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Creer en el sacramento para asemejarse a Cristo

Del diario de Daniel, sacerdote diocesano

Señor, qué difícil se me está haciendo vivir esto. Me viene una y otra vez esta frase tuya: “Yo os envío como ovejas en medio de lobos” (Mt 10,16). La he escuchado mil veces y nunca la he tenido en cuenta. Pensaba que se refería a no sé qué situaciones especiales de persecución que seguramente yo no iba a vivir, y no me detenía en ella. No había imaginado jamás que esto se diera de esta forma tan doméstica que es ser uno entre los demás del pueblo al que tanto he soñado servir como sacerdote. No me quieren. Me ven raro, diferente, poco hombre me da la impresión. Como un híbrido entre lo humano y lo divino, un hibrido nada atractivo ni interrogante. No pensaba yo que los lobos fueran esta mujer de misa diaria que me dice “se le ve desmejorado, don Daniel”, honrando con el “usted” a mi rol y desentendiéndose de ese aspecto desmejorado. Que los lobos fueran los niños de catequesis que no saben por qué vienen y no se interesan nada por lo que tengo para decirles, o el no encontrar catequistas para este año.

Cómo duele todo. Cómo duele cada aguijonazo en mi carne de oveja que no sabe defenderse de los lobos, que no sabe, ahora al menos, ver más que lobos. Cuántas veces me he dicho “hay mucho bueno en medio de tanta frialdad, de tanta indiferencia”, pero ahora no puedo decirlo. Ahora no me lo creo. Sí, creo oscuramente en Ti en medio de este dolor que no me daba cuenta de que duele tanto.

Mi sacerdocio, que abracé con tanto amor, me viene mucho en estos momentos. Más bien, la gracia de mi sacerdocio. La gracia de consentir a tu amor poderoso, la gracia del sacramento que me inunda de ti y me hace ser mediador tuyo, rostro tuyo en medio de estos hermanas y hermanos a los que resulto tan indiferente. Tú dijiste “dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan… por mi causa”. A mí no me persiguen ni me insultan, ¡no me ven como un ser humano!, pero sí es por tu causa que no me ven, Jesús mío. Y seguramente es el momento de mirar a tu cruz y esperar de ella esa salvación que no se alcanza, para mí y para estos hermanos cuya indiferencia me alfiletea, si no es abrazándome a ti.

“Traspasado por nuestros crímenes, triturado por nuestras rebeliones… sus heridas nos han curado” (Is 53, 5): ¿es por esto, Jesús, que me llamaste al sacerdocio? Abrazo pobremente este dolor que temo, que no sé abrazar…

Y al abrazarte abrazo pobreza, pequeñez. No sé cómo me ven estos hermanos míos, si quieren rechazar en mi algo que rechazan en ti… creo que hay algo de esto, porque aunque no soy digno de representarte, me has hecho por el sacramento mediador tuyo. Cuando te abrazo, experimento cómo te has hecho el menor de todos, el último, y así nos has salvado. Aún temo este camino, pero voy intuyendo en él una luz al final del túnel: la luz que me dice que si me entrego por mis hermanos, por estos del pueblo y por tantas y tantos a lo largo de la tierra, estoy siendo sacerdote, mediador, rostro tuyo desfigurado que sin embargo, salva.

La gracia del sacramento me asista, Jesús, para consentir en lo que me llamas a vivir. Tendré también en cuenta esos medios necesarios que son el contar con otros cristianos, sacerdotes o no, que me ayudan a permanecer en este consentimiento, la oración que se hace aún más fuerza y más luz en estos momentos, el acompañamiento, el llorar a ratos y el recordarme que, entregada, mi vida importa y puede ser camino de vida.

Sé bien que no es todo tal como lo veo ahora. Pero estas épocas de oscuridad son ocasión para decirte que sí, mi Señor y mi Amigo. Para decir que sí a tu cruz y a la vida y al amor que nos has traído en ella.

Imagen: Jacob Bentzinger, Unsplash

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