Enfrentarse a la muerte

Lectura de la profecía de Ezequiel (37,12-14)

Sal 129,1-2.3-4ab.4c-6.7-8

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,8-11)

Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45)

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Solo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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Actitudes comunes ante la muerte

En nuestra cultura, la muerte no es un tema que atraiga la atención. Al revés. Es un tema que hace desviar la atención. Y no porque hayamos encontrado algún antídoto para evitar la muerte. Más bien, tendemos a usar ese modo infantil de esquivarla que consiste en mirar para otro lado. Nos dicen que ha muerto tal persona, y acudimos a su tanatorio, a su funeral, a saludar al viudo o a la viuda, a los amigos, a los familiares o a los hijos, esforzándonos en esa coyuntura en socializar de modo semejante al de si nos encontráramos en un bar o en la playa. Sí que preguntamos qué pasó, o nos escandalizamos o nos entristecemos o consolamos, según el caso y el grado de empatía de que cada cual sea capaz. Pero da la impresión de que con las palabras, con los gestos, lo que intentamos es decir a los vivos afectados por esa muerte que lo mejor es seguir viviendo, que es lo que el muerto hubiera querido y no sé cuántas frases hechas… lenitivos que tenemos a mano.

Y cuando los muertos nos tocan cerca, no es mucho mejor. Qué ganas de salir del duelo, o en otros modos de ser, qué resistencia a dejarlo… salvo excepciones, nuestra incapacidad de tratar con la muerte revela nuestro temor e impotencia ante ella. No la hemos reconocido presente detrás de cada esquina, no hemos contemplado su posibilidad real casi cada día… y ahora, cuando se nos viene encima, se hace evidente la poca experiencia, la escasa familiaridad con su realidad tan presente en nuestra vida.

Incluso ahora, con ocasión del coronavirus, ¿hablamos de la muerte, o más bien del número de muertos? ¿Cómo nos enfrentamos a la posibilidad de morir, al hecho de morir?

Si venimos a nuestro propio afrontamiento de la muerte… tú puedes decir mejor que nadie cómo te sitúas ante ella, ¿verdad?

Cuando venimos a la Biblia

Qué distinto es el mundo de la Biblia. En la Biblia, el reino del Dios de la Vida, la muerte se encuentra por todas partes. No da miedo. Tampoco es una cuestión irrelevante. Pero en la Biblia la muerte no tiene la última palabra, como nos parece tantas veces a nosotros. Está sometida a Dios, y como tal, se mueve al ritmo del Creador.

Jesús, que se ha hecho uno de nosotros, nos revela otro modo de convivir con la muerte.

En primer lugar, este modo de Jesús reconoce la muerte que nos visita en medio de las situaciones de fragilidad: Jesús sabe, cuando le avisan de que su amigo Lázaro está enfermo, que esta enfermedad lo llevará a la muerte. Cuánto nos cuesta esto, ¿verdad? A veces tenemos la intuición de que tal persona se va a morir, o aunque no la tengamos, la noticia de que le han ingresado por coronavirus, como otras veces un ictus, un cáncer o un accidente grave, nos llevan naturalmente a pensar en la muerte. Sin embargo, ponemos en marcha todos los mecanismos en nuestra mano para tirar de esa persona hacia la vida… porque queremos que viva y quiere vivir, que es lo que toca… pero a la vez suena de un modo que parece que quisiéramos ignorar esa posibilidad tan cercana de su muerte.

Cómo se comporta Jesús ante la muerte

Jesús sabe que Lázaro va a morir, y sabe más. Jesús no asocia la muerte de su amigo a un mal, como solemos hacer nosotros, sino que asocia la muerte a glorificación: Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Esto es verdad siempre, si se nos ha manifestado que Dios, en Jesús, ha vencido sobre la muerte. Nosotros nos enfrentamos a la muerte de un modo…  y Jesús (que sabe que esta noticia habla de muerte) de otro modo, un modo que se abre al más de Dios.

Jesús no sale corriendo hacia Betania cuando tiene noticia de esta muerte. Vive unido al Padre, y su vida está ritmada según lo que el Padre quiere para él en cada momento. No le zarandea la noticia de la muerte de su amigo, y tampoco la noticia de que sus hermanas lo esperan. No es la inmediatez humana en relación a la muerte lo que mueve a Jesús, sino que actúa según la acción del Espíritu en su interior.

