Jueves Santo 2020

En este enlace encontrarás los textos de la liturgia de este día. Es sobre el evangelio de Jueves Santo que hacemos el comentario que viene a continuación.

Puedes descargarte el vídeo aquí.

En estos días estamos oyendo mucho hablar de muerte, de muertos. Oímos hablar con desesperación, con temor, con angustia, con desaliento. Oímos hablar desde la súplica, desde la solidaridad, desde la compasión, con estupor, con impotencia, con sobrecogimiento.

Ahora, en este día de Jueves Santo, vamos a contemplar a un hombre que se enfrenta a la muerte… por amor. Ya ves que esto no es tan corriente en nuestras motivaciones: oímos hablar de gente que se presenta voluntaria para ayudar, y es muy bueno, pero no es lo mismo que “entregarse por amor”. No es lo mismo que, estando sano y pudiendo ponerte en segundo plano, das un paso al frente, consintiendo con plena consciencia en una muerte segura y terrible, sabiendo que es lo que deseas abrazar. ¿Y por qué lo sabes? Porque sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Jesús, un hombre como nosotros, ha vivido toda su vida unido al Padre. Esto también es diferente de todo lo que nosotros conocemos. Nosotros –y somos de los que creen en Dios-, nos acordamos de Dios cuando lo necesitamos, le damos la espalda cuando nos parece que nos arreglamos solos, y solo poco a poco –y no todos, y no siempre- vamos ligándonos a él con un lazo que se va convirtiendo -ojalá fuera así en todos, y fuera siempre- en nuestra referencia para vivir, la más significativa, la referencia central. Cuando se da esto, y es algo grande, vivimos nuestra vida orientados desde la Vida. Cuando esto sucede, vivimos iluminados por la Luz de Dios en nuestras actitudes, en nuestras palabras y en nuestras acciones, a medida que vamos secundando lo que el Amor de Dios pone en nuestro interior. A esta vida que se vive vinculada a Dios la llamamos vida nueva, porque verdaderamente lo es. Una vida humana que, pareciéndose a otras vidas humanas en lo visible, se parece a Jesús y a su vida en lo invisible.

La vida de Jesús ha sido así todo el tiempo. Por eso, al mirarlo a Él, reconocemos lo que la vida humana es y está llamada a ser, en plenitud. Lo que todos y cada uno de nosotros estamos llamados a ser si queremos vivir al modo de Jesús.

Teniendo esto presente, os propongo para rezar en este día con el texto que también vamos a proclamar en la celebración litúrgica del Jueves Santo:

Lo primero, como hemos dicho, abrirnos a Jesús. ¿Qué es esto, en concreto? Requiere, en primer lugar, que quites tus ideas sobre si este texto es elevado o si resulta lejano; si te da miedo porque no podrías responder a esto o si te gusta lo del lavatorio porque Jesús te parece muy humilde ahí, y ya te gustaría que los curas, cuando lo representan, lo hicieran con menos, o con más… quita tus ideas, o tus sentimientos de saberlo todo o de indignidad o de inconveniencia, y ábrete a escuchar lo que esta Palabra de Dios, a todos nosotros juntos –no primeramente a ti, ni a mí, sino a nosotros- nos está diciendo:

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»
Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»
Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.»
Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.»
Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»
Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.»
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.» Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»
Jn 13, 1-15

Decíamos que Jesús, en este momento de su vida, sabe que es la hora de dejar este mundo para ir al Padre. Esto también es bastante extraordinario entre nosotros: que el saber se traduzca en vivir. En cambio, en Jesús, el saber y el pasar a la vida lo que sabes son una sola y la misma cosa. Por eso, en esta escena podemos ver el desarrollo del Amor en nuestro mundo: Dios, el Padre de Jesús, ama al Hijo tanto como para darse a sí mismo dándonos a Jesús; infunde en Jesús su mismo Amor, y Jesús responde amorosamente a ese Amor. Así, ese Amor entre el Padre y el Hijo, ese amor que se hace visible en nuestro mundo por el Espíritu, hace ahora que Jesús, que siempre se ha entregado a todos mientras estaba en este mundo, se entregue ahora hasta el extremo.

