Un latido que da Vida

En esta ocasión,  la entrada que te traigo la ha escrito Amaia,  una médico rural que vive unida a Dios y a la que las cosas de cada día le sirven para aprender a conocerle y a reconocerle en la vida.  Si quieres contarme tu historia para que ayude a otros,   me la mandas para que  la compartamos. También puedes contarnos en los comentarios lo que te ha sugerido la historia de Amaia.

Hola,  soy Amaia. Le conté esta historia a Teresa,  le gustó mucho y me preguntó si os la querría contar también a vosotros. ¡Claro que quiero!

Lo primero que quiero decirte de  mí,  es que soy cristiana y profesionalmente me dedico  a la medicina rural. Desde hace ya unos años trabajo en un pueblo pequeño de montaña. La vida me trajo aquí, nunca tuve que tomar muchas ni grandes decisiones para llegar a este sitio. Me siento muy afortunada por mi trabajo y muy agradecida. Cuando estudié medicina y los primeros años laborales, creía que mi profesión, en sí, me ayudaría  a acercarme a Dios…   la verdad es que enseguida se me fue aquella primera ilusión,  y en cambio empecé  a sentir en su lugar un sentimiento de frustración, de fracaso, de vacío, de que esto no se parecía en nada a lo que yo había soñado…  así estuve varios años. Al llegar a este pueblo se me fue dando ir cambiando la mirada de la realidad.  Aprendí que el mundo es mundo y seguirá siendo mundo y los sistemas son sistemas, y es más, necesarios para organizarnos  las personas. Lo que cambia es nuestra mirada hacia todo, y cuando digo todo, es todo. Uno de mis recuerdos más hermosos es un día de invierno, hace como  tres o cuatro años, con una gran nevada, en ese silencio característico que nos da la nieve en el monte…todo  completamente blanco, el día medio nublado,  un rayo de sol  repentino que   resplandecía sobre la nieve, mientras yo subía el puerto con la sensación de ir acercándome a la cima… Ese día sentí el señorío y la majestuosidad de Dios. ¡Fue muy grande! También he vivido otras experiencias preciosas…, más sutiles, o no, pero  preciosas.  Y no sé si todo esto te va cambiando la mirada o  si es, porque se te da cambiar la mirada, que vives estas experiencias. Bueno, no sé… da igual, pero como decía, el caer aquí me está enseñando mucho, aunque realmente sea poco, sobre la mirada del Padre hacia las personas, sobre el Reino de Dios. ¡No quiero decir, ni mucho menos, que en el ámbito urbano no esté Dios, que va….! Dios está en todo. Pero a mí esto me parece un regalo: el ritmo, la vida del pueblo, el tiempo que disponemos para estar con nuestros pacientes… en algunas ocasiones he pensado escribir un blog como médico rural cristiana, porque me encantaría contar y compartir las cosas tan grandes que voy viviendo,  que tengo el privilegio de presenciar… nunca lo he hecho hasta hoy. Quiero contarte una de esas historias,  para que te abra la mirada como a mí.

Hace unos meses falleció un señor muy mayor, no diré su edad porque a él no le gustaba hablar de esto. Era un señor sabio, sencillo, con pocos estudios pero muy sabio, esa sabiduría que da una larga vida, una vida confiada. Yo le conocí ya mayor, con aspecto de anciano, con el pelo blanco, fuerte, y unas facciones muy marcadas, fruto ya de esa delgadez de la ancianidad. Hablaba poco, con voz débil porque su corazón tenía poca fuerza ya, aunque tenía un corazón enorme, y muy sabio, y como digo, hablaba poco pero decía mucho. Muchas veces sólo pronunciaba: “bien, bien Amaiaa…” ¡pero contenían tanta vida sus palabras!  Agradecimiento, sabiduría, confianza….todo lo que yo podía percibir y todo lo que no podía, pero que sabía a Vida infinita. Me gustaba mucho ir a visitar a este hombre. A veces veíamos cómo se iba apagando, cómo iba bajando, pero me hacía sentir tan acogida, me daba tanto….

En una ocasión, nos llamaron de urgencia para ir a atender a nuestro hombre, porque “notaba que se le salía el corazón”. Al llegar al domicilio encontramos  a Benito, le llamaremos así, encamado,  relativamente con buen aspecto físico, pero presentaba una frecuencia cardíaca de 184 latidos por minuto (lpm), cuando lo  normal es entre 60 y 100 latidos/ minuto. Con voz débil nos decía que se sentía cansado, como si tuviese un caballo galopando dentro del pecho, con cierto malestar general y una cierta sensación de falta de aire para respirar. Al hacer el electrocardiograma se detectaba un tipo de arritmia cardíaca a la que llamamos taquicardia supraventricular. Un tipo de arritmia que no es mortal a corto plazo, aunque mantenida en el tiempo acabaría matándonos. Además, es muy desagradable de padecer, por lo que hay que revertirla para recuperar el ritmo cardiaco normal, que se llama ritmo sinusal. La enfermera y yo estábamos muy nerviosas,  porque teníamos pocos recursos y lo único que nos había dicho Benito era que no quería ir al hospital,  no quería moverse de su casa.  Muchas veces,  en esta situaciones,  a los sanitarios se nos olvida mirar a la cara del paciente y nos olvidamos que estos datos corresponden a una persona concreta. A todo esto Benito, mantenía su paz y su calma.  

