Cuaresma, tiempo de lo esencial (II)

Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18

Sal 115, 10 y 15. 16-17. 18-19

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 31b-34

Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.
Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
–«Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Ellas.»
Estaban asustados, y no sabía lo que decía.
Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:
–«Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.»
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
–«No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

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Dios no quiere la muerte. No quiere la muerte de Isaac, no quiere el sufrimiento de Abraham. Además de los motivos exegéticos del texto -para manifestar a Israel y a los pueblos vecinos que Yahvé no acepta sacrificios humanos-, nos llega en este relato sobrecogedor del libro del Génesis la alegría alborozada de Dios porque al amor que Yahvé ha derramado sobre Abrahán, Abrahán ha respondido con un amor semejante. La alegría que Dios expresa es alegría por el amor, y no la sádica satisfacción de un Dios que reclama a sus hijos lo que más aman: «Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»

Dios se alegra por la obediencia, no disfruta con nuestro sufrimiento. Dios le ha dado todo, y espera de Abrahán que esté dispuesto a responder con todo. Eso es lo que llamamos amor, aunque a muchos de nosotros nos venga tan grande que perdamos de vista lo que sucede aquí.

A esa obediencia de Abrahán, Yahvé responde con abundancia a su medida: no sólo no quiero la muerte de tu hijo, sino que te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Esto que nos desconcierta tanto, es la lógica de Dios, el modo como él actúa, y bendice, el modo como él responde a nuestra entrega, a nuestra obediencia.

Pero es que, además, el que no ha consentido que Abrahán llegara a matar a Isaac, entregará a su propio hijo en nuestro favor. De nuevo, y aún más, un amor tan desbordante que rompe todas nuestras referencias, todas nuestras medidas. Pablo lo expresa en forma de alabanza, de adoración: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?

Así, hasta entregar a la muerte a su Hijo para que encontráramos la esperanza y la vida para siempre, nos ha amado el Padre. Con un amor que trastoca y hace saltar en pedazos todo lo que hasta ahora había fundamentado nuestra vida: en adelante, si creemos, lo esencial es este amor de Dios que en su Hijo Jesús nos ha traído la salvación y la vida, de tal manera que nada de lo que antes temíamos (el hambre, la persecución, los peligros, la guerra, la angustia, la muerte) ha sido vencido por el amor de Dios que en la persona de Jesús, quien sí ha llegado a la muerte para darnos vida, ha vencido sobre todo mal, sobre todas las formas de mal y nos ha otorgado una vida nueva, resucitada.

El texto del evangelio, en el que Jesús, luminoso con la gloria que le corresponde como Hijo de Dios, se nos presenta hablando con Moisés y Elías, desde esa cima del monte en que contempla la pasión ya próxima. La liturgia llama, a este domingo del tiempo de cuaresma “domingo laetare” porque en medio del dolor, se manifiesta en esta visión transfigurada, la victoria del amor. Del amor del Padre y del Hijo y del Espíritu, que se encaminan a la muerte para lograr, para nosotros, una vida como la suya.

En este mundo, en este tiempo de cuaresma, seguimos viendo el mal, el dolor y la muerte como sicarios poderosos. Cuántas veces sentimos, o pensamos, que el mal tiene la última palabra en nuestro mundo, en nuestras vidas. La transfiguración de Jesús, la certeza de la resurrección que en ella se avista, nos indican otra cosa: lo que permanece, lo que vence es la luz, la victoria, el amor de Dios que no niega la muerte, sino que la asume para redimirla.

Este tiempo de cuaresma es para esto esencial: para caer en la cuenta de que caminamos hacia la victoria del amor, hacia la resurrección, hacia la vida nueva que es victoria sobre la muerte para siempre. Los textos de este día, en contexto de Pasión, nos vuelven sin embargo la mirada a lo esencial: a que Dios salva, a que no tenemos motivos sino de esperanza pues Dios nos ha amado así, y que la realidad está iluminada por el Amor de Dios que ha vencido a la muerte, aunque solo en alguna ocasión podamos verlo.

Ahora bien… este camino para llegar a la Pascua pasa por la cuaresma. Y la cuaresma supone que Dios te pregunte, como a Abrahán, si le quieres entregar ese hijo, ese trabajo, ese… que tanto amas. Y te costará, qué duda cabe. Pero cuando se lo vayas a entregar, él te responderá con sobreabundancia. Te responderá, sobre todo, derramando su Amor infinito sobre tu vida. Y te harás amor, y será cada vez más fácil responder a su Amor.

¿Entiendes la Cuaresma como tiempo de centrarte en amar a Dios, en responder a su Amor ? ¿Cómo la entiendes, cómo la vives? Cuéntanoslo en los comentarios.

Imagen: Kunj Parekh, Unsplash

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