Ya ves que aquí no hay nada de lo que normalmente esperamos que se dé ante la muerte: ni rebeldía, ni desesperación, ni resistencia, ni mucho menos rechazo. Esto no significa que a Jesús no le cueste la muerte, pero en el evangelio de Lucas se nos habla de cómo la ha vivido – Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya, Lc 22, 42-. Queriendo, por encima de todo, lo que el Padre quiera. Y esto es lo que también nosotros conocemos como amor de verdad, si sabemos quién es este Padre que ama al Hijo y quién es este Hijo que ama así al Padre. Estamos ante algo enorme.

Pero además ocurre que en esta escena acabamos de aparecer nosotros: hablábamos del amor del Padre, pero también estamos nosotros aquí retratados: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Este amor hasta el extremo que le llevará a entregar la vida, los describe a ellos y también a nosotros.  Los suyos. Nosotros, como ellos, como todos los de la tierra somos los que van a recibir este amor de Jesús por todos.

¿Te ha pasado esto alguna vez? Sí, esta vez. Esta es la ocasión absoluta, única, en que has recibido un amor así. Este es el momento culminante de tu historia. Ese en el que se te dice quién eres por el amor que se entrega por ti. Y esta verdad que no es teoría, sino vida, tiene muchas consecuencias para mi vida:

Jesús ha preferido morir a que muera yo.

Mi valor se conoce por este amor que da la vida por mí –a ver qué hago con aquellas cosas por las que antes me valoraba, o me valoraban-

En adelante, mi vida requiere hacerse respuesta al amor hasta el extremo de Jesús. Esa es la palabra que se ha dicho sobre mi vida, la palabra a la que tengo que responder

Este amor me salva, y en adelante, he de vivir de esta salvación.

Si el amor me ha salvado, en adelante he de vivir de este amor y de esta salvación. El amor será la piedra angular de mi vida, como lo ha sido en la vida de Jesús.

Jesús, al amarnos hasta el extremo, imprime su Amor en mí, y me hace capaz de vivir amando

Este amor no se dirige a mí sola, sino a nosotros, que somos en adelante, antes que cualquier otra cosa, hermanos y juntos, inmerecidos beneficiarios de este amor que se ha revelado capaz de todo, ¡hasta de entregar la vida para que yo tenga vida!

Este amor que nos iguala es la referencia desde la que mirar a los demás, a Dios, a la vida y a mí mismo en adelante.

Es otra vida en la misma vida.

Para manifestar esa entrega, para celebrar que viene de Dios y que vuelve a Dios, Jesús hace un gesto con el que visibiliza su entrega al Padre en medio de la realidad. Un gesto plenamente consciente que nos introduce en la Pasión.

A la vez que Jesús sale de sí y se entrega a nosotros, dice Juan que el diablo mete en la cabeza de Judas Iscariote que lo entregue. Tal como sucede aquí, sucede en la vida. El bien, la vida absoluta se están entregando y se entregan, en la misma mesa con aquellos otros que albergan en su interior el mal más oscuro, el mal de quienes quieren ahogar la vida. Tengamos presente esta anotación en medio de este relato de entrega, para no caer en la ingenuidad de pensar que el vivir unidos a Dios nos aislará en alguna burbuja protegida. Todo lo que se cuenta aquí sucede en nuestro mundo, donde el bien y el mal andan codo con codo y no son fáciles de distinguir

Judas tiene ya el deseo malo en su corazón, y eso no impide a Jesús entregarse. A nosotros, el mal nos frena para lanzarnos a lo bueno que hacemos, pero a Jesús no. Lo que ahora se va a representar en esta escena que llamamos el lavatorio, es la entrega de Jesús en la Pasión de la que ahora rozamos el umbral. Aquí se hace visible la entrega que vendrá después:

y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Lo primero en esta escena es la representación. Esto nos enseña a mirar:

Jesús, con todo lo que es –venía de Dios y a Dios volvía-, que se entrega por amor y va a dar todo lo que es, al dar su propia vida, quiere hacer un gesto que representa esto que viene a hacer: se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

 

Viene de Dios, es Dios, y se pone en el lugar más bajo: a los pies de todos. Esto es lo que ha hecho, a lo largo de su vida, el que viene de Dios. Y lo hace con todos, que somos malos. Lo hace también con el que ya lo ha entregado en su corazón.

