Desear una vida nueva

Yo os bautizo con agua en señal de arrepentimiento; pero detrás de mí viene uno con más autoridad que yo, y yo no soy digno de quitarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Ya empuña el bieldo para aventar su era: reunirá el trigo en el granero, y quemará la paja en un fuego que no se apaga. Mt 3, 11-12

La acción central del capítulo 3 es el bautismo. Primero el bautismo de Juan, y luego el bautismo de Jesús. Vamos a detenernos un poco en esta realidad del bautismo, que seguro que tiene mucho que enseñarnos.

El texto de Mateo dice: Ellos reconocían sus pecados y Juan los bautizaba en el río Jordán. Arrepentirse es arrepentirse de los propios pecados, y los propios pecados son aquello que nos impide comprender la realidad según la lógica de Dios. Por eso aquellos que se arrepienten de sus pecados y entran al agua están realizando un gesto que visibiliza su estado interior, el estado de su espíritu, y se comprometen en una acción que, como todas las que realizamos una sola vez -este bautismo de Juan se recibía una sola vez, que marcaba un antes y un después en la vida-, tiene una gran importancia.

Esto no necesita mucha explicación, creo yo. La imagen por la que seres humanos hechos y derechos entraban al agua después de reconocer sus pecados, ya es bastante significativa. No vayas a pensar que, por ser antiguos o por pertenecer a una mentalidad sacral, eran menos adultos que lo que somos hoy. Solo estarías cometiendo un error que te impide comprender la profunda experiencia humana que se expresa aquí. Un hombre adulto que se arrepiente de lo vivido hasta el punto de confesar su muerte y dejarla atrás, de entrar al agua, sumergirse en ella reconociendo su necesidad de limpieza, de purificación, y se somete después al bautismo que ratifica ese arrepentimiento y te da la posibilidad, en medio de tu vida adulta, de empezar de nuevo, está revelando muchas cosas con este gesto público. No solo el rechazo del modo de ser y de vivir por el que se ha conducido hasta entonces, sino también la fe en que Dios puede dar al que se arrepiente una vida nueva, y el reconocimiento de que esta vida antigua, que le daña y también daña a la comunidad a la que pertenece, la quiere dejar atrás, en presencia de esa misma comunidad con la cual y para la cual va a vivir en adelante. Decimos adiós a un modo de ser y de vivir –el de pecadores-. Manifestamos –nos identificamos- con la esperanza de abrirnos a un mundo nuevo –no fundamentado en nuestra mirada dominada por el mal, sino en la comunión con Dios. Es muy fuerte la transformación que opera el bautismo de Juan: a través del consentimiento de la persona que se arrepiente, Juan, testigo de Dios, transmite vida divina a aquellos que responden a su llamada. Seguro que cada vez está más claro por qué este anuncio de Juan, esta proclamación, es buena noticia.

Además, nos sigue diciendo el relato, esta transformación interior, poderosa, tiene que manifestarse al exterior dando frutos que prueben vuestra conversión, es decir: si tu corazón deja las cosas que le descentraban y suplicas que a partir de ahora se te reoriente la vida hacia Dios, la cosa no va a ir en adelante de intimismos y cambios imperceptibles e invisible, sino que se tiene que notar al exterior, en medio de la vida. Dios se ha comprometido con nosotros, y esa vida suya es lo que necesita nuestro mundo. Por eso la urgencia de convertirse, pues ya ha habido muchas oportunidades, y al negarnos a la conversión estamos perdiendo la vida: ya está puesto el hacha a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto va a ser cortado y echado al fuego. Esa urgencia, también, solo se comprende si eres consciente de las muchas oportunidades que Dios nos da y de la vida, conducida por Dios y entregada en favor de nuestros hermanos según los dones que cada cual hemos recibido, que estamos llamados a vivir.

Como te decía antes, puedes pararte de nuevo y leer en primera persona este anuncio y esta exigencia, esta urgencia que nuestro mundo tiene de que tu vida coja hondura y se oriente hacia aquello para lo que Dios la creó.

Imagen: James Sutton, Unsplash

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