Hambre y sed, misericordia, ¡caminos hacia la dicha!

Habíamos empezado a comentar, no sé si recuerdas, las bienaventuranzas… Hoy Jesús nos empieza a contar cómo mira él la vida, a qué llama dicha… contrástalo con lo que ves tú, con lo que miras y vives tú…

¡seguro que tenéis mucho de qué hablar!

Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciará.

Aunque a simple vista nos encontramos con hambre y sed materiales, demasiado explícitas, demasiado inmediatas, y los que la padecen intentan resolverla por sus medios, hay hombres y mujeres de nuestro mundo cuya hambre y sed no puede aliviarse por medios naturales: bien porque no pueden procurarse los medios de satisfacer su hambre y su sed, bien porque su hambre y su sed son insaciables: cuando amas, tu sed de amar no se apaga. Cuando amas a Dios sobre todas las cosas, tu deseo de hacer su voluntad, tu deseo de contribuir a que otros amen su voluntad y quieran realizarla en el mundo, no solo no se apaga, sino que se acrecienta más cada vez… más cuanto más amas. Y cuando eso sucede, Dios mismo viene a colmar tu hambre y tu sed de Él, tu hambre y tu sed de que sea amado y sea buscado y sea conocido y sea servido…  Dios mismo, el que puso en ti su hambre y su sed, es el único capaz de colmarla.

Seguro que ya vas viendo que a través de esta existencia de la que habla Jesús se perfila un modo de humanidad nuevo. Hay veces que son personas de otro talante que el común, como los pobres de espíritu; otras veces son gentes con un dolor, pero se abren a vivirlo de otro modo, y se encuentran, se encontrarán con Dios; otras veces son gentes que reconocen su limitación, su verdadera talla, y no la encubren ni intentan ocultar lo que son, sino que, al contrario, disfrutan siendo lo que son, y Dios disfruta dándoles lo que ha previsto para sus criaturas; otras veces son personas en las que ha prendido algo del fuego de Dios y otras, como veremos, son gentes que lo reflejan de otros modos. Para todos, la dicha viene, en lo básico, de que viven a fondo eso que han recibido como don, como privilegio; y al vivirlo, se encuentran con Dios, al que le enamoran esas cualidades que nos ha dado, y se lanza a consolar, completar, celebrar, ser con… y en ese ser con Dios siendo lo que él ha hecho de nosotros, reside toda nuestra dicha. Quizá tardamos mucho en verlo, porque para que lo veas Dios tiene que cambiar tu corazón… pero serás dichoso si empiezas a desear la vida que se nos anuncia aquí, y más dichoso si, siguiendo a Jesús, la vives.

Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos.

Los misericordiosos son los hombres y mujeres que han consentido en tener un corazón que está junto a los pobres de la tierra. No sólo un corazón que se compadece, sino un corazón que quiere estar junto a los que padecen, y colmarlos con su amor. Quizá no podrá a veces darles otras cosas –comida, techo, vestido-, pero les dará su amor, y sabrá que los está colmando de algún modo misterioso, incluso si ellos tardan en reconocerlo. Dios es así, y de ahí viene su dolor por los pobres de la tierra, por eso habita en los pobres de la tierra. Los que han recibido este don de Dios y han consentido en él, están haciendo presente a Dios, su Amor y su Luz, en medio de las tinieblas de la pobreza, la soledad, la locura, la cárcel, la tortura, el maltrato, el abuso, la angustia, la esclavitud y todo tipo de males que solo con amor pueden ser curados hasta lo profundo.

Escuchemos ahora a gentes que viven así…

Hambre y sed de hacer la voluntad de Dios

Mizá no comenzó su vida con hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, sino solo la propia. Cuando pedía perdón a su madre después de desobedecerla, le decía que él no quería desobedecer… pero tenía algo dentro, algo  tan grande, que le parecía que se iba a morir si no se hacía lo que él quería. Deseaba algo, y lo deseaba con tanta ansia que hubiera sido capaz de matar por hacer su voluntad. Luego, cuando lo tenía, se sentía tranquilo y satisfecho por un tiempo. Pero después, la bestia –empezó a llamarla la Bestia, con tal fuerza sentía dentro de sí algo que le dominaba-, volvía a tener hambre y sed, volvía a reclamar que Mizá le sirviera, y Mizá se sentía incapaz de resistirse a ese furor que le cogía, y quedaba ciego para toda otra cosa hasta que lo lograba. Entonces, la Bestia se quedaba tranquila por un tiempo, Mizá descansaba, y así, hasta la siguiente.

