Fecundidad (II)

En la entrada anterior hablábamos de lo grande que es encontrar aquella palabra que nos nombra, decirse desde la Palabra de Dios que somos, dar a luz vida de Dios en favor de las personas.

Ahora bien, en clave de fecundidad, hay algo mucho más grande  que eso.

Jesús desea muchísimo encontrarse con nosotros. Tanto que no podemos hacernos una idea y, como desborda y desbarata todas las ideas y nosotros nos solemos mover por ellas, lo dejamos por in-posible (es el camino del creer lo que para la razón es in-creíble es el que nos puede conducir, y no el de las ideas).

Ahora vemos a Jesús, que antes tenía sed de nuestra sed, rechazando ahora el alimento que le ofrecen los discípulos: Yo tengo un alimento que no conocéis. Mi sustento es hacer la voluntad del que me ha enviado hasta llevar a cabo su obra de salvación. (…) levantad la vista y mirad los sembrados, que están ya maduros para la siega. (…) Yo os envío a segar en un campo que vosotros no sembrasteis; otros lo trabajaron y vosotros recogéis el fruto de su trabajo.

Jesús, que se ha hecho uno de nosotros, no es sólo que contemple la fecundidad, sino que la fecundidad le habita. Jesús vive habitado por la fecundidad del Padre. No habitado por el Padre según nuestra medida humana natural, siempre limitada por el pecado, sino a la medida de su existencia plena de santidad. Así, mientras ve a la mujer encaminarse a su pueblo, llena de su amor, él contempla no sólo el anuncio que hará la mujer, sino todos los campos de la tierra prestos para la siega. Jesús contempla la obra de salvación desde el comienzo de los tiempos desde este momento de la historia en que él mismo, hecho hombre, ha venido a habitar entre nosotros. El encuentro con la mujer, único y magnífico, representa esta hora de la siega, anhelada por Dios desde el comienzo, en que Dios se unirá a sus criaturas y habitará en ellas, siendo “Dios-con-nosotros”. Mira a lo lejos, y ve a la mujer, a los discípulos a los que ha llamado, a muchos otros discípulos de entonces y de después, enviados al mundo a recoger el fruto de tantos siglos de siembra, de trabajo oculto. Reconoce esta hora de la tierra plena de fecundidad y les anuncia que ahora la tierra está preparada para la siega.

Jesús mira más allá y ve no sólo lo que se ve, sino todo lo que está también presente en eso que se ve: la promesa, la fecundidad, la esperanza de la que la tierra está colmada. Y si Jesús lo ve, es que es. Hay otro modo de mirar la realidad, de hacerse presente a ella que capta la presencia de Dios en todo. Ese es el verdadero modo de mirar.

Contempla a Jesús, habitado por Dios, pleno de su Amor que todo lo ha creado y todo lo dispone en favor de sus criaturas, como profeta y testigo, como Señor de la plenitud que está alcanzando a toda la tierra. La mujer es espejo, signo de esa fecundidad que viene de la comunión trinitaria y que en Jesús –señor, maestro, profeta, Mesías- da lugar a ese encuentro culminante entre la humanidad y su Dios-Amor, como se ve en las bodas de Caná (Jn 2, 1-11). Somos privilegiados si podemos intuir que es de esta comunión entre Jesús y el Padre de donde brota toda la fecundidad que ahora, en este momento culminante, se está derramando sobre la tierra.

Es por eso que, a continuación de estas palabras de Jesús Otros lo trabajaron y vosotros recogéis el fruto de su trabajo, el evangelista dice: Muchos de los habitantes de aquel pueblo creyeron en Jesús por el testimonio de la samaritana. La fe con que los del pueblo acogen el testimonio de la samaritana ejemplifica, evidencia lo que Jesús está diciendo: el Padre es el alimento y la fecundidad de Jesús. En su vida amorosamente unida al Padre, Jesús conoce y nos muestra cómo actúa Espíritu está actuando, en este momento culminante, en toda la tierra. De ello, nos ofrece un ejemplo, un caso concreto en el que reconocer esta acción infinitamente fecunda e invisible.

¿Te has perdido? ¿Te parece que nos hemos ido muy lejos? Sí, la verdad es que hemos llegado muy lejos… pero esto que estamos diciendo es el más que la realidad puede contener: estos campos que Jesús está contemplando no son solo promesa de fecundidad material, ni sólo esperanza de que la tierra sigue dando fruto a sus habitantes. No son solo bellos cuando la persona, permaneciendo atenta y presente a la contemplación de lo que tiene delante, se maravilla de la fecundidad y la armonía que reflejan… es que estos campos preparados para la siega están reflejando este hoy en que la tierra ha alcanzado su plenitud con la llegada de Jesús, el Hijo de Dios, y se nos ilumina así la profundidad de lo real, el “pozo” de la realidad de nuestro mundo: la tierra ha sido creada para manifestar a Dios, y está reflejando ahora la fecundidad de su plan de salvación, la esperanza que ya habita la tierra, la plenitud de lo prometido desde antiguo, que alcanza su plenitud hoy, en Jesús.

La fecundidad desbordante, la siega, el testimonio, la esperanza, no son algo que se vaya a dar «en un futuro» más o menos  difuso, más o menos alejado. Se están dando ya. Se están dando aquí. Eso es lo que dice el texto, eso es lo que Jesús nos llama a creer, con lo que ilumina nuestra vida. No empañes tu fe creyendo menos de que lo se nos da en esta vida increíble que Jesús está prometiendo.

En otro orden de cosas, estas realidades, si te atreves a creerlas -la fecundidad desbordante, la siega, el testimonio, la esperanza- nos producen a los humanos una alegría enorme. Reconoce la alegría que recorre el texto, la alegría que nos recorre cuando nos dejamos atravesar por lo que vive y es Jesús.

Pero, como decíamos, aún nos queda lo mejor. Juan nos ha presentado primero a la mujer grávida de Jesús, dando testimonio de él y cosechando frutos de fe, de promesa, de encuentros. Y nos presentaba después el gozo de Jesús al contemplar la acción de Dios por toda la tierra, al mostrar a los discípulos esta hora que ha venido a la tierra en la persona de Jesús.

Ahora, este Jesús que se ha manifestado a los discípulos como plenitud de la bendición de Dios, este Jesús que se ha hecho salvación para los de su pueblo a través del anuncio de la mujer, llega al pueblo, él mismo, a recoger los frutos de la cosecha realizada. El testimonio de los del pueblo nos dice cómo recibe la tierra la bendición de su Dios: Ya no creemos en él por lo que tú nos dijiste, sino porque nosotros mismos le hemos oído y estamos convencidos de que él es verdaderamente el Salvador del mundo.

El reconocimiento de los samaritanos es anuncio y testimonio de un nuevo encuentro, gozoso y sin duda fecundo, entre Dios y su pueblo. La palabra de la mujer ha sido mediación para que los samaritanos puedan oír y encontrarse por sí mismos con Jesús, y la certeza de la salvación que han reconocido en la mujer ha dado paso a la certeza personal que da paso a la entrega.

Jesús va pasando por nuestro mundo, por nuestros pueblos, por cada corazón, y lo bendice con sus promesas inmensas, y quiere acompañarnos hasta el punto en que hace de nosotros esa plenitud que estábamos llamados a ser. Dime, en serio, ¿es posible que te pueda pasar algo más grande que esto, algo mejor en la vida?

Así, la fecundidad de Dios, que es Espíritu, por diversos y a veces desconcertantes caminos, va realizando esta comunión misteriosa que realiza el deseo de Dios de unirse a nosotros, a cada una de sus criaturas, en medio de su pueblo, va llenando de su Fecundidad y de su Alegría toda la tierra.

Puedes volver a tu interior…

Escucha cómo resuenan en ti estas palabras, y procura discernir qué significa dicha resonancia.

Reconoce la diferencia entre lo que Jesús llama fecundidad, y lo que tú llamas –o llamabas- fecundidad.

Descubre la fecundidad, la promesa, la esperanza teologales presentes ya entre nosotros.

Resuena y déjate atravesar por el gozo que atraviesa a Jesús, y a la mujer, y los samaritanos que se encuentran con él.

Lánzate … a la Vida!

 

…anímate a dejar un comentario en el que nos cuentes qué es fecundidad en tu vida, o tus preguntas acerca del pozo, el proceso, la vida que se abre… ¡nos servirán a todos, y nos permitirán conocernos también!

*

Ahora que vamos terminando esta serie de la samaritana, quiero hacerte una propuesta: no sé si sabes lo que son los Ejercicios Espirituales, si has hecho alguna vez o qué idea tienes de ellos. En esta clave, te diré que son una inmersión en el propio pozo de la mano de Jesús, una inmersión de la que sales, como la samaritana -es el camino que estamos llamados/as a vivir- liberada, habitada y dispuesta a comunicar la vida que has recibido. Merece la pena dedicar un tiempo al año a ahondar de este modo.

Como verás en la barra lateral, en verano daré ejercicios, y te ofrezco la posibilidad conocer o repetir esta experiencia única. Si estás interesada/o, escríbeme al mail teresa@mientrasnotengamosrostro.es, y te informo más concretamente.

La imagen es de James Stronsky, Unsplash

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