Misterio de Navidad (II)

Continuamos celebrando la Navidad, ese Nacimiento que, aunque el mundo no lo sepa, lo ha transformado todo. Te dejo una nueva contemplación que ojalá te ayude a permanecer con el corazón en el Misterio.

Myriam

Habíamos hablado mucho Yosef y yo de aquel anuncio que tanta zozobra le había traído. Él, a pesar del dolor, a pesar de los primeros días, cuando decía que no iba a tener una vida normal y que no sabía si podría querer como a un hijo propio al que llevaba en mi vientre, había ido poco a poco serenándose, viendo en todo esto la palabra de Yahvé, que nos llamaba a obedecerle por un camino sin duda desconcertante, pero que no se podía negar que era suyo.

Desde el principio de mi vida, pero más aún en los últimos meses, el amor de Dios lo ha inundado todo. Por enorme que fuera lo que sucedió, no podía pensar que me lo había imaginado, o que lo había soñado, que me lo imaginaba. Desde el primer día tuvo una realidad tan rotunda, a la vez que inaprensible, que yo no podía negar que el Señor estaba, de modo patente y misterioso, tan evidente, en mí. Notaba también en mi cuerpo, que estaba cambiando, que lo que había vivido era real. Sabía que el Señor actúa en la historia, pero, ¡este modo era tan patente, tan inmediato! No sabía sino repetir, como una alabanza, las palabras que habían salido de mis labios: “Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices.” Repetía estas palabras una y otra vez, y las palabras mismas iban cambiando de tonalidad, de consistencia. A veces las decía con admiración, y otras, como entrega apasionada. Las decía suavemente y sonaban ligeras, como si acabaran de brotar en mi corazón, mientras que en otras ocasiones me parecía que no había hecho sino decirlas desde que nací. Las decía en secreto, y me parecía a la vez que era una verdad que había que gritar al mundo entero. A ratos las decía como si fuera evidente, como si no pudiera sino contestar así al Señor, y otras se me hacía explícita la necesidad de consentir, la importancia de mi asentimiento para dar paso al Señor.

Y decía que reconocí en todo ello la mano del Señor también en la respuesta de Yosef. Aunque al principio no podía creerse lo que le decía, nunca dudó de mí. Yo entendía que lo que le estaba diciendo era increíble, pero él no me tomó por loca, ni pensó seriamente que le estuviera engañando. Más bien, necesitaba su tiempo. Y durante ese tiempo, sufrió, y yo sufrí con él, pidiendo a Yahvé que abre caminos insospechados. El Señor fue serenando su corazón, y a partir de entonces fue como si hubiera crecido de repente, como si se le hubiera revelado un secreto y se le confiara su custodia. Más que nunca, Yosef empezó a ser el justo de Yahvé que siempre había sido.

Se celebró la boda, y al poco tiempo tuvimos que salir hacia Belén, para lo del censo del emperador. Yo intentaba tranquilizar a Yosef, sobre todo porque, después de lo vivido, después de este embarazo que era, más que ninguno, acción del mismo Dios, no podía ver lo que sucedía en la historia sino como obra suya, a la que deseaba responder. Iba confiada en que Yahvé nos iría indicando el camino, en que nos iría mostrando lo que debíamos hacer, como había hecho hasta ahora. Reconocía el amor tierno de Dios en la ternura solícita de Yosef, que hacía aumentar más mi confianza.

Al recordar aquellos días, se me aviva la emoción de entonces. El embarazo había sido muy bueno. Ni siquiera en el viaje a Ain Karim había sentido malestar. Sólo aquella alegría contagiosa que lo invadía y lo sanaba todo. Esa misma alegría que fue invadiendo a Yosef cuando, después de las primeras semanas, se fue abriendo a aceptar. Hablábamos mucho del niño, de cómo sería, de cómo le enseñaríamos todo, de la alegría que sería tenerlo entre nosotros, y de cómo le íbamos a amar. Yosef se quedaba a veces tembloroso, decía que no sabía cómo iba a a poder cuidar de este hijo… pero enseguida prevalecía la confianza, la misma confianza sencilla, serena  por la que yo me sentía sostenida. Tampoco el viaje a Belén fue duro, fuera del cansancio. Y allí, aunque algunas horas fueron muy dolorosas, la verdad es que también encontramos  ayuda, y, sin ser tan vívida la espera, ésta permanecía, como sosteniéndolo todo.

Cuando llegamos a Belén, empezamos por hacer aquello para lo que habíamos ido. Tuvimos que presentarnos ante unos escribas que tomaron nota de su nombre y de su tribu, e hicieron algunas otras preguntas también. Yo iba notándome, desde que habíamos llegado a Belén, como si el parto fuera a ser en cualquier momento. Cómo me hubiera gustado tener a ima a mi lado para explicarme qué tenía que hacer, pero lo cierto es que no tuve tiempo apenas de pensarlo. Después de aquellas diligencias que nos habían traído allí, y en vista de los dolores que iba teniendo, Yosef me dijo que iba a buscar entre los de su familia a algunos que nos acogieran. Íbamos de casa en casa, y en todas partes la misma negativa. Se compadecían de mí, por lo visto no percibían lo cerca que estaba de dar a luz, tenían muchos familiares ya en casa, y no cabía nadie más. Yosef me dejó en un lugar resguardado para seguir buscando, pues ya no podía caminar.

Al cabo de un tiempo que se me me hizo bastante largo, llegó con una chiquilla que nos condujo hacia un establo. Una niña lista y dispuesta, que recibí como regalo de Dios. Había otros que se habían acercado a ayudar, pero no sabían qué hacer. Y otro que envió a su mujer, que fue quien me asistió en el parto e hizo lo que mi ima hubiera hecho por mí. Se lo agradecí enormemente, a ella y al Señor. La chiquilla hizo también su papel, y nos acompañó con su atención solícita y deseosa. Qué bien la entendía, en su deseo de ayudar y de estar presente en esto que desconocía y le hacía sentirse tan atraída. Lo comprendía y quería que estuviera, aunque tuviera pocas fuerzas para todo lo que no fuera aguantar el dolor y esperar a Yeshua.

En el mismo momento en que creí que no podría soportar más dolor y me abandonaba, agotada, oí su llanto por primera vez. Qué dulce y confortante sonaba. Mi hijo. Su hijo. No me atrevