Perdonar, pedir perdón, ¿por qué es tan difícil?

Con lo que llevamos dicho, parece claro que todo lo que tiene que ver con el perdón –pedir perdón o perdonar, según los casos, las personas, las situaciones- es difícil.

En primer lugar, porque el perdón tiene que ver con el mal. Y así como el Amor sobreabundante de Dios vence fácilmente sobre el mal, nuestro “amor” se revela incapaz de acercarse a él siquiera.

En segundo lugar, porque a nosotros, este predominio/esclavitud del mal que nos somete, nos hace ver las cosas como el mal las ve. Esto es, nos hace ver lo que nos han hecho como absoluto, y lo que nosotros hacemos como irrelevante… el mal altera las medidas de la realidad, y así nos sigue sometiendo…

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Estas reflexiones nos hacen caer en la cuenta de la tensión fundamental que se da cuando hablamos de esta realidad del perdón sobre la que nos preguntamos: la tensión que se ha creado, entre la otra persona y yo, entre un hecho y yo, entre un grupo y otro (o entre un grupo y yo) por la aparición de un mal. Ya decíamos el día anterior que el perdón aparece cuando hace su aparición un mal, un mal que entorpece o impide la relación entre la otra persona y yo (o grupo, lo que sea… entre dos seres humanos/grupo). La tensión fundamental a la que nos referimos viene dada porque el mal que se ha interpuesto entre nosotros hace imposible que la relación continúe como estaba. Requiere detenerse y “digerir” eso que ha sucedido, porque ha sucedido algo que impide el fluir normal entre nosotros.

Vamos a ver cómo sucede esto en clave de proceso. Nos fijaremos en dos ejemplos: uno de algo grande y otra de algo cotidiano (aunque de lo cotidiano hablaremos en otra charla). Aquí señalamos los dos para no escamotear o minimizar la importancia del perdón cotidiano, que ya reconocimos, en las palabras de Jesús del Padrenuestro, que es esencial para vivir.

Supongamos que en 1994, en la guerra de Bosnia, un serbio que es vecino vuestro de toda la vida y siendo vosotros bosnios, en el tiempo en que parecía vencer la facción serbia, te violó y te golpeó hasta casi matarte.

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En síntesis, los pasos del proceso: este proceso supone que primero hay que hacer duelo, luego autoafirmarse y regenerar la vida porque lo que antes conocías, ha muerto y no volverá, luego abrirse al reconocimiento de los otros sobre el mal padecido, luego aceptar que tú afirmas lo vivido incluso aunque otros, el agresor sobre todo, no reconozcan… y finalmente, escoges el perdón y te haces amor. La que se abre después de la muerte es vida nueva, vida que ha sobrevivido al mal. Todo ello requiere apoyarse en Dios, recibir de Él lo que sólo Él puede darnos.

En este punto, hacemos silencio para escuchar el estado de nuestro corazón. Nos detenemos y caemos en la cuenta de algún proceso de perdón, empezado y abandonado, o empezado y culminado, y reconocemos qué ha hecho de nosotros esa experiencia (perdón dado o recibido). Esto lo reconoceremos por el estado de nuestro corazón –vivo-congelado-con zonas necrosadas-casi muerto-, en relación a dicho proceso. Os propongo continuar esta experiencia de perdón desde el punto donde la dejamos…

Nos detenemos para reconocer alguna de estas batallas graves, viejas de nuestra vida que, por evitar el perdón, van paralizando, o necrosando, partes de nuestro ser.

Reconocemos también qué sucede, si tienes experiencia de ello, cuando el perdón moviliza y renueva las relaciones, el corazón primero y después la mirada.

Podemos preguntarnos también: ¿qué pasa –en tu corazón, en tu persona, en las relaciones- cuando la otra persona no quiere tu perdón?

En nuestro tiempo se subraya la necesidad de articular el perdón en clave de proceso, que reconoce la necesidad de perdonar para vivir a la vez que reconoce la propia dificultad y el reconocimiento de la ofensa, con el imperativo implícito de abrirse a los otros para vivir. Sin embargo, el que el perdón, que aquí se propone como un proceso de doce etapas (¿no son doce también los Pasos en AA?), nos sea tan costoso, habla de lo costoso que es para nosotros perdonar, y contrasta con la exigencia y la inmediatez con que el perdón se otorga en la parábola de Jesús.

Sin duda, la parábola de Jesús nos está diciendo otra cosa, de tal manera que nuestros procesos, que son necesarios, habrán de llevarnos a esa otra cosa.

Puedes descargarte el audio pinchando aquí

Una deuda: la frase «El perdón difícil» se encuentra en el último capítulo de un libro de Paul Ricoeur titulado «La memoria, la historia, el olvido». El título me gustó, y lo he tomado prestado aquí.

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