Jesús y los suyos

Lectura del libro de Isaías (49,3.5-6)

Sal 39,2.4ab.7-8a.8b-9.10

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,1-3)

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,29-34)

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Ése es aquel de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.»
Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.» Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Puedes descargarte el audio aquí.

Entre nosotros, hay gente distinta. Gente que tiene un aspecto como el de los demás, gente que se ríe o pasea o está en paro o tiene un trabajo que le apasiona, o uno rutinario; gente casada o célibes por el Reino; homo o hetero, de derechas o de izquierdas, con la cabeza bien amueblada o tan heridos que perdieron la razón, gente que “mola” o gente que “no mola”; asiáticos, africanos o americanos, inmigrantes o vecinos, gente de la calle o ratones de biblioteca, ciudadanos del mundo o gente a la que no le gusta viajar; gente que disfruta con la cocina o que come lo que le echen, y todo lo que quieras en todo lo demás; los hay locos por el cine o por los aparatos y los hay locos por sus hermanos; unos son más bien taciturnos y otros elocuentes y otros un poco pesados y otros…

Todas esas personas, toda esa gente distinta que vive entre nosotros, tienen una cosa en común. Están marcados por Dios. Una marca que les une a todos los seres humanos, a la vez que los separa de los demás. Una señal que se llama “pasión por Dios”, y que tomará distintas formas, también formas en las que no se nombra a Dios: “pasión por los pobres”, “pasión por los enfermos”, “pasión por contemplar a Dios”, “pasión por anunciar la buena noticia”, “pasión por aliviar el sufrimiento de los…”, “pasión por ser amor”… No llevan ellos su vida sino que su pasión les lleva, y su pasión, que es fuego que arde y que purifica, que impulsa y hace padecer.

Gentes a las que Dios ha marcado, a las que Dios, dejándolas en medio de sus relaciones humanas, las ha puesto aparte[1], porque la marca de Dios los une a todos, y a la vez te aparta de todos. Te hace uno de tantos, pero no eres “uno entre la multitud”. Entre nosotros, existen gentes así: gentes que sólo responden a Dios, gentes que se movilizan cuando reconocen lo que Dios hace en la historia, en una persona, en un proyecto. Habrán hecho un largo camino para vivir según esa marca, o lo están haciendo mientras te miran… pero su corazón, desde aquel día que lo cambió todo, se fundamenta en Dios.

De esto hablan las lecturas de hoy, prolongando la presentación de Jesús que veíamos el domingo pasado. Hoy vamos a empezar por el salmo, que nos guiará por entre los textos.

Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito;
me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.

Este es el anhelo de los marcados por Dios. Viven día y noche gritándole, suplicándole, rogándole que venga y que salve a la tierra, a los que tienen hambre o a los que padecen injusticia; le suplican también para que se compadezca de ellos, porque sin contemplar a Dios, una vez que lo has conocido, se vive muy mal. El fuego de su corazón, fuego de Espíritu que arde en ellos y clama día y noche por Dios, encuentra, antes de lo que esperan, aquello que han suplicado, y les cambia la vida: me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Quizá después digas que no sabías lo que pedías, que no sabías siquiera cuánto deseo tenías de esa salvación que ha venido sobre ti. Pero ahora la has conocido, y la vida pivota sobre este cántico nuevo, sobre la alabanza que te libera y te hace salvación.
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy.»

Un cántico nuevo que es lucidez, y vida nueva, y sabiduría. Al salmista le ha enseñado qué es lo que Dios quiere, y ahora puede vivir entregándose: no a las leyes ni ritos externos, sino empezando a comprender cómo puedes entregar la propia vida, entera, a Dios. Entonces puedes decir que eres libre: cuando Dios te ha revelado qué quiere que vivas y ha hecho que te sea posible vivirlo, por lo que tú puedes responder.

El primero entre nosotros que ha hecho esto plenamente, totalmente, ha sido Jesús. El primero que ha sabido qué es lo que el Padre le decía, lo que el Padre quiere, y ha dejado atrás las formas pasadas, y se ha puesto en pie frente al Padre, ofreciéndose enteramente a él. No se trata ya de ofrecer a Dios cosas externas, sino de entregarse enteramente: “Aquí estoy.”

Como está escrito en mi libro:
«Para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas.