No te contaré de qué modo resolvimos la situación,  porque se desvía de lo que te quiero contar.  después de algunos intentos  y de bastante tensión,  logramos que la frecuencia del corazón de Benito se estabilizara. ¡Qué experiencia! !Qué sensación!  Benito que dice: “¡Ya!”  

El corazón comenzaba a latir con un ritmo nuevo, un ritmo que le permite respirar, que le da vida. El corazón había pasado de estar con un ritmo frenético, a, galope, un ritmo con el que no se puede vivir, que lleva a la locura, al estrés… a pasar en dos segundos a un ritmo donde el corazón late con sosiego, con calma, con paz, dando tiempo a irrigar y perfundir hasta la última célula del organismo. Nos quedamos un rato en la habitación de Benito, con él, con su familia, compartiendo aquel momento, aquella alegría, aquel sosiego, aquella paz.

Seguimos visitando a Benito los días siguientes,  para vigilar cómo se encontraba.  Además de dar gracias a Dios por esta curación que le había sentado tan bien,  me venía una comparación:  ese corazón de Benito,  cabalgando por encima de sus fuerzas a un ritmo frenético,  me recordaba a cuando las personas vivimos con ese mismo ritmo de vida frenético, que no sabemos muy bien ni de dónde venimos ni a dónde vamos, ni por qué hacemos las cosas, un ritmo que tantas y tantas veces acaba asfixiándonos. Lo vemos cada día en nuestras consultas:  gente con problemas de ansiedad y otras historias más complicadas,  muy relacionadas con nuestro ritmo de vida. Y de pronto un día, en una situación y lugar concreto, Jesús, el Resucitado, sale a tu encuentro. ¡Sí, Jesús Resucitado!  Y ese encuentro  resulta ser una experiencia de salvación donde el ritmo vital cambia radicalmente, la vida  empieza a saber a Vida, lo que nos permite respirar, amar con un corazón nuevo (“os arrancaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” Ez 36). Al principio, este ritmo tiene certeza, pero como el ritmo del corazón de Benito en los primeros momentos de la reversión, es inestable.  Poco a poco el ritmo se va haciendo más consistente, y late de tal forma que inunda todo nuestro ser. Y así, de esta forma, nos vamos haciendo a lo de Dios, a vivir según su lógica, según su latido, según su vida. Y todo esto dentro del mundo,  de la vida de todos los días.. Y así vemos cómo el Reino de Dios es una realidad que da Vida dentro de nuestro mundo.

Durante días y días me asaltaba esta comparación. Y todavía ahora me encanta recordarlo, y a veces les echo un vistazo a los electrocardiogramas de Benito.

Y por si esta historia puede ayudarle  a alguien como me ayuda a mí, quería compartirla.

Imagen: Clem Onojeghuo, Unsplash

5 comentarios en “Un latido que da Vida”

  1. Mucha gracias por compartir tu historia Amaia. Es muy gráfica la comparación que haces entre ese corazón que va a toda caña y nuestra vida frenética y como se puede revertir. No sé si porque Dios entra o porque aminoramos el paso para enterarnos de que El está siempre. Me imagino ese ECG entrando en sinusal…. si que sirve!

  2. Muchisimas gracias por compartir esta historia, Amaia. A mi me da frescura, y entiendo lo q dices q la realidad puede ser frustrante a veces. Me anima a mirar mas alla, a estar abierta. Yo tambien soy medico y trabajo en entorno rural, aunque en un contexto distinto, pero me ha resonado por eso de forma especial.
    A ver ese blog.., si ves q si y te animas avisa para q podamos seguirte
    Gracias
    Carmentxu

    1. Qué bien, Carmentxu y Mónica! Me alegra mucho que a vosotras también os ayude a verlo. Siii….fue una pasada ver en el ECG la entrada a ritmo sinusal y la paz y la vida que ello conlleva. Como es una pasada el encuentro con el Señor, de hecho es lo más.
      Estaría bien animarme con lo del blog, verdad? Si algún día surge os avisaré.
      Qué grande poder compartir la vida de este modo! Un abrazo, Amaia

  3. Me ha encantado, Amaia! Un millón de gracias. Me ha ayudado mucho.
    Tanto tu aprendizaje y el cambio de mirada al trabajar en el pueblo (incluido el recuerdo de la nevada) como la historia de Benito me recuerdan que hay un ritmo que permite respirar y amar, que lo irriga todo. ¡Yo que tantas veces voy sobreacelerada!
    Muchas gracias, Amaia, por el texto y por tu mirada.
    Un besico

    1. Me alegro muchísimo que te haya ayudado. Vuestros comentarios a esta entrada también a mi me ayudan, agradezco mucho. Ojalá este tiempo especial que acabamos de estrenar, sea un tiempo donde velemos, que escuchábamos ayer en el Evangelio, un tiempo donde nuestro corazón lata con ese ritmo de Dios que tanta Vida nos da.
      Un abrazo sinusal!

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