El Crucificado, el Exaltado

Lectura del segundo libro de Samuel (5,1-3)

Sal 121,1-2.4-5

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (1,12-20)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (23,35-43)

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.»
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.»
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»
Pero el otro lo increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.»
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.»
Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»

Puedes descargarte aquí el audio del domingo 34 del T. O., año C.

Hoy celebramos la fiesta de Cristo Rey, con la que culmina el año litúrgico. Y la celebramos trayendo a nuestra mirada y a nuestro corazón la pasión de Jesús. Puedes, en este momento, volver a leer el evangelio que se acaba de proclamar. Acabamos de escucharlo: Jesús crucificado, despreciado por las autoridades, burlado por los soldados, creído por uno de los ladrones con los que comparte suplicio, promete a este hombre que reconoce su luz en medio de lo oscuro, Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

Al escuchar estas palabras, reconocemos que la realeza de Jesús es de otro orden que la que comprende nuestro mundo. Los reyes de los que oímos hablar son gente que es festejada, celebrada y reconocida allá donde van. Da igual que hables de los reyes de un país o de otra clase de reyes: “el rey del acero”, “el rey de los videojuegos” o “el rey del rock”. Siempre, un rey es alguien que ocupa un lugar poderoso que parece ajeno al dolor, a los peligros, al desprecio.

Nosotros los cristianos, que hoy celebramos a Cristo como Rey del Universo, hemos escuchado este texto de Lucas que nos muestra a Jesús crucificado. Colgado de un madero, con el título “Este es el rey de los judíos” pendiendo sobre su cabeza, abandonado de todos, vencido y despreciado… y nosotros lo llamamos rey.

¿Por qué lo llamamos rey? ¿Es que somos tontos? ¿Estamos engañados respecto de lo que la realeza significa? ¿O es que vemos otra cosa?

Si nos acercamos al texto, ya lo hemos dicho, sucede algo desconcertante: entendemos que a este hombre vencido que va a morir en pocas horas, se le haga burla, se le desprecie, se le insulte. Es eso que hacemos los humanos con los vencidos, con esos semejantes en quienes proyectamos nuestras frustraciones, nuestras iras, nuestros temores. Esto es indigno y despreciable, pero lo hacemos. Es lo que llamamos “normal”, y por injurioso y grave que sea, no merece mucho comentario. Desgraciadamente, los humanos solemos tener este tipo de comportamiento con los que vemos caídos, con las víctimas cuyo lugar ocupa Jesús.

Lo que llama la atención no es eso. Lo que llama la atención es este hombre que, estando en el mismo suplicio que Jesús, ve otra cosa: ve en Jesús a alguien que no ha hecho nada por lo que merezca un suplicio así, y sabe que Jesús, en cuanto muera, va a llegar a su reino.

Esto que ve este crucificado al mirar a Jesús es lo que ve la fe: Jesús es justo, aunque esté en el lugar de los condenados, y Dios, que no mira como los hombres, lo rescatará de inmediato para llevarlo a su reino.

La fe, como ya hemos dicho muchas veces a lo largo de este año, mira de otro modo que la lógica racional que solemos usar para todo: la fe alcanza a lo invisible, al corazón de la realidad.

Y Jesús, como ha sido siempre a lo largo de su vida, le contesta según la verdad y no según el lugar de “maldito” en que le han puesto los hombres: Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

¿Quién puede garantizar el paraíso, sino Dios?

¿Quién puede asegurárselo, no sólo a sí mismo, sino a otros, sino el Señor del paraíso?

¿Quién puede prometer el paraíso, dicha plena y definitiva, si no es el Rey que vencerá a la muerte?

¿Quién puede ver en el Crucificado al Rey victorioso, si no es la fe que atravesando la apariencia alcanza a Dios?

Si cuando ves un crucificado, un caído, un vencido, solo ves un motivo de desprecio o de burla, solo ves impotencia y humillación, pide la fe que va más allá de la muerte.

Si, como el ladrón creyente, puedes ver en Jesús crucificado la victoria de Dios, que vencerá a la muerte entregándose por amor, podrás celebrar que Dios, que aparece humillado en tantas personas y situaciones de nuestro mundo, está venciendo una y otra vez a través de la muerte.

