Dios es Luz, Dios es Sal

Lectura del libro de Isaías (58,7-10)

Sal 111,4-5.6-7.8a.9

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (2,1-5)

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,13-16)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Puedes descargarte el audio aquí.

Generalmente, nuestro modo de ver la vida tiene que ver con el modo que nos ha transmitido nuestra cultura, nuestra familia o el entorno que nos rodea. A veces secundamos lo que hacen o valoran los demás, a veces estamos en contra de eso que hemos recibido, pero en ambos casos, es desde la referencia recibida desde donde también nosotros funcionamos.

Sin embargo, cuando te haces cristiano/a, cuando empiezas a reconocer a Jesús de Nazaret como Señor, como Maestro, como Rey, la vida entera cambia de orientación porque ha cambiado el fundamento: sea de repente, sea después de un proceso, tu vida se apoya en el Amor con mayúsculas, más grande que todo lo que podamos alcanzar con los deseos o con la imaginación, y en adelante, esa Vida de Dios es tu fuente y tu ser, la que orienta, te dinamiza, te da identidad, te hace ser quien eres, quien estás llamado a ser. Esta clave nos va a guiar a través de los textos de hoy, que a veces nos cuesta entender.

Hoy empezaremos nuestro comentario por la segunda lectura, y las claves que encontremos en ella nos guiarán en relación a los demás textos. Empezamos por leer de nuevo el texto que ya hemos proclamado. Nos ayuda leer los textos más de una vez, porque quienes los han escrito ya vivían de este modo de mirar que queremos que llegue a ser el nuestro y así, volviendo sobre ellos una y otra vez, nos vamos dejando transformar por esta mirada: En lo que a mí toca, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con alardes de elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
Me presenté a vosotros débil, asustado  y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no consistieron en sabios y persuasivos discursos, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Vamos a hacer un corte vertical para reconocer los distintos niveles de lo que está diciendo Pablo.

En el primer nivel tenemos

-“débil, asustado y temblando de miedo”

– “mi predicación no consistió en …, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.”

– “nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado”

– la manifestación y el poder del Espíritu, de la que todo procede.

En la estructuración que se deduce de las palabras de Pablo vemos cómo va cambiando la realidad: lo que se ve, en primer lugar, es un hombre débil, asustado, que tiembla en su interior. A la vez, si miramos a este hombre más internamente, ni siquiera él mismo se queda en su miedo, sino que su predicación quiere ir más allá de la sabiduría humana y desea fundamentar la fe de los corintios en el poder de Dios.

Y no es solo que Pablo no haya querido hacer discursos de sabiduría, sino que su único interés ha sido conocer a Jesucristo, y este crucificado. Seguramente aprecias en este punto que hemos dado un salto desde lo que humanamente solemos vivir y desear a lo que desea un cristiano, un hombre o una mujer que viven fundamentados en Cristo: saber (comprender, apreciar, saborear) a Jesucristo, y no como un amor humano, sino del modo como su señorío se manifiesta a la fe: crucificado. Aquí ya no hablamos de lo humano natural, sino de lo que conoce la fe. El que sabe de este modo, como Pablo, sabe que esto no es obra suya, sino que es acción y poder del Espíritu, del que todo procede. También es obra del Espíritu la manifestación y el poder del Espíritu que han conocido los corintios a través de Pablo.

¿Qué nos dice Pablo con todo esto? Si ahora volvemos a ver el mismo corte vertical –ahora no de arriba abajo sino de abajo arriba-, vemos que quien lo sostiene todo, en la vida de la comunidad corintia, en la vida de Pablo y en la realidad toda, es el Espíritu de Dios cuyo poder divino se manifiesta en nosotros y a través de nosotros. Este poder se reconoce en medio de la comunidad, en cada persona y a través de la historia de otro modo que el humano natural: se ha hecho a través de un hombre que se ha hecho cauce del poder del Espíritu, que vive dejándose hacer por él como el mismo Jesús, viviendo entre nosotros, nos ha revelado. A través de un predicador que no busca saber de muchas cosas ni hacer sabios y persuasivos discursos, sino que no quiere saber otra cosa sino a Cristo, y este crucificado, y está seguro de que a través de esta sabiduría, que es sabiduría divina, el Espíritu actuará. No se fija en lo que él sabe. No se fija en su miedo ni en su debilidad, sino que se une a Jesús que se ha hecho debilidad y pobreza en medio de nosotros.

