Cuando Jesús está en el centro

No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada. Vine a enemistar a un hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y así el hombre tendrá por enemigos a los de su propia casa. Quien ame a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; quien ame a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. Quien no tome su cruz para seguirme no es digno de mí. Quien se aferre a la vida la perderá, quien la pierda por mí la conservará. Mt 10, 34-40

En el capítulo que estamos viendo hemos comentado que es desde la relación con Jesús desde donde se comprende la vida del discípulo. Desde donde se comprende lo que vive y lo que le pasa, las opciones que hace, los rechazos que padece. A medida que avanza el discurso, Jesús nos sigue hablando de esta vida que no solo se fundamenta en la relación con Jesús, que no solo lo prioriza como Maestro y Señor, sino que lo hace de tal manera que todo lo demás que vive, lo vive desde ahí.

En esa relación, Jesús hoy nos viene a hablar de amor. De cómo tiene que ser nuestra relación amorosa con él, de qué modo ha de vincularnos.

¿Ya has leído el texto, verdad? Quien ame a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; quien ame a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. Jesús desea, merece, exige ser amado por encima de todo. Él nos ha amado por encima de todo, nos ha capacitado para responderle, y espera que nuestra respuesta sea amarle a él por encima de todo.

¿Ves también que esto no es lo que se usa en nuestro mundo, no es así? Lo primero que hemos de hacer para escoger a Jesús por encima de todo es amarle. Y a medida que le vayamos amando, hemos de poner lo demás en segundo lugar. Otras veces no hará falta, porque nuestro amor a Jesús (quizá primeramente nuestro deseo de su proyecto) va a poner lo demás en segundo lugar.

Lo que está claro es que lo mejor de nuestro corazón es Jesús, y que avanzamos en la vida cuando le damos el lugar que es suyo por derecho. Por el derecho que da el habernos amado hasta el extremo. Luego viene lo demás.

Jesús nos dice que Vine a enemistar a un hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra. Culturalmente, esto no se entiende: las relaciones que tenemos por más cercanas, por más estrechas, son obstáculo para esa relación con Jesús en la medida en que las preferimos o las anteponemos a la relación con él. En esa misma medida, aquellos que nos resultan más cercanos se vuelven enemigos: lo son en la medida en que estorban o impiden escoger a Jesús por encima de todo. Se presenta así Jesús como el amor más íntimo, la vinculación más estrecha, la entrega más total, ante la cual deben ceder todas esas otras que llamamos naturales. Solo Jesús merece el primer lugar de nuestro corazón, sin discusión sobre todas las demás. Evidentemente, cuando nuestro padre, nuestra madre o nuestra suegra o nuestro marido perciban esta prioridad, se enfrentarán a nosotros, pues nos ven como enemigos. Nosotros mismos habremos de tratarlos como enemigos en la medida en que se están oponiendo a que Jesús sea el absoluto de nuestro corazón y de nuestra vida.

Por si no habíamos entendido la formulación “subversiva”, Jesús la repite ahora en forma positiva: Quien ame a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; quien ame a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. Jesús está sacando las consecuencias de lo que lleva diciendo a lo largo de todo el capítulo 10: yo os doy mi poder y me doy a vosotros para que os hagáis semejantes a mí. La respuesta propia a esta entrega que realizo en vosotros es que vosotros consintáis con vuestras palabras, con vuestras acciones, con vuestra vida. Con el amor de vuestra vida, que es el fundamento de esta relación de la que venimos hablando. Él nos ha dado su amor extremo. Nosotros podemos responder, con su amor, en respuesta a su amor.

No es solo nuestro corazón lo que entregamos a Jesús enteramente. También tomamos la cruz por amor a él. También consentimos en las circunstancias de la vida, aquellas que nos arrebatan lo que amamos, por amor a él, que nos ama en toda circunstancia y que es el sentido de las cruces que llevamos, de la vida que acogemos o rechazamos.

El discurso a los discípulos que ya hemos ido escuchando se bosqueja, en sus rasgos fundamentales, como un modo de vida fundamentado en el amor. En ese amor al que todos respondemos, para el que hemos sido creados, ese amor que hace posible que vivamos una vida que es sumamente humana, puesto que el amor es lo más verdadero, lo más profundo que somos; una vida humana que es a la vez una vida de Dios, porque esta vida se conduce por el amor de Jesús, que da vida a todo. Desde Jesús, por la relación con él, vivimos otra vida. Una vida a imagen de la de Jesús, el Hijo de Dios.

Es posible que el miedo, o el amor a ti misma, o la superficialidad te hagan rechazar esta vida. Sin embargo, cuando el amor de Jesús está en el centro de nuestra vida, todo cobra su lugar, y vivimos la vida en su verdadera medida.

Por lo menos, que sepamos hacia dónde hemos de dirigirnos.

Imagen: María Fernanda González, Unsplash

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