Lecciones de vida y Vida

Una lectora del blog, Arantxa G., me ha enviado estos días un texto con el deseo de que «a alguien más, como a mí, le pudiera servir de palanca de sintonía con el otoño». Así lo recibo, y así os lo transmito. Personalmente, me ha gustado esa capacidad que muestra para hacer aquello que vamos viendo en estas entradas: aprender, a través de lo visible, a ir a lo invisible.

Aquí te dejo el texto. Es de José María Toro, y está extraído de un libro titulado Sabiduría. Puedes encontrarlo en este enlace. Gracias, Arantxa, por ofrecérnoslo. Y gracias a José María por esta mirada que nos lleva de lo visible a lo invisible.

«Las hojas no caen, se sueltan…

Siempre me ha parecido espectacular la caída de una hoja.

Ahora, sin embargo, me doy cuenta que ninguna hoja “se cae” sino que llegando el escenario del otoño inicia la danza maravillosa de soltarse.

Cada hoja que se suelta es una invitación a nuestra predisposición al desprendimiento.

Las hojas no cae, se desprenden, en un gesto supremo de generosidad y profundo de sabiduría: la hoja que no se aferra a la rama se lanza al vacío del aire sabe del latido profundo de una vida que está siempre en movimiento, y en actitud de renovación.

La hoja que se suelta comprende y acepta que el espacio vació dejado por ella es la matriz generosa que albergará el brote de una nueva hoja.

La coreografía de las hojas soltándose y abandonándose a la sinfonía del viento traza un indecible canto de libertad y supone una interpretación y constante y contundente para todos y cada uno de los árboles humanos que somos nosotros.

Cada hoja al aire que me está susurrando al oído del alma ¡suéltate!, ¡entrégate!, ¡abandónate! y confía!

Cada hoja que se desata queda unida invisible y sutilmente a la brisa de su propia entrega y libertad.

Con este gesto la hoja realiza su más impresionante movimiento de creatividad ya que con él está gestando el irrumpir de una próxima primavera.

Reconozco y confieso públicamente, ante este público de hojas moviéndose al compás del aire de la mañana que soy un árbol al que le cuesta soltar muchas de sus hojas. Tengo miedo ante la incertidumbre del nuevo brote.

Me siento tan cómodo y seguro con estas hojas predecibles, con estos hábitos perennes, con estas conductas fijadas, con estos pensamientos arraigados, con este entorno ya conocido…

Quiero, en este tiempo sumarme a esa sabiduría, generosidad y belleza de las hojas que “se dejan caer”.

Quiero lanzarme a este abismo otoñal que me sumerge en un auténtico espacio de fe, confianza, esplendidez y donación.

Sé que cuando soy yo quien se suelta, desde su propia conciencia y libertad el desprenderse de la rama es mucho menos doloroso y más hermoso.

Solo las hojas que se resisten, que niegan lo obvio, tendrán que ser arrancadas por un viento mucho más agresivo e impetuoso y caerán al suelo por el peso de su propio dolor.

Las hojas no caen, se sueltan.»

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Imagen: Anita Austvika, Unsplash

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