Hubo un día en que la siguiente fue que Mizá asesinó a un hombre. Él no quería, gritaba llorando cuando lo prendieron, cuando lo llevaron al tribunal, cuando pasó la primera noche en la cárcel. Aquella noche, y todas las demás, le gritó a Dios que se llevara su vida, si no podía hacer algo que sirviera a Dios con ella. Parecía que la Bestia se reía de él, y así era: a la primera ocasión, la Bestia quiso que Mizá se peleara con varios presos a la vez, acabando en la enfermería. En el espacio de lucidez que le quedaba, Mizá seguía suplicando a Dios, ya no que acabara con su vida pues vio claro que seguía siendo imponerse a Dios, sino que hiciera algo bueno con ella, tan bueno como malo había sido lo malo. Pidió al supervisor de la cárcel que lo atara de pies y manos, decidido a matar de hambre y de sed a la Bestia, ahora desbocada. El supervisor le hizo caso, y aún recuerdan los gritos de Mizá intentando soltar la camisa de fuerza en la que lo habían encerrado. Pero lo logró. Según cuentan, a punto estuvo de morir él mismo, pero no murió. Vivió para hacer visible que en el espacio que antes habían ocupado su Ira y su Orgullo, que llegaron a dominarlo, ahora habitaba Dios, el único que tenía derecho a ocupar el Centro. Y su Hambre y su Sed, el Hambre y la Sed que Dios tiene de saciar nuestra hambre y calmar nuestra sed, pasaron a ser el hambre y la sed de Mizá, que ya no era esclavo, sino libre. El hambre y la sed que ahora le acuciaban eran el hambre y la sed de sus hermanos, y por mucha hambre y sed que tuviera de llegarse a ellos como bendición, no volvió a dar un paso movido por sí mismo –ahora sabía que así despertaba a la Ira y al Orgullo-, sino que siempre esperaba el impulso de Dios para ir a sus hermanos.

Mizá descubrió que tenía hambre y sed de colmar el hambre y la sed de sus hermanos, porque su hambre y su sed habían sido puestas por el mismo Dios. Ahora que lo sabía, no se dejaba ya dominar por otras voces, incluso si estas le orientaban a favor de sus hermanos. A Dios vivía sometido, para que fueran su Hambre y su Sed las que le llevaran a los hermanos.

Mizá, que había vivido buscando saciar su hambre y su sed y había terminado esclavo de ellas, conoció por fin lo que tanto había anhelado: ser saciado por Dios, el único que puede colmarnos.

Misericordiosos

Cuando era pequeña, Cari era una chica que no llamaba la atención. No era bonita, ni era divertida; tampoco era habilidosa ni siquiera responsable… algo sí tenía: era una chica servicial. Era la que siempre estaba junto al compañero que andaba más despacio, la que se acordaba de llevarle la tarea al que no había venido, la que estaba al cargo de sus hermanos pequeños, aunque tenía hermanas mayores. “La buena”, le decían. Pero eso fue más tarde. Fue más o menos cuando Cari se fue dando cuenta de que aquella bondad suya hacía aguas. Cari sabía que esperaba que le dieran las gracias por cada favor que hacía, y hay que ver cuánto se enfadaba si no era así. También se dio cuenta de que se sentía mejor que los demás. Mejor que sus hermanas mayores, que solo andaban a las fiestas, y mejor que su madre, que no valoraba suficiente lo que ella hacía. Así que cuando los empezaron a llamar a Cari “la buena” coincidió en el tiempo con que ella se fue dando cuenta de que no lo era…

Así que fue a hablarle a un fraile que había cerca de su casa, uno que decían que sabía ayudar a las personas, y le dijo lo que le pasaba. El fraile la miró, profundo profundo, y le dijo: “Ama más, y se te irán todas las tonterías”. Ella no sabía qué era amar más, y no se atrevió a preguntarle. Se preguntó ella mucho, eso sí. Vio que amar más era amar a las personas a las que ayudaba, y que cuando eso sucedía, en su corazón brotaba la compasión, y su ayuda venía de otro lugar… y probó a seguir amando, cada vez a más personas, cada vez en situaciones más difíciles, de esas que antes no había visto siquiera. Así conoció a unas monjas que gastaban la vida ayudando a los demás, ¡y vivían alegres! Tenían la alegría que viene de esa fuente, de la misma fuente que la compasión, y quiso seguir a su lado. Supo que Dios había tenido misericordia de ella al darle a esas hermanas que tenían mucha más misericordia que ella. Tuvieron misericordia de ella también, y Cari supo qué era sentir misericordia, y eso la hizo más misericordia. Con el tiempo, tomo conciencia de que el amor de las hermanas al acogerla había sido misericordia del mismo Dios, y que el amor de Dios, como un torrente, había barrido sus tonterías, como el fraile aquel le había dicho un día, y se gastaba en amar con un amor que se compadecía hasta lo profundo de los dolores de tantas y tantos que conoció, que amó, que sirvió cada día lo mejor que supo, lo mejor que pudo.

Y un día, el último día de su vida, supo, en su carne, cómo es la misericordia de Dios…

La imagen es de Tyler Nix, Unsplash

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