Si tu fe puede ver que Dios vence acogiendo el mal de nuestro mundo; si tu fe puede ver que su amor que se entrega hasta la muerte es el signo de su victoria, hoy celebrarás con gozo el modo como Dios reina en nuestro mundo: uniéndose a las víctimas, abajándose hasta lo más bajo de la tierra para colmar de amor toda realidad vencida, toda realidad caída.

Pide esa fe que es capaz de ver que, por la entrega de Jesús, lo que en verdad han sido vencidos son el mal, el pecado y la muerte, mientras que el Amor ha salido victorioso para siempre en esta contienda.

Pide la fe que es capaz de reconocer esto no solo cuando miras a la cruz de Jesús, sino cuando ves el dolor de todas las víctimas de nuestro mundo: por Jesús, en Jesús, todo el mal y el sinsentido y el sufrimiento que padecen, unido al suyo –lo sepan o no- puede encontrar sentido, como lo encontró el ladrón al mirar a Jesús estando en el mismo suplicio. Lo que daña a nuestra vivencia no es el mal que padecemos, sino el que lo miremos desde la sumisión al mal (como, en este relato, hacen todos los demás), o lo vivamos desde la certeza de la victoria de Dios, como vemos en Jesús y como reconoce el que solemos llamar  el “buen ladrón”.

Desde la certeza de esta victoria, comprendemos el sentido del himno que hemos proclamado en la carta a los Colosenses: Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. El es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

El himno que hemos vuelto a leer saca las consecuencias de esta entrega de Jesús vista desde la fe. Así como desde la mirada humana solo se ve a un hombre vencido, la fe que es capaz de comprender el Amor que mueve la entrega de Jesús, el Amor con que el Padre acoge la entrega del Hijo, el Amor por el que el Espíritu Santo transfigura toda la realidad en virtud de la muerte y la resurrección de Cristo, nos revela cómo, siendo imagen de Dios invisible, siendo él la referencia y el sentido de todo lo creado –todo fue creado por él y para él-, siendo el sostén de todo lo creado –todo se mantiene en él-, ha sido también el principio, el primogénito de entre los muertos, y por su entrega en la cruz lo ha reconciliado todo y ha traído la paz a toda la realidad. Es cierto que solo la fe lo ve… que es anterior a todo y que es la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Que en él reside toda la plenitud. Solo la fe lo ve, y por eso, decimos estas palabras enormes y puede parecer que no pasa nada…

Pero no es así. Es precisamente al revés. La verdad es lo que ve la fe. La verdad es que Jesucristo es Rey de toda la realidad porque ha vencido al mal y nos ha traído su vida nueva que está transformándolo todo. La esperanza es que todo el mal y las muertes de nuestro mundo encuentran sentido al mirar a Jesús, por la fe en él, que ha vencido al pecado para siempre. La vida está en reconocer que Jesús, enfrentando la muerte para que nosotros tuviéramos vida, se ha manifestado vencedor de ella porque el Padre le ha resucitado y vive para siempre.

Este modo de comprender la realidad supone la inversión de todos los valores: el que ha descendido al lugar más bajo de la realidad ha sido elevado a lo más alto, y reina sobre todo por su amor y su obediencia.

Mira a la cruz y contempla el verdadero sentido del sufrimiento y el verdadero sentido de la victoria, al Rey del Universo, que la ha asumido para abrirnos el camino de la vida.

Pidamos, para todos los creyentes, que nuestra fe sea tan poderosa como para celebrar a un Rey que ocupa el lugar que todo en nuestro universo llamaría “vencido”. Pidamos que, por esta fe que es capaz de atravesar lo visible y descansar en lo real invisible, vivamos para anunciar a nuestro mundo que nuestro Rey victorioso actúa en la realidad y la conduce hacia Dios.

 

Si no lo puedes ver, pide fe. Pide más fe, para ti, y para los que creerán a través de ti.

 

 

Imagen: Keith Luke, Unsplash

2 comentarios en “El Crucificado, el Exaltado”

  1. A mí me ayuda contemplar el Cristo Sonriente del Castillo de Javier. Esa imagen de Jesús crucificado sonriente, sabedor de todo, celebrando Él mismo la victoria.

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