¿A quiénes se les revela este deseo de querer lo de Dios? A los que, habiéndose encontrado con Dios, han conocido que Dios, al darse, nos da también el modo de servirle. Dios y lo suyo, su voluntad, grabada en las entrañas. Y el que ha conocido esto, no tiene otro deseo que el deseo de Dios para ella/él.

La pasión de los que aman a Dios se traduce en querer, por encima de todo, lo de Dios en la vida, lo de Dios en ellos. Así ha sido en Jesús, así es en todos aquellos que, como dice el Prólogo de Juan, nacen de Dios. Esta es la vida nueva que sabe realmente a vida. Que es, en todas las formas que tome, otra vida.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes.

Toda la vida de Jesús ha sido esto: proclamar ante todas las gentes la salvación de Dios, su pasión por nosotros. La vida de Jesús, la vida de Dios en medio de nosotros, ha consistido en proclamar, en manifestar, en hacer visible y cercana la salvación de Dios, su Amor. Jesús, el Hijo de Dios, no ha hecho otra cosa. Jesús, el Hijo de Dios, ha querido sola y totalmente eso: ser proclamación y alabanza de Dios con toda su vida.

Eso es lo que desean, en más pequeño, todas esas gentes marcadas por Dios.

Y esto hace, como dice la primera lectura, que Dios esté orgulloso de ti y te colme con todo lo que tiene: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.» A Dios, puesto a colmar a Jesús, a su Hijo, le parece poco otorgarle, por su obediencia, la conversión de Israel, y le concede la salvación para todas las gentes, para toda la tierra, como modo de responder, sobreabundantemente, a la sobreabundancia de la entrega de Jesús. Estamos contemplando el orgullo del Padre, de Abbá, por su Hijo, que ha puesto en marcha, en medio de nosotros, una vida que lleva la marca de Dios y que será, enteramente, proclamación de Dios.

¡¿Qué tiene que ser que Dios te diga “estoy orgulloso de ti”?!

…así, todas las gentes distintas y marcadas por Dios, todos los testigos, como Juan, que llevan la marca de Dios y se reconocen entre sí, fijan sus ojos en Jesús y alaban a Dios por él. Gentes que, cuando ven aparecer a Jesús por alguna esquina de la vida –y la verdad es que se hace presente muchas veces- exclaman como Juan el Bautista, con esa mezcla de júbilo y reconocimiento y torpor extasiado: Ése es aquel de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Ése es. Ése es. Ése es. Y cuando lo reconocen se llenan de esperanza, o se entregan a muerte porque lo estaban esperando, o les cambia totalmente el modo de mirar alguna cosa, porque aunque no sabían por dónde podría venir ni si vendría –yo no lo conocía-, habían escuchado ese cantar nuevo de Dios: «Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.» Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Hoy, al comienzo del tiempo ordinario, celebramos esto: que ha venido a habitar entre nosotros el que ha de bautizar con Espíritu Santo, el Hijo de Dios. Él ya ha sido bautizado, y viene a bautizarnos con su bautismo. No lo reconocerás porque te lo diga en tu idioma, no será la conclusión de ningún razonamiento, y mucho menos vendrá como premio a tus esfuerzos. Lo reconocerás porque activa esa marca con la que ya fuiste marcado, lo reconocerás porque colma el vacío que creíste que te iba a acompañar para siempre. Lo reconocerás porque la realidad dejará de ser de agua y se hará de fuego. Lo reconocerás porque sabrás que prefieres pasión a comodidad, porque prefieres entregar la vida a seguir guardándola hasta el final.

¿Y después…? La pasión te llevará. Adonde el Padre quiera, como ha hecho con el Hijo. Es Señor de la vida, así que hará que reconozcas en la vida cómo has de responderle, cómo escoger lo suyo, cómo seguirle. Te pondrá con el Hijo, que nos acompaña para siempre en esta vida que vivió para que nosotros aprendiéramos a vivir. Te dará su mismo Espíritu, el que condujo a Jesús al desierto, a las multitudes y a la cruz. El mismo Espíritu que arrancó a Jesús del poder de la muerte y que transformó a gentes como tú en gentes distintas, marcadas por Dios para ir al encuentro de otros llamados.

[1] La expresión es de Madeleine Delbrêl.

Imagen: Drahomir Posteby-Mach, Unsplash

2 comentarios en “Jesús y los suyos”

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