El «más» de Dios

Lectura del libro del Eclesiástico (35,12-14.16-18)

Sal 33,2-3.17-18.19.23

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (4,6-8.16-18)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14)

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; solo se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.» Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Puedes descargarte aquí la lectura del domingo 30 del T. O., año C.

Nos encontramos muchas veces con que la buena noticia de Jesús es “más”. Es más que lo revelado en el Antiguo Testamento, porque Jesús lleva a plenitud la misericordia de Dios. Hoy nos vamos a fijar en ese más, para descubrir a dónde nos pueda conducir.

Aunque hemos dicho muy rápido: “para ser llevados a donde ese más nos lleva”, en realidad estamos diciendo una cosa enorme. Nosotros los seres humanos somos bastante pequeños en comparación con las medidas de nuestro planeta Tierra, insignificantes si nos comparamos con las medidas de la Vía Láctea e infinitesimales –por decirlo de algún modo- comparados con el resto de las galaxias conocidas (ya se verá que no estoy muy ducha en unidades de medida, pero la idea se entiende, ¿verdad?). Y sin embargo, esta desproporción aún se queda corta si de lo que hablamos es de la desproporción –imposible de cuantificar, mientras que las anteriores sí lo son- entre el ser humano y Dios.

Este es el más del que hablamos. El más por el cual, entrando en relación con Dios, somos “atraídos” hacia Él, conducidas por su Potencia, su Vida, su Amor, transformados por Él, en Él.

Todas las relaciones nos transforman en alguna medida. La medida en que nos transforman es la medida de nuestra apertura, de nuestra capacidad de acoger a la otra persona. En la relación con Dios, al entrar en relación con su ser Inmenso y Eterno, Infinitamente Compasivo y Desconcertantemente Fiel, somos transformados por el solo hecho de escuchar su Palabra. O, por decirlo al revés: solo en el caso de que estemos ciegos, o rotos, o sordos se dará que no nos enteremos de su Presencia y su Bendición.

Pondremos como ejemplo el texto de la primera lectura, en el que se nos habla de la justicia de Dios: escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan. Sin duda, si no estamos escuchando, estas palabras seguirán formando parte de nuestro “decorado” vital y no las oiremos, ni las veremos, ni las entenderemos ni nos importarán. Pero a poco que te pongas a escuchar, eres llevada, llevado más allá de lo tuyo.

Fíjate… nosotros conocemos un montón de personas que se relacionan precisamente por la semejanza que hay entre ellos: porque tienen intereses parecidos, porque pertenecen a la misma clase social, porque pueden hacer negocios juntos, o los que tienen el mismo sentido del humor o los que tienen los mismos criterios a nivel estético, o cultural, o lo que sea. Los que se parecen, se juntan, para enriquecerse mutuamente. Esto lo vemos muchas veces, porque así suele pasar.

A nada que escuchemos la lectura, decía, lo que dice Dios nos suena a nuevo respecto de lo que es corriente en nuestro mundo. Y es que resulta que el Infinitamente Rico se ve atraídos por los que son conocidos en nuestro mundo como “pobres”; el que Lo Puede Todo atiende, con preferencia, los gritos de los que lo necesitan todo; el que es La Alegría escucha y no desoye las suplicas del oprimido. Y no eso, sino que además, los pobres lo saben: no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Decimos que, a nada que hayamos escuchado de verdad la lectura, la lógica de Dios nos lleva más allá de lo nuestro: al escuchar la Palabra, somos llevados más allá de nuestras medidas humanas que solo conciben el enriquecimiento o la diversión o la adecuación con lo que es “más-de-lo-propio”, perpetuando así nuestra limitación y empobreciéndonos con ello. Cuando, escuchando la Palabra de Dios, respondemos a su modo de ser, a su modo de hacer, somos interpelados para ir más allá de nuestros límites, más allá de lo conocido, de lo seguro, de lo de siempre. Somos espoleados por el ejemplo del mismo Dios, por la audacia de los pobres que saben cómo Es, para que el más que Dios es, y que se nos hace patente cuando entramos en relación con Él, espolee nuestras vidas.

En la vida nos encontramos con el testimonio de personas que nos llevan a más, y el encuentro con ellas es estimulante. Cuando aprendemos a mirar las reconocemos así, como un signo de ese más que Dios es y que se nos hace presente en cada esquina. Reconocemos también que los que nos llevan a más no son los que hacen y dicen y viven y valoran lo mismo que yo, sino los que están “más allá”. Por eso me espolean, me dinamizan, me despiertan a algún modo de plenitud.

Y si esto pasa con las personas, ¿qué será el más al que me llama el mismo Dios? Este más que te lleva, no solo más allá  de lo que conocías, sino que te dice que el límite más radical –el que se da entre el Dios Inmenso y un ser humano que, por su situación, alcanza el suelo de lo humano y se enfrenta a la miseria en alguna de sus formas- es la posibilidad más atrayente, porque te pone en línea con el modo de Dios.

Esto igual te suena raro, o poco deseable… por favor, no lo rechaces. Espera abierto, abierta. Cuando puedas sentir la dicha de la que hablamos aquí, habrás empezado a comprender.

Y hemos dicho también que Jesús nos revela hasta dónde puede ensancharse este más de Dios. Para ello nos presenta a dos hombres que vienen al templo a orar.

El primero habla con Dios de tú a tú, o eso piensa: se dirige a Dios, pero así como lo hace, la relación que cree tener con Dios no reconoce lo “distinto”, lo enorme, lo santo de Dios. El segundo es como el pobre del Eclesiástico, y habla a Dios desde la postura y la actitud más humilde que cabe.

El primero le dice a Dios lo bien que él hace las cosas, y le da gracias… porque ese “dios” es como él cree que hay que ser. El segundo le pide que se compadezca, porque es un pecador (el pecado pone la mayor distancia posible entre Dios y nosotros).

El primero se discursea a sí mismo, en el espejo de sí que ha llamado “dios”. El segundo pide perdón a Dios, porque sabe que la compasión de Dios es mucho mayor que su pecado.

Y la parábola de Jesús termina diciendo: Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Aquí ha sido Jesús el que nos ha llevado a más. Ya la lectura del Eclesiástico nos había dicho que Dios nos lleva a más porque su Riqueza anhela encontrarse con nuestra Pobreza y colmarla. Ahora Jesús nos dice que es precisamente este encuentro entre nuestra pobreza máxima –somos pecadores- y el Dios Compasivo es lo que nos reconcilia y sana nuestro corazón desgarrado. Para que ese Encuentro se dé, hemos de descender a ese desgarro que es el pecado y reconocernos, en esa pobreza última, en nuestro ser herido, roto, desnortado, necesitados que anhelan la Compasión de Dios. Y es así como el más se realiza: creyendo, en medio de la oscuridad de nuestro pecado, que Dios es quien nos reconcilia, que nuestro Dios vendrá a salvarnos.

Somos llevados a más porque pecadores somos todos, y Jesús nos muestra nuestra condición de pecadores como la miseria radical en la que todos nos encontramos. El más es la esperanza en que Dios nos reconcilia.

Qué pobre, qué mediocre, qué “lo de siempre” suena entonces la oración del fariseo: lleno de sí mismo, limitado a lo que él entiende, satisfecho con su vida, con su idea de Dios, con su idea estrecha de lo que es “ser mejor”, ajeno a la grandeza de Dios y a la solidaridad con el publicano… ¡aquí no hay más que valga! ¡Aquí te mueres de asfixia!

Entrar en relación con Dios, con el más inmenso y temible que es, a la vez, la “sin medida” que nos colma, la plenitud para la que hemos sido creados. Y para entrar en relación con Él, ser atraídos por su más, por ese más que nos saca de nosotros mismos y lo reconoceremos porque tiene sabor a Vida…

Imagen: Kimon Maritz, Unsplash

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