Así es como vive Pablo, esta es la lógica de la vida cristiana: vives arraigada en Dios, y él te da su mismo Espíritu que te transforma en Cristo, en lo que él ha sido y ha obtenido para nosotros. Y la vida de Jesús que has recibido por el Espíritu, se la entregas a tus hermanos en comunión que realiza la llamada a ser hijos y hermanos que se nos ha dado en el Hijo. Desde aquí, tu miedo o tus inseguridades o las deficiencias de cualquier tipo que padezcas pasan a segundo plano. Lo que importa es dejar pasar la vida de Dios en ti, que va haciendo que seas la imagen de Cristo que estabas llamado a ser, y que la comuniques a tus hermanos, consintiendo así a la obra del Espíritu en nuestro mundo.

Vamos a mantener esta estructura vertical como referencia para escuchar las otras lecturas.

Vamos ahora a la primera lectura, que nos habla de este mismo modo: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor.

¿Ya ves que es la misma estructura que veíamos antes, verdad? En primer lugar, lo visible, que es una vida en la que te haces hermano del pobre, del necesitado: Parte tu pan con el hambriento, hospeda… Dice el texto que cuando vivas esto, surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia. Esta vida en la que te entregas en favor de los pobres, en que te das al que necesita, es vida de Dios en nosotros, vida que manifiesta a Dios y hace correr su salvación por toda la tierra. Cuando vives así, brilla tu luz, porque Dios se está manifestando en ti, y todo aquello que en ti se resistía a Dios, tus heridas, tu muerte, se sanan a medida que Dios te va habitando más profundamente, a medida que tu corazón se hace justo. Cuando la vida se ilumina de este modo, conocemos que lo que nos mueve es la gloria del Señor: cuando nuestra vida manifiesta la luminosidad de Dios, tanto en lo que se refiere a las obras que realizamos como a nuestro interior, podemos reconocer que vivimos unidos al Señor.

Esta primera lectura refleja la misma estructura que hemos visto antes: aquí, el hacer bien a los hermanos, a los que necesitan de nosotros, el comprometernos con la justicia o denunciar el mal, no se contempla por amor de las obras o de la propia virtud, sino que manifiesta la presencia de Dios actuando en nosotros y a través de nosotros. Cuando la vida es así, la realidad que somos y la realidad que nos rodea manifiestan la presencia, el señorío y la victoria de Dios en todo. Puedes hacer lo mismo con la segunda estrofa del poema de Isaías, y verás que manifiesta este mismo modo de mirar arraigado en Dios.

El salmo también manifiesta este mismo modo de mirar, y como las lecturas que hemos visto, aporta también acentos propios: por ejemplo, que aquellos cuyo corazón está firme en el Señor, se mueven en la vida con la solidez que viene de Dios, y no con la inestabilidad que tantas veces reconocemos en lo humano. Asimismo, se hace dos veces referencia a lo eterno: El recuerdo del justo será perpetuo/su caridad dura por siempre. Esto también nos extraña, porque somos bien conscientes de la limitación de nuestra vida. Ahora bien, si te fijas en los santos, en los hombres y mujeres que han vivido su vida unidos a Dios, ¿no te parece que también han vivido así? ¿No han sido también gentes que han brillado como una luz en medio de las tinieblas, que jamás han vacilado, cuyo recuerdo nos sigue iluminando hasta el presente y cuyo modelo de caridad nos sostiene hasta hoy? Es otro modo de decirnos que los que viven unidos a Dios hacen presente a Dios en medio de su mundo. Quizá aparecen, sensiblemente, como débiles o temblorosos que nos ha dicho Pablo, o perseguidos o no muy listos como nos gustaría que fueran… pero en medio de esas limitaciones humanas también brilla como una luz, en su vida, la Luz de Dios que es eterna y los atraviesa, a ellos y a ellas, y a nosotros en la medida en que podemos verlo, de su eternidad.

