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Mirada de Jesús (VI)

Mientras hablaba, un fariseo lo invitó a comer en su casa. Jesús entró y se sentó a la mesa. El fariseo, que lo vio, se extrañó que no se lavase antes de comer. Pero el Señor le dijo: —Vosotros los fariseos limpiáis por fuera la copa y el plato, cuando por dentro estáis llenos de robos y malicia. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad, más bien, lo interior en limosna y tendréis todo limpio. ¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de verduras y descuidáis la justicia y el amor de Dios! Eso es lo que hay que observar sin descuidar lo otro. ¡Ay de vosotros, fariseos, que buscáis los asientos de honor en las sinagogas y los saludos por la calle! ¡Ay de vosotros que sois como sepulcros sin señalar, que los hombres pisan sin darse cuenta! Un doctor de la ley tomó la palabra y le contestó: —Maestro, al decir eso, nos ofendes. Jesús contestó: —¡Ay de vosotros también, doctores de la ley, que imponéis a los hombres cargas insoportables mientras vosotros no arrimáis un dedo a las cargas! ¡Ay de vosotros que construís mausoleos a los profetas que habían asesinado vuestros antepasados! Así os hacéis testigos y cómplices de lo que hicieron vuestros antepasados; pues ellos los mataron y vosotros construís los mausoleos. Por eso dice la Sabiduría de Dios: Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los matarán y perseguirán. Así se pedirá cuenta a esta generación de toda la sangre de profetas derramada desde la creación del mundo: desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, asesinado entre el altar y el santuario. Sí, os aseguro que a esta generación, se le pedirán cuentas de todo esto. ¡Ay de vosotros, doctores de la ley, que os habéis quedado con la llave del saber: vosotros no entrasteis y a los que entraban les cerrasteis el paso! Cuando salió de allí, los letrados y los fariseos se pusieron a atacarlo violentamente y a hacerle preguntas insidiosas. Le acosaban para ver si lo atrapaban en alguna palabra salida de su boca. Lc 11, 37-54

Como venimos haciendo, vamos a mirar este texto desde la mirada de Jesús.

Jesús, a lo largo de este capítulo, nos ha enseñado el Padrenuestro. Nos ha enseñado que lo mejor de lo nuestro nos sirve para comprender cómo es el Padre, pero que el Padre es mejor que lo nuestro. Nos ha mostrado desde dónde actúa, y que él viene de Dios, cuando lo acusaban de actuar por el poder de Belcebú. Nos ha dicho que tenemos que estar apoyados en la roca firme que es él, y que nuestra fuente de luz ha de ser él. Después de enseñarnos cómo hemos de cuidar nuestro interior, nos enseña cómo es la vida cuando vivimos de lo de fuera sin ser capaces de ver a Dios en esas cosas que se revelan solo como buenas cuando están vinculadas a la Fuente, a Dios, que se manifiesta en Jesús.

No es el exterior lo que dice lo que hemos de vivir, sino el interior el que nos indica cómo situarnos ante lo de fuera. Cuando nos quedamos en la exterioridad, a la hora de limpiar los objetos o de pagar el diezmo, Jesús nos lleva a preguntarnos cómo está nuestro interior para vivir eso de fuera. Cuando buscamos la valoración de los que miran, o el reconocimiento visible, nuestra vida es de muertos vivientes, porque pretendemos alimentarnos de lo que no da vida.

Y lo que dice a los fariseos, se lo dice también a los doctores de la ley, que en el caso del que pregunta, vive juzgando a los fariseos y no ve lo propio. Llama la atención también aquí el hecho de que estas acusaciones reflejan un pecado comunitario que perpetúa el personal. Nos hace preguntarnos también, a Jesús que nos está denunciando, cuánta es la luz y cuánta la oscuridad en lo que estamos viviendo.

Es lo que pedimos para este tiempo de oración. Ojalá que la oración con este texto imprima en ti, un poco más, la mirada de Dios que se refleja en él.

Imagen: Robert Euro Djojoseputro, Unsplash

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