Y no lo hace de cualquier manera: se quita el manto. Se quita libremente ese manto que luego le arrebatarán y se echarán a suertes los que viven divididos (Jn 19, 23-24). Jesús, uno y único, se hace factor de unión al entregarse a todos y a cada uno.

En vez del manto, adopta una toalla, y al hacerlo, su figura se cubre de la vulnerabilidad del esclavo, al vestirse como los que están a los pies de todos. Y después, se pone a realizar ese trabajo humilde que nadie quiere hacer: retirar de nosotros la suciedad para que podamos por fin caminar, amados y libres.

Qué ha tenido que ser para los discípulos ver a Jesús a sus pies, en esta inversión radical del orden de las cosas. Qué será sentir sus manos limpiando lo sucio, sentirlo en su impureza amorosamente retirando todo lo que no tiene que estar… Y así va a ser, con mayor profundidad, total, en la hora de la Pasión que viene.

No nos extraña la reacción de Pedro, expresando una resistencia que naturalmente reconocemos: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Resistencia que podemos entender, pero que es resistencia al fin. Con buena intención, con pretendida mayor humildad que Jesús, pero es resistencia, deseo de no recibir eso que Jesús tiene para dar.

Pero habíamos dicho que Jesús hace todo lo que hace el Padre y que eso nos propone hacer a nosotros… Jesús peleará por Pedro –él pelea por todos-, para que acoja esto que viene a darle:
«Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»
Y la resistencia de Pedro, cerrada a la obediencia, cerrada a la confianza, indócil y oscurecida por el pecado, por el dolor, por… ciega: «No me lavarás los pies jamás.» Si al comienzo veíamos la actitud de Jesús, el Hijo, aquí vemos la actitud del que no está vinculado a Dios, y vive desde su lógica, desde su temor, desde su desconcertado amor: «No me lavarás los pies jamás.»

Más vale que Jesús es más fuerte que él, y pelea –como va a pelear en la Pasión- por Pedro, para que consienta: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.» No es que Pedro entienda el sentido profundo de estas palabras. Quizá nosotros hoy, a distancia y conociendo lo que va a pasar después, entendemos un poco más: hay que pasar por aquí para realizar esa vinculación con Jesús de la que todo arranca. También para nosotros: hay que pasar por la pasión, por esta contemplación que consiente el abajamiento de Dios, para quedar vinculado a Jesús por la fe.

No sabemos qué entiende Pedro, pero sí que consiente: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.» Este consentimiento nos salva. No entendemos por qué, pero nos fiamos de Jesús: él será el que nos conduzca por los caminos de la fe.

Y lo mismo que no hemos de resistirnos, tampoco hemos de anticiparnos, ni de querer de más: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.» En este camino has de acomodarte al paso de Jesús, a su lavarte y a que sean solo los pies. ¿Lo recordarás? Creer en Jesús-exactamente-en-lo-que-él-diga.

… Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

Vamos terminando. Una vez vuelta a señalar la resistencia más honda, esa que no se somete en amor, en obediencia – Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.»-, Jesús se pone en pie, toma el manto y se lo pone de nuevo.

Así va a suceder en la pasión: el que se ha hecho siervo y va a situarse en lo más bajo del mundo, recobrará, una vez que la Pasión y la Muerte se realicen, su lugar de Maestro y, más que nunca, de Señor. No olvides esta escena que, en todos sus pasos, te relata el drama que vamos a contemplar.