Vamos, finalmente, con el texto del evangelio. Leerlo según esta mirada que nos traen las otras lecturas aportará algunas cosas interesantes a nuestra escucha de Jesús.

En primer lugar, cae en la cuenta de que cuando leemos las palabras de Jesús desde nuestra lógica, apoyándonos en nosotros, nos estrellamos: ¡¿Que “nosotros” somos la sal de la tierra?! ¡¿Que “nosotros” somos la luz del mundo?! A nada que te conozcas y conozcas a los cristianos con los que convives, esto no se sostiene. No se sostiene si lo entiendes como algo que hemos de hacer nosotros, como comunidad de cristianos que se lanzan al mundo desde “su” convicción, y no se sostiene si, con buena voluntad (o clamorosa ceguera), piensas que Jesús, al decirlo, está pensando en que nosotros somos mejores de lo que somos. Peor aún si te echas a la espalda esta palabra de Jesús como “consigna” asumida o impuesta de ser sal y luz y te censuras o te culpas por no serlo… y peor aún si dejas de escuchar a Jesús porque no logras entenderle.

En cambio, desde el esquema vertical que proponíamos, se puede comprender y, lo más importante, se puede vivir:

Somos luz del mundo si nos dejamos iluminar por la luz del Padre que está en los cielos, a quien vivimos unidos.

Somos sal de la tierra si tenemos sabor a Dios, que nos habita, a Dios a quien servimos.

Y si vivimos unidos al Padre, brillará nuestra luz ante los hombres, que verán nuestras buenas obras y sabrán que son obra del Padre. No nos verán a nosotros como sal o como luz, pues no lo somos, sino que sabrán que esa sal y esa luz, que son el sabor y la luminosidad de quien vive unida a Dios, llevan a glorificar a Dios. Así, el camino que va de Dios a los hermanos y de los hermanos a Dios, se descube como un camino de ida y vuelta, o mejor, como uno y el mismo camino.

Y es que es un sinsentido que hayamos recibido la fe en Dios y no vivamos en comunión con Dios “en quien vivimos, nos movemos, y existimos” (Hch 17, 28). Los cristianos estamos en la historia para manifestar a Dios de tal modo que las gentes, al ver nuestra luz, glorifiquen a Dios.

Si los cristianos, habiendo recibido la fe, no la vivimos como el centro de nuestra vida, que nos une a Dios y nos hace lámpara suya, ¿para qué estamos?

Si los cristianos lo somos solo de nombre y cuando otros vengan a buscar a Dios en nosotros, se encuentran solo con una vida sosa, sin sabor, ¿cómo se irán, adónde irán? Si no hemos hecho de la fe en Jesús el norte de nuestra vida, si no nos hemos arraigado en el Padre y no somos, en medio del mundo, sabor a Dios, luz de Dios, nos habremos ganado que nos tiren fuera, porque nos hemos negado a ser según la vocación para la que fuimos creados/as en el plan del Padre, en favor del mundo.

¿Percibes el dinamismo de este modo de mirar, por el que el bien que haces a los pobres de la tierra, en quienes Dios habita, te conduce a tu profundidad, donde habita Dios, que te está recreando según tu verdadero ser, en el que Dios se manifiesta? Aunque no lo vivas, ¿reconoces que esto es lo que más profundamente deseamos los humanos, que estamos hechos para vivir así?

Si lo percibes, ¿de qué modo puedes intensificar esa acción del Espíritu hacia los pobres, hacia cualquier pobreza, de modo que te lleve a Dios, y el Espíritu te haga Luz y Sal, y seas…?

Imagen: Jason Tuinstra, Unsplash

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