Contempla la Vida sosteniendo a los que vivimos vinculados a la muerte

Una vez que llega a Betania, se encuentra primero con Marta. Marta sale a su encuentro, y le dice unas palabras colmadas de confianza: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.

Nos sobrecogen estas palabras porque nos llevan a imaginar cómo veían a Jesús algunos de los que se encuentran con él. En Jesús se tenía que percibir la VIDA a raudales para que Marta diga estas palabras. Ella se queda corta, como nos pasa a los humanos, porque supone que si la vida física de Jesús hubiera estado junto a su hermano, este no hubiera muerto. Y Marta dice más: sabe que si Jesús se lo pide a Dios, Dios se lo concederá. Y de nuevo: ¿cómo tenían que ver a Jesús los creyentes de su tiempo que sabían que el Padre estaba en él de este modo pleno?

Y aún así, su mirada enorme no alcanza a todo lo que vamos a ver: incluso cuando ya su hermano está fuera de la vida, Jesús tiene vida, por decirlo con nuestro lenguaje, como para traerlo de nuevo a la vida.

Jesús sostiene la fe de Marta

La respuesta de Jesús confirma a Marta en que Lázaro, su hermano, va a resucitar. Y cuando Marta le dice que sí, repitiendo la fe de su pueblo –Sé que resucitará en la resurrección del último día-, Jesús le pide dar un paso más. Le pide que crea en él: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?

Puesto que Jesús es la Vida, a Marta, y a nosotros hoy, se nos pide dejar atrás nuestra mirada sobre la muerte y abrirnos al modo de vivir de Dios, que es Jesús. Creer en Jesús es creer en este modo nuevo de estar en la vida, este modo nuevo de mirar la muerte, este modo nuevo de vivir que se apoya en el Padre. Jesús mismo sostiene a Marta en esta fe que lleva más allá, que hace realidad las promesas hechas a Israel desde el principio.

La primera lectura se hace eco de estas promesas: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío. Esto es lo que Jesús va a hacer a continuación, pero antes de eso, van a pasar unas cuantas cosas más:

Jesús llora ante la tumba de Lázaro

El texto dice que Jesús solloza, conmovido, porque la muerte nos arrebata la presencia y la cercanía de los que amamos. La victoria final sobre la muerte que conoce quien cree en Jesús no está reñida con el reconocimiento de ese poder que la muerte tiene sobre nuestra vida en esta existencia temporal.

Jesús solloza, también, sobre nuestra condición humana sometida a la muerte, tantas veces vencida por ella. Y es que la muerte no solo siega la vida física, sino que su cercanía oscurece también, con demasiada frecuencia, todo lo que es capaz de pervivir más allá de la muerte: la confianza en Dios, la certeza de su misericordia con nosotros, la fe en su victoria, la esperanza en sus promesas, en su Amor que es Vida…

Y Jesús solloza, seguramente, porque dentro de muy pocos días es él mismo el que se encontrará ahí, bajo una losa, vencido y enmudecido: el mal, otra de las formas que toma el pecado, lo llevará a él también a la muerte.

Jesús realiza su salvación portentosa en medio de esta realidad ambigua

Esta salvación que va a realizar, el signo culminante de la primera parte del evangelio, no se realizará en medio de la admiración y la alabanza, sino, como todo en nuestra vida, entre la incredulidad de los que viven desconfiando (que es una forma de muerte en vida): Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?, y la fe de aquellos a los que Jesús tiene que sostener de nuevo en su fe, como Marta, que vuelve a dudar de Jesús cuando este manda correr la losa: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

Aunque la realidad sea ambigua, Jesús es de una pieza y se acerca a la realidad hasta su núcleo: se acerca al corazón de la muerte. Esta también es una actitud existencialmente poderosa: cuando eres de la verdad, la muerte no se escamotea, sino que se enfrenta.