El texto termina como empieza. Porque es el Maestro y el Señor, se erige para nosotros en referencia radical de vida: en imitación que comenzando por lo visible, esta escena densa que acabamos de contemplar, irá adquiriendo de Jesús los modos del Hijo, en lo invisible. Así, haciendo lo que él hace –lavar los pies a otros como él ha hecho con nosotros – como él lo hace –amorosa y humildemente, abajándose hasta el extremo-, lleguemos a vivir la vida que él ha vivido –porque él va a vencer, y la vida en adelante podremos vivir es la vida unida a su señorío para siempre. La vida que, retirando de nosotros la suciedad y la muerte que el pecado es, se realiza como vida nueva que refleja a Jesús.

Entramos así, partiendo de la densidad de lo que acabamos de contemplar, a la vida que une a Jesús y al Padre, esa vida de la que nosotros somos beneficiarios.

Hoy celebramos el día del amor fraterno pues Jesús, reuniéndonos a todos en su Amor, nos ha hecho hermanos. Hoy celebramos su entrega, el regalo que la Eucaristía es. Más allá de que no alcancemos a vivirla, el celebrarla nos da la posibilidad de intuir esa realidad enorme. Asimismo, celebramos a los sacerdotes, por cuya mediación nos viene la Eucaristía. A la luz de lo que nos ha traído Jesús, contempla estas realidades para poderlas reconocer, “en la humildad de nuestra carne”, un poco más grandes y más necesarias cada vez…

Si has llegado hasta aquí…

Quizá te preguntes por qué no hablo del coronavirus. El coronavirus, en este escenario, equivale a alguna, a cualquiera de esas situaciones de mal que recorre Jesús en su itinerario hacia la muerte. El coronavirus es una situación que nos toca vivir, en la que nos toca dar una respuesta personal en favor de nuestra sociedad, de nuestro mundo, y que te da la posibilidad de enfrentarla así, como hemos visto en Jesús: no absolutizando –en este caso- el virus, o nuestro miedo, nuestros múltiples miedos o incapacidades o rebeldías o temores o anticipaciones –pecado, en cualquier caso-, sino poniendo en el centro al Padre, nuestro interlocutor en este diálogo que tiene por escenario el mundo que es suyo, para responder al Padre unidxs a Jesús, el Hijo, que ha vencido al mundo. Él nos ha mostrado qué es amar. Por quiénes se entrega la vida, desde qué amor.

Creo que con estas claves tú misma, tú mismo puedes responder a lo que en estas circunstancias se te plantea en clave de mal, dolor y muerte. En clave de fe en Jesús, que ha vencido todo mal y toda muerte.

¿Quieres hacer comentarios? Entre todos, nos ayudamos a rezar.

4 comentarios en “Jueves Santo 2020”

  1. A me ayuda mucho ver cómo Jesús ayuda a Pedro, «pelea» por el, como dices. Pedro me recuerda a mi, cree que sabe mejor… por entusiasmo, orgullo, por lo que sea… y Jesús le ayuda a aceptr las cosas como son y que además está muy bien así, porque es Dios y así lo quiere hacer. Qué cierto es que el mal nos paraliza y que tan diferente como lo vive Jesús. Ni se inmuta y le lava los pies a Judas… su Amor es por TODOS. Abraza el mal también. Pedimos saber contemplar este misterio y dejarse tocar. Gracias por ayudarnos a rezar esta Semana Santa y siempre, Teresa.

    1. Es verdad, Mónica, lo que ves. y qué grande. Esta contemplación nos ayuda a rezar, y rezar nos transforma y nos ayuda a vivir. Que el Espíritu nos conceda,por los caminos que quiera, vivir así. Mil gracias, Mónica.

  2. Gracias, Teresa. Me ha encantado y ayudado, como siempre.
    Me ha llegado mucho, fíjate, la parte en la que comentas que «Este amor que nos iguala es la referencia desde la que mirar a los demás…» Qué bueno, Teresa.
    Amar hasta el extremo. Qué bien.
    Gracias, Teresa.

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