino que nos da vida y alegría a condición de perderse en lo que es, al mezclarse con nuestra sangre y nuestra vida…

SE ENTREGA A NOSOTROS, SE ENTREGA POR NOSOTROS

SE UNE A NOSOTROS PARA SER NUESTRA VIDA.

Si antes se había dado un encuentro imborrable entre Jesús y nosotros, ahora, por la entrega de su Cuerpo y de su Sangre estamos unidos con Dios para siempre. Su Cuerpo y su Sangre se alzan como prenda del Amor infinito, de la entrega radical, de la comunión plena entre Dios y sus criaturas, creadas a su imagen, hechas para manifestarlo, por el Encuentro con Él.

Celebremos a Jesús, al que nada ha detenido hasta llegar a ser el alimento de nuestra salud, de nuestro cuerpo, de nuestro entendimiento, de nuestro corazón, de nuestro espíritu.

Imagen: Debby Hudson, Unsplash

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