Jesús da gracias al Padre y manifiesta su comunión con Él

Aún hay una cosa más que Jesús hará antes de volver a traer a Lázaro a la vida: da gracias al Padre. Pero no le da las gracias por lo que ya ha hecho, como solemos hacer, sino que le da las gracias antes para mostrarnos que el Padre siempre le escucha y realiza lo que le pide, para que se realice esa glorificación de Dios que ha anunciado al principio. Por este milagro, los presentes creerán en que Jesús viene de Dios. 

Jesús resucita a Lázaro y proclama su poder sobre la muerte

La última acción, culminante, es el grito con el que llama a Lázaro, que ya habita en el seno de la muerte, y lo trae de nuevo a la vida. Como quien arranca a la tierra un fruto que le pertenece, como quien trae, del seno materno, la vida escondida en él. Lázaro vuelve a la vida con sus vestiduras de muerte, y nos revela lo in-audito: que Jesús, el Hijo de Dios, tiene también poder sobre la muerte.

Todas las acciones que Jesús realiza desde que llega a Betania revelan lo que ha dicho Pablo en la carta a los Romanos: si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida.

Nuestra vida, tal como la vivimos, es una confesión de impotencia ante la muerte. La vida que Jesús ha vivido entre nosotros proclama, en cambio, que él tiene poder para arrancarnos de la muerte, y que a esa victoria de Dios sobre la muerte accedemos por la fe. Si creemos en Jesús, aunque visiblemente sigamos sometidos a la muerte, nuestro espíritu vive por la victoria de Jesús que ha traído a toda la tierra la salvación.

Hemos dicho que Jesús ha realizado una serie de acciones que han culminado en la vuelta a la vida de Lázaro. Esas acciones tienen que ver con el modo como Jesús, viviendo en medio de nosotros, se ha relacionado con la muerte. Puede que te haga bien detenerte un poco y preguntarte cuál o cuáles de las actitudes de Jesús ante la muerte se te hacen luz para iluminar tu vida.

Para terminar, algunas preguntas: ¿ves la luz que hay en este modo de enfrentarse a la muerte? ¿Ves que esta luz nos ilumina a la hora de abordar este hecho de enfermedad y muerte -que toma tantas formas- con ocasión del coronavirus? ¿Nos quieres contar cuál es la luz que tú recibes para vivir desde Jesús? 

Si nos lo cuentas en los comentarios, nos harás bien a muchos.

Imagen: Alessio Lin, Unsplash

2 comentarios en “Enfrentarse a la muerte”

  1. La muerte es un sinsentido si no la vivimos de la mano de Dios. Puede ser un agujero negro que nos atrapa y nos deja sin respiración. O puede abrirnos un tiempo duro de muchos matices, entre los que está descubrir una nueva relación con la persona que hemos perdido y que seguimos amando. Y donde hay amor, hay vida, por eso, sigue viviendo en nosotros y nosotros en ella. Sin entender y fiándonos, se abre otra dimensión, un amor más profundo y nuevo.
    Las lecturas de este domingo nos dan luz sobre esta parte de la vida tan áspera humanamente, tan dolorosa, porque nos duele profundamente perder a quien amamos. Cómo no. En cualquier caso nos dan esperanza. Cada uno y cada una en nuestro camino diario. Tanto si nos ha tocado la muerte de cerca o si no, porque también morimos un poco cuando no vivimos la vida plenamente.
    Hay una frase, de Helen Keller que en medio del dolor me ha dado paz: «Todo lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente, se convierte en parte de nosotros mismos».

    1. «Morimos un poco cuando no vivimos la vida plenamente». Ahí está esa muerte que, tantas veces sin darnos cuenta, esquivamos.
      Vivimos, en cambio cuando nos atrevemos a vivir de lo que nos ha dado vida. Cuando nos abrimos plenamente a la vida, en toda su densidad -la vivimos en toda su densidad cuando la recibimos como regalo de Dios que es- y no nos negamos a saborearla siquiera cuando aquellos a los que quisiéramos abrazar no están ya entre nosotros.
      Cuando vivimos así, nos unimos realmente a los otros, y lo que hemos amado profundamente, se convierte en parte de nosotros mismos, como dice Helen Keller. Ese modo de vivir que no se resiste al dolor sino que lo acoge como parte del amor, y se abre así a una dimensión nueva, a una vida nueva.Como intuyes que será para ti, Aurora.Como pedimos que sea para ti, y para muchos.

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