Elegir el camino de la vida

No acumuléis tesoros en esta tierra, donde la polilla y la carcoma echan a perder las cosas, y donde los ladrones socavan y roban. Acumulad mejor tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la carcoma echan a perder las cosas, y donde los ladrones no socaban ni roban. Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.

El ojo es la lámpara del cuerpo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado; pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo está en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tiniebla, ¡qué grande será la oscuridad!

Nadie puede servir a dos amos; porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y al otro no le hará caso. No podéis servir a Dios y al dinero. Mt 6, 19-24

Nosotros, los humanos, lo queremos todo. Queremos tesoros en la tierra, y queremos tesoros en el cielo. Queremos incluso que a los de la tierra no los ataque la polilla y queremos que sean preciosos y estén, además, asegurados contra los ladrones.

Lo primero que nos recuerda Jesús (ni siquiera se refiere a ello sino que lo da por supuesto, de obvio que es), es que tenemos que elegir: o los unos, o los otros. Los de la tierra, amenazados de desgaste y expuestos a la pérdida, al robo. Los del cielo, que no conocen la corrupción, la pérdida o el daño.

Tienes que elegir, no solo porque todo no es posible, sino porque de resultas de lo que elijas, se comportará tu corazón. Si eliges acumular tesoros en la tierra, tu corazón vivirá penando por lo que pierdes o se deteriora. Si eliges acumular tesoros en el cielo, tu corazón se asemejará a esos tesoros a los cuales aspiras.

Seguramente estás pensando en que cómo vas a hacer para no tener tesoros en la tierra. Tienes necesidades, tienes algunas riquezas… como dice un salmo (Sal 61, 11), no pongas tu corazón en ellas. Y eso lo hacemos cuando no sufrimos porque se deterioren (le pasa a todo lo de aquí), cuando no temblamos porque nos las roben (los ladrones de todas clases son moneda común entre nosotros). En cambio –puede que sigas pensando-, no sabes cómo poner tu corazón en los tesoros del cielo. Siempre que no sepas algo de lo que dice Jesús, mira a Jesús, para ver cómo lo vive él: son tesoros del cielo, por ejemplo, cada una de las cosas que le pedíamos a Dios en el Padre nuestro, esas realidades que se pueden vivir en esta vida, sí, si Dios te las da. Y para que Dios te las dé hace falta que se las pidas con todo tu ser, sin guardarte el as en la manga de tus riquezas, sino disponiendo todo lo tuyo en su favor.

Otra enseñanza de este texto es acerca de nuestra mirada. Si la mirada es limpia, toda nuestra persona goza de salud, y todo lo que miramos lo miramos según la verdad. Si, por el contrario, nuestra mirada está oscurecida –por el miedo, por el deseo de venganza, por la codicia, por…- todo lo que participa de esta mirada estará oscurecido también.

Cuántas veces nos ocurre que solo vemos lo que tenemos delante de los ojos; o que no tenemos claridad, pero decidimos igualmente; o que sabemos poco, pero juzgamos con lo poco que sabemos; o que nuestro interior está a oscuras, y sin embargo nos creemos las palabras que nos dice de desesperanza, de lejanía de Dios, de culpa o de condena… ¡qué mal miramos muchas veces, y cuánta ceguera hay en dejarse orientar por la oscuridad que se adueña de nuestro espíritu! Por eso decía Ignacio de Loyola que “En tiempo de desolación, no hacer mudanza”. Y sin embargo, cuántas veces nos dejamos guiar por esa mirada oscurecida que nos habita, tanto en relación a nosotros mismos, como a los demás, a Dios, a la vida…

De nuevo, en esta perícopa, la misma necesidad de dejarse guiar: por Dios, que es la luz, para no ser engullid@s por las tinieblas…

La última perícopa de este fragmento resume las enseñanzas anteriores mostrándonos la raíz de la dicotomía que venimos viendo: no podéis servir a Dios y al dinero. En la vida hay que elegir, y nuestras elecciones nos orientan en una dirección no solo de modo visible, sino del modo más profundo que cabe, porque implican a nuestro corazón también. Como ha dicho Jesús al principio, Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. Escoger las riquezas es someterse a ellas y mirar la vida desde la lógica de la pérdida, la ganancia, el miedo, la posesión, etc. A veces no nos damos cuenta de lo que esta lógica hace a nuestro corazón. Esta puede ser la ocasión para pedir a Jesús que nos ilumine sobre ello.

En la vida hemos de elegir y comprometernos en el sentido de la elección, más profundamente cada vez. Comprometernos de tal modo que nuestra vida se entregue a lo que hemos elegido. Decíamos al comienzo que la libertad se nos ha dado para elegir, en último término, a Dios y lo suyo. En el texto se ve claro: a través de todas estas elecciones, estamos comprometiendo nuestro corazón, o mejor, nuestro corazón se está comprometiendo hacia Dios, o dejándolo de lado.

¿No es esta la gran elección de la vida? Y podemos concretarla a cada paso…

Imagen: Erol Ahmed

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