Vivir vinculados, vivir centrados

Lectura del libro de Isaías (42,1-4.6-7)

Sal 28,1a.2.3ac-4.3b.9b-10

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (10,34-38)

Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,13-17)

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?»
Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.» Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. y vino una voz del cielo que decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.»

Jesús vive unido a su Padre. Sabe por ello una serie de cosas que, si no vivimos para Dios, hemos olvidado o no hemos llegado a conocer. Cosas de esas realmente esenciales, de esas que hacen falta para vivir. Una de ellas es que el Padre está siempre atento a él, siempre pendiente y cuidándole… eso que hacen siempre los papás con sus hijos. Luego, de mayores, se nos olvida por muchas razones aquello que, como niños que siempre somos, no deberíamos olvidar. Quizá nuestros padres no lo hicieron con nosotros, o no lo hicieron como necesitábamos, o no hemos sentido que lo hicieran; o porque queríamos hacernos mayores para hacer algunas cosas que un niño no puede hacer y hemos olvidado las cosas que sostienen a los niños; o porque… por lo que sea, porque no te lo enseñaron, o porque se te olvidó o porque no supiste que era tan necesario, se te olvidó que tienes un Padre que te cuida y está atento a cada paso que das, te cuida de un modo magnífico que no excluye el dolor, ni teme las caídas, que no deja de acariciarte y te sale al paso del modo que menos imaginabas, siempre en la forma en que más te va a ayudar a ser, a vivir, a crecer.

Pero nos hacemos mayores y nos creemos más lo que dice el mundo que tenemos alrededor que lo que late en lo profundo de nosotros, y nos alejamos de las verdades esenciales, de estas que de verdad hacen falta para vivir.

Otra cosa que Jesús, porque vive unido a su Padre sabe, es que su vida es muy valiosa. No valiosa como el resultado remoto de un razonamiento, como cuando decimos “debo valer algo porque todos los demás valen, así que yo también”. No valiosa como cuando haces el catálogo de tus “méritos” para ver si encuentras en ella algo de valor. No valiosa porque has tenido un hijo, has escrito un libro o has plantado un árbol… valiosa porque sí. Valiosa, lo experimentas con certeza en tu cuerpo, en tu capacidad de amar y en el espíritu que has recibido. Valiosa porque eres valioso, porque el Padre te ha hecho valioso, porque te ama y eres con él. Este amor suyo hace que no puedas sino amarte, que creas en ti y te respetes y respetes a los demás porque son tan amados y valiosos como tú.

Sin embargo, de tanto escuchar que “hay que” ganarse el amor y el pan de cada día, de tanto manipular el amor y ser amenazado con retirarlo o con que te lo retiren, de tantas preferencias que excluyen, de tantas medidas que no te dejan dar la talla, se nos olvida la incondicionalidad y vivimos para conquistar algunas migajas de aquello que nos sostiene sobreabundantemente.

Y Jesús sabe, y es aquí adonde queríamos llegar, que el Padre, que vive unido a él y camina siempre a su lado, que le ha dotado de todo lo que un ser humano necesita para vivir una vida plena, le ha encargado una misión. Una misión es el modo personal como estamos llamados a hacer presente a Dios en nuestro mundo. Para ello hacen falta los requisitos anteriores: que vivamos unidos a Dios de tal modo que dejemos pasar su vida a través de nosotros, y que nos sepamos tan regalados por este Padre que vayamos afirmando las cualidades propias, personales, únicas del modo de ser que nos ha dado al crearnos. De esta simbiosis amorosa sale un ser humano que vive plenamente, un ser humano que desea mucho:

– Vives del Padre y eres consistente, libre, confiada porque tu suelo es su Amor que lo crea y lo recrea todo; tan libre que no tienes otro deseo que obedecerle y secundar su voluntad;

– Eres tú mismo/a porque has aprendido a amar tantas cualidades y situaciones que el Padre te ha regalado para vivir, esas en las cuales se ha manifestado su amor. Amas lo que eres, te despliegas y te afirmas desde lo que eres sin apropiación y sin falsa humildad, sabiéndote don para otros;

– Te entregas a los demás porque la persona que somos, cuando la vivimos desde el amor, cuando la vivimos hasta el fondo, sólo se comprende como amor entregado;

– No sabes todo lo que pasa en tu vida, ignoras el sentido de muchos de los acontecimientos, pero sabes que el Padre se está manifestando a través de ellos, y te entregas gozosamente a una misión que es tanto más fecunda cuanta más presencia del Padre tiene.

De esto –y de mucho más- es de lo que nos hablan los textos de hoy.

Jesús se presenta a Juan para que lo bautice. No sabemos si Jesús conoce el sentido de este bautismo. Lo que sí sabemos es que el Padre se lo ha inspirado y él responde amorosamente: no se queda en la sorpresa que este bautismo pueda producir a Juan o a otros, ni dilata la respuesta por alguna otra cosa que tiene que hacer, sino que se pone en marcha para secundar lo que el Padre quiere. En este momento de su bautismo, queda más plenamente lleno de Dios: el bautismo se da cuando, sumergido en las aguas de la vida por amor al Padre, consientes en lo que se te ha encargado que hagas, aunque todavía no sepas sino por algunos barruntos lo que llegará a ser. En esta hora, has consentido, y al consentir, se realiza todo: el Espíritu vendrá a habitarte y tu misión será obra de Dios, y el Padre saltará de alegría al unirse a ti, que consientes: ¿te has imaginado el tono en que se pueden decir las palabras, «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.»? Un Padre, ¿puede decirlas en otro tono que el de la dicha más arrebatada, más gozosa, tan plena que hace estremecerse de alegría a toda la tierra?

Por su parte Isaías, que lleva hablándonos todo el Adviento y en este tiempo de Navidad que acabamos de celebrar, nos dice cuál será el contenido de su misión y el modo como su misión se vincula a la relación con el Padre: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»    

Puedes descargarte el audio aquí.

El elegido de Dios está sostenido por el Señor, es el preferido de su corazón y ha puesto sobre él su espíritu. No lo entiendas al modo de nuestro mundo, que usa categorías excluyentes: cuando miramos así, el que Dios ponga su espíritu sobre uno nos hace creer que ya no lo pondrá sobre otro, y el que uno sea el preferido de su corazón te impide creer que tú, o la otra, o el otro, todos, lo somos también, porque su amor nos ama a todos con preferencia.

Y luego, ya ves qué cosas tan magníficas nos dice de Jesús, todas esas que conforman su misión: La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. … Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.» No te fijes ahora en la misión concreta de Jesús. Vamos a tener tiempo de eso a lo largo de los domingos de este año. Fíjate más bien en que la misión que se le ha encomendado es desbordante para nuestra pequeña medida, y en que es siempre una bendición para el mundo, para los que serán bendecidos por Dios a través de él.

También en esto hemos sido creados a imagen de Jesús: Jesús, el Hijo, cuya misión nos trae la salvación y la vida para siempre, ha encarnado lo que cada uno de nosotros, creados a su imagen, estamos llamados a vivir.

Por Jesús sabemos que la vida consiste en vivir unidas al Padre, siendo plenamente lo que somos desde los dones y situaciones que se nos van dando, de modo que a través de ellas es como vamos realizando nuestra misión, esa que nos concentra en favor de nuestros hermanos, en favor de la tierra que espera la salvación de Dios. Nuestra misión es un modo de manifestar a Dios, enorme y desbordante, porque la misión siempre será, aunque en la forma se vea visiblemente pequeña, un modo de hacer presente el amor de Dios, su salvación, en medio del mundo.

El que sabe, el que realiza, el que llama, el que escoge, es siempre Dios. En la segunda lectura, Pedro ratifica que el Espíritu se ha manifestado a través de Cornelio, un pagano, y al llamarlo, revela su voluntad de hacer de este hombre piadoso y justo, un seguidor de Jesús llamado a manifestar su rostro, un cristiano.

Decíamos que nuestro mundo nos enseña a mirar según la lógica del mundo. La Palabra de Dios que se nos habla de tantas maneras, nos enseña a ver la realidad como la mira Dios.

Qué tal si en este año que comienza vamos dejando que se caiga lo que no es esencial y nos vamos centrando en lo que de verdad importa para vivir, lo que Dios nos ha dicho y ha tomado carne en Jesús. Qué tal si en nuestros modos de mirar a las personas dejamos caer las categorías –este hizo tal cosa en el pasado, este es bueno o este es malo, este me gusta o…- y empezamos a alinearnos con el modo como Dios, actuando en medio del mundo, uniéndolo y fecundándolo todo, nos lleva a lo que él hace, lo que él valora, lo que es. 

Imagen: The Korus, Unsplash

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