El fulgor y la costumbre

Hoy, cuando iba a la eucaristía, me preguntaba sobre esas actitudes –no digo emociones para no quedarme en lo superficial- que se supone que tienen que movernos para ir a celebrarla: el agradecimiento, la alegría, la alabanza, la adoración, la súplica, la comunión con Jesús y con los hermanos… y luego, llegas a la iglesia, y ves caras aburridas, gestos solo-piadosos, a menudo rigidez, bastante gente distraída (la primera, yo que estoy mirando todo esto), costumbre y poca tensión creyente… y te preguntas dónde ha quedado todo aquello que la Pascua de Jesús significa….

Porque la Pascua de Jesús significa todo eso. Y quizá todos nosotros lo hemos experimentado algún día. O puede que todos no –yo no lo sé- pero seguro que muchos de los que acudimos a la eucaristía, hubo un día en que experimentamos la presencia de Dios, su sonido, su color, su sabor en nuestras vidas, y el anhelo profundo que entonces reconoces de que Él se quede para siempre, y lo ocupe todo. Se nos quedó prendido, y durante un tiempo empezamos a ir, o volvimos, a la eucaristía buscando aquello que tenía el sabor, la música, el color de Dios. Entonces, todo tenía sabor, y música, y color, porque estaba tocado por Él.

Con el tiempo –que no viene de repente, sino que se va manifestando en quejas pequeñitas, tan discretas que solo te parecen “lo normal”-, viene un día en que te cabreas contra la homilía; o te rebelas por los que están distraídos o no sabes por qué vienen, que parece que solo quieren figurar; o sales diciendo que hoy te resultaba todo tan lejano, que “no me dice nada”… poco a poco, no sabes por qué estás ahí, y entonces dejas de ir, amparada en ese balance, o sigues yendo, porque también lo demás te aburre y no lo dejas por eso…

¿Qué ha pasado? ¿Cómo llegamos desde esos momentos de luz, color y sabor a esos otros en que las cosas pierden el sentido? ¿Cómo es que si veíamos algo tan grande, algo que sabía a Dios, hemos dejado de percibirlo? ¿Qué ha pasado, o más bien, qué nos ha pasado?

Al principio, mirábamos lejos, más allá. No nos quedábamos en las cosas, que no se explican en sí mismas, sino que veíamos ese fulgor, brillo, sabor o color que las da sentido. Y se da la paradoja de que cuando vemos las cosas de cada día así transfiguradas, las estamos viendo a su verdadera luz. Mientras que cuando vemos solo lo inmediato –el dedo que señala a la Luna[1], y nada más- la realidad resulta tan corta que se vuelve gris, sin sabor.

Las rutinas son necesarias –piensa por ejemplo en tenerte que inventar, cada día, lo que haces antes de salir de casa!-, pero fácilmente nos rutinizan. Los rituales son necesarios –el modo como celebráis los cumpleaños en tu familia, el modo como vives la anticipación de lo que más te importa-, pero fácilmente los ritualizamos. Así, la rutina y el rito dejan de ser algo significativo para convertirse en algo rígido, ajeno, sin sentido. Y eso pasa cuando perdemos el contacto con la fuente, el sentido, el amor que los hizo nacer.

Pero también puede darse lo contrario: igual que un día te encuentras con que no sabes qué hace el cura, o porqué estás ahí, también puede pasarte, quizá de repente sin saber por qué, o quizá después de un proceso en el que has luchado por no caer en la rutina, en la queja, en ver lo de siempre como siempre, que empiezas a ver las cosas a una luz nueva. A veces es una luz que lo ilumina todo y te revela el sentido de todo. Más normalmente son breves destellos de sentido, de amor, de consistencia que te llevan a ver un suelo firme y una realidad que te sobrepasa. Si llegas aquí, ya estás salvad@ porque no puedes negar que has visto más: que has visto realidad donde solo veías apariencia, has visto sentido incluso detrás de esos rituales tan ritualizados… has empezado a ver.

Nos pasa con la Eucaristía, y nos pasa con todo lo demás: ese mirar amplio, profundo o iluminado, como quieras llamarlo, permite ver las cosas y su sentido, el sentido que tienen, que nos ilumina y ensancha la vida. Pero hemos de seguir atentas, vigilantes como dice el evangelio, porque los humanos tendemos a volvernos sobre lo inmediato: para controlarlo o inmortalizarlo, porque nos extasía o porque resulta más cómodo o porque… y con eso, perdemos el horizonte y con él, el sentido.

Seguro que encuentras algo que revisar: en tu pareja o en tu modo de relacionarte en general,  en la comunidad a la que perteneces que lleva tanto tiempo en “piloto automático”, en el trabajo o en la falta de él… la atención a los detalles, sino no miramos más allá, también nos hace perder la perspectiva… y ya no vemos nada.

No pierdas el fulgor que has entrevisto. No dejes que las cosas habituales, acostumbradas, queden cubiertas por el polvo de la rutina. Elige cómo mirar, aunque a veces todo parezca igual. Permanece.

¿Seguimos en los comentarios? Está claro que todos aprendemos de todos… cuando la mirada es amplia y quiere ver…

[1] Se suele decir que “Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo”. Es necedad mirar así, está claro. Pero también lo está que todos los humanos, aunque empezamos mirando a la luna, nos volvemos con facilidad a lo inmediato, al dedo que nos hace perder de vista la luna y todo aquello que nos amplía el horizonte, que nos lleva más allá. Que ser sabios requiere reorientación y vigilancia constante, vamos.

Imagen: Aina Aguiló

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