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Lectura del libro de Isaías (25,6-10a)

Sal 22, 1-6

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (4,12-14.19-20)

Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,1-14)

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.» Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.» Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?» El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

Puedes descargarte el audio aquí.

De nuevo nos encontramos a Jesús dirigiéndose a los sumos sacerdotes y a los ancianos. Siempre por medio de parábolas, y estaría muy bien que nos preguntáramos por qué (está muy bien que le preguntemos a Jesús por qué hace lo que hace, lo que no entendemos de lo que hace… porque merece la pena hablar con él, y por la vida que nos da aprender de su modo de estar en el mundo:)

Esta parábola, en la que no deja de hablarles del reino de los cielos, ¿para que lo deseen ellos también, los que están maquinando para que lo condenen a muerte?, Jesús nos hace preguntarnos a nosotros también: ¿cómo trataría yo, para estas alturas, a los que desean mi muerte?

Seguramente, nosotros habríamos hecho otras cosas: habríamos maquinado contra ellos, hubiéramos huido, los habríamos dejado por imposibles… a estas alturas, como solemos decir, “ya está el pescao vendido”. Y sin embargo, Jesús hasta el final hace parábolas para ellos, para que comprendan a la luz de la historia que conocen, para que vean la injusticia, para que puedan aún convertirse… en verdad podemos decir de Jesús, como dice Pedro, que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él (Hch 10, 38).

Esta parábola habla de un rey que va a celebrar la boda de su hijo, y llama a los invitados, pero no quieren ir. Es conmovedor –como lo es el empeño de Jesús en despertarlos- que el rey vuelve a enviar a los criados y les dice que les digan cuál es la fiesta a la que son invitados: Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. -Lo ha dicho el Señor-. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. Lo que Dios quiere celebrar en su Hijo es la alianza definitiva, su entrega definitiva de amor a la humanidad…. Deja que tu corazón se detenga y adore, pida perdón por nuestra ingratitud… deja que el Espíritu ponga en ti la súplica…

Ellos, directamente, ignoran la invitación: uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. Resulta increíble, pero la parábola es exacta: así es como ha respondido Israel a la invitación de Dios a ser su pueblo. Y ahora, en estas bodas de Dios con la humanidad que se van a celebrar en la persona del Hijo, siguen haciendo lo mismo: indiferencia, desprecio, abuso y asesinato. El rey monta en cólera y destruye a los convidados, que no se merecían una invitación así.

Y ahora viene Dios, con su loco Amor, su Amor infinito y no se queda hundido ni amargado, sino que va adelante como solo el Amor puede hacerlo: Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. Estos somos nosotros, buenos y malos, los paganos. Los que fuimos encontrados en las encrucijadas de la vida, fuera del pueblo de Israel. Los invitados en segundo lugar, porque el olivo original (cf. Rom 11, 1-24) no ha respondido. Pero también a estos invitados, a nosotros, se nos exige lo que se exige a todo invitado a esta boda: ser conscientes del don inmenso que se nos hace y acudir a la fiesta con traje de fiesta.

Dios se va a abajar a lo más hondo de la tierra, clavado en cruz. Lo hace porque quiere, porque nos quiere, y sabe que la oferta que nos hace es magnífica. Cuando reaccionamos con indiferencia, con malevolencia, ceguera o ingratitud, él nos sigue amando, nos sigue llamando. Cuando decimos que no, con nuestro rechazo de Dios o nuestro desprecio, denuncia nuestra injusticia y se defiende de ella. Nuestro Dios no es una mamá blanda a la que le puedes hacer de todo, porque siempre va a estar ahí. Dios perdona mucho, Dios espera mucho y aguanta mucho, nos da muchísimas oportunidades. Pero sabe qué es lo grande que nos ofrece, y sabe también cuándo el corazón está tan cerrado que ya no hay sino lanzar, expulsar, destruir: dar fuego a la ciudad de los asesinos, arrojar a las tinieblas atado de pies y manos, al que no ha venido vestido de fiesta a esta inmensa invitación.

La parábola termina con una advertencia llena de gravedad: muchos son los llamados y pocos los escogidos. Nosotros, todos los que leemos este evangelio, todos los que lo escucharemos este domingo, hemos sido llamados. Pero es escogid@ quien, por su parte, escoge a Dios: quien deja lo suyo –sus tierras, sus negocios, su ingratitud, sus caminos- y se lanza a lo de Jesús.

Esos escogidos son los que, en vez de responder con ingratitud, se entregan a vivir la vida que se inicia en estas bodas por las que Dios, nuestro Dios loco de amor –¡¡¡no sabemos qué Dios tenemos!!!-, empieza con aquell@s que han creído, l@s que consienten en su amor y se abren a vivir de Amor, como hemos escuchado en el salmo:

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

Imagen: Ben Rossett, Unsplash

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