El reconocimiento del «más» (II)

¿Recuerdas dónde nos quedamos el último día? La mujer está encerrada en su mundo conocido, ese en el que los judíos y los samaritanos no se tratan. Nuestra mirada estrecha, acostumbrada, que no da nada. Parece dar seguridad, pero ni eso: su expectativa se ha visto cuestionada por la actitud de Jesús. Pero hay más. A esa pregunta desconfiada, anclada en la costumbre y el resquemor, Jesús no le contesta sino que, sin tiempo que perder, como los que viven cogidos por algo que les apasiona, le ofrece lo que ha venido a traerle: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.

No sé si has escuchado, alguna vez en tu vida, otra propuesta tan enorme como esta. Yo, no. Tú, yo, la mujer, estamos mirando desde lo que separa, desde lo viejo, y he aquí que te encuentras con Jesús y te ofrece, te promete un conocimiento nuevo, una sabiduría nueva, una promesa tan grande que incluso la imaginación se queda corta para alcanzarla. Aunque no entendemos lo que Jesús está ofreciendo a la mujer, sí entendemos que es enorme. Jesús pone en su corazón el deseo, que es Su mismo deseo, de conocer el don de Dios, de conocer a Jesús, de pedirle eso que él le quiere dar. Por eso decíamos el otro día que este es el más absoluto, porque aquí contemplamos al mismo Dios entregándose a una de nosotras, ofreciéndose a colmarla con su misma vida, y habitar así en otra realidad: esa en la que vivimos del encuentro con Dios, de su Amor, fecundas con su fecundidad, simbolizada en el agua.

No entendemos, es verdad. Pero sí entendemos que esto es enorme, y eso ya merece la pena. Así opera el más: como inmensidad que, prendiendo en nuestro corazón, lo pone en movimiento hacia eso percibido, intuido, reconocido como anhelo, descubierto.

Eso es lo que se nota en la respuesta de la mujer, que es la nuestra: no se atreve a creer algo tan grande, no se atreve a creer que algo tan grande sea para ella, pero tampoco lo quiere dejar escapar, y sigue hablando. En lo que dice la mujer se nota ya el influjo del más. Señor, no tienes cubo y el pozo es profundo, ¿de dónde sacas agua viva? ¿Eres, acaso, más poderoso que nuestro padre Jacob, que nos legó este pozo, del que bebían él, sus hijos y sus rebaños? Fíjate, el que antes era un “extranjero” ahora es “Señor”. Y a esa propuesta infinita que te ha hecho, ya no le vas a responder con un no tajante, sino intentando, desde tu pequeña lógica, comprender: si no tienes cubo y el pozo es profundo…

No te vas. Te quedas queriendo que el que percibes como Señor, te siga hablando, te explique… o te revele un más inmenso, porque intuyes que este hombre puede ser incluso más que nuestro padre Jacob, al que hasta ahora has tenido por lo más alto. Cuando reconoces el más, su potencia intuida prende en nosotras y, aunque no sabemos vivir desde ahí, no queremos alejarnos de eso que se ha revelado y que parece ser enorme… aun con los temores de que no se mantenga ese más en tu vida, de no saberlo vivir, de… no te vas de ahí, de junto a ese pozo, de junto a ese profundo lugar en el que se te ha revelado la vida.

Y la respuesta de Jesús es más personal, más apasionada si cabe, más íntima, más ardiente: El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, pues el agua que le daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna. Palabras enormes y misteriosas que nos desbordan, que no comprendemos pero que, cuando llega la hora, resuenan en nuestro interior como nuestra verdad y anhelo más profundo. A pesar de que nunca antes nos hubiéramos atrevido a desear, a imaginar algo así. El más alcanza así su verdadera plenitud, cuando nos muestra que el más que anhelábamos, sin saberlo, sin poderlo sospechar cuando andamos en nuestra vida limitada a los esquemas y usos de nuestra cultura, de nuestras costumbres, de nuestra religiosidad, ¡¡es el mismo Dios!! ¡¡Esto es lo que significa estar hechos a imagen de Dios!! Que solo el deseo de Dios en nosotros nos nombra plenamente. Por eso el deseo de Dios en nuestro interior nos descubre, al hacerlo, nuestra plena profundidad –nuestro pozo- y nuestra identidad: ante el deseo de Jesús descubro que no soy quien yo pensaba que era, sino que soy esta que él acaba de nombrar. Por eso, los esfuerzos que hemos hecho en favor del más que podemos alcanzar se entienden, pasado el tiempo, como preparación y anhelo de este más que somos y que sólo Jesús puede revelar, y sólo él puede hacer en nosotros.

Porque el más lo llevamos dentro. Es el más el que hace que pongamos en marcha proyectos, juntos o personalmente; es el más el que hace que no nos conformemos ante las injusticias, ante el maltrato, ante tantas formas de opresión grandes y pequeñas; es el más el que nos abre a conocer a otras personas (más intereses, más amigos, más horizontes de vida), el que no nos deja detenernos en lo conseguido, sino que nos impulsa a… más.

Y muchas veces, ese más nuestro está desnortado. Queremos más, queremos el más, pero lo queremos con exceso en un aspecto y descuidamos los demás; o buscamos nuestro más ignorando o pasando por encima de las personas; también nos desnortamos completamente y buscamos el más contrario a la naturaleza, a la realidad… muchas veces, nuestro anhelo de más se pervierte y nos pervierte. Por eso, no sólo se trata de aspirar al más, sino que también hace falta aprender a vivir del más, reconociendo cuándo lo hemos buscado mal, cuándo nos ha seducido y deslumbrado, de modo que hemos rechazado la vida o a los otros, cuándo nuestra obsesión por el más hemos destruido lo que nos tocaba cuidar o cuándo, por la hipertrofia o el rechazo del más, nos hemos negado a nosotros mismos.

Cuando nos encontramos con Jesús traemos todo esto en nuestra memoria, en nuestro corazón. El deslumbramiento que nos produce Jesús habla de que, persiguiendo el más, además de equivocarnos muchas veces, hemos aprendido también a reconocerlo cuando vale la pena. Por eso, la presencia de Jesús, aunque dé vértigo por lo enorme que suscita, estremece las entrañas de la mujer y las nuestras: ¡por fin, estamos ante el más que lo es de verdad. Estamos ante la Vida que supera la nuestra. Ante Jesús sabes, por fin, que has encontrado lo que llevabas buscando toda la vida.

Al encontrarnos con Jesús descubrimos también que somos relación. En la relación con él que tiene la samaritana, se hace más claro  que la relación con Jesús nos planta en otro lugar más hondo, más pleno, en nuestro verdadero lugar. Desde ese lugar nuevo del que está hablando Jesús se vive en esta vida, pero se vive otra vida.

Le dice la mujer: – Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed y no tenga que venir acá a sacarla. Otra buena noticia. La respuesta de la mujer, que representa la nuestra, no es una gran cosa. Suena a corta de miras, a interesada, a practicismo chato, a torpeza nerviosa. Pero no pasa nada. El relato acabará mostrándonos a la mujer irrigada por esa fuente eterna que Jesús le ha prometido. El más a estos niveles no se realiza porque tú sepas qué contestar o cómo comportarte, sino que se realiza si crees, aunque sea torpe y nerviosamente, en la promesa de Jesús, que es el más que se nos ofrece.

Para terminar por hoy, si te parece, vamos a refrescar las etapas del recorrido que hemos hecho, o más bien, apuntado. Hemos empezado hablando de un más inscrito en nuestro interior. Y hemos llegado a la revelación de que Dios, al crearnos, puso en nosotros su más para que, a través de esos más que han de ser progresivamente superados, nos encontráramos con él y lo descubriéramos, en el rostro de Jesús, como el más que desde el principio habíamos anhelado sin saberlo.

 

Vuélvete a tu interior, tómate unos minutos para encontrarte contigo, deja que las respuestas broten, contempla aquello que experimentes como más propio y, si te ayuda, escríbelo, para poder volver a ello cuando dentro de unos años quieras volver sobre tus búsquedas personales…

Escucha  –durante tres o cuatro minutos- tu interior y reconoce con qué ha resonado en este día. Qué dice esto de ti.

Reconoce qué se despierta en ti al escuchar el diálogo entre Jesús y la samaritana, cómo conecta contigo y cómo se despiertan fibras profundas en tu interior al contacto con este encuentro tan profundamente auténtico, tan profundamente humano.

Resuena, con el más que hoy te dinamiza. Resuena con el más que Dios promete a la samaritana, y a través de ella, a ti.

Descubre qué está movilizando el más en tu vida, qué zonas están aún sin movilizar.

Lánzate a ser, aunque sea sólo un rato, desde el más que ha prendido en ti al escuchar a Jesús.

Imagen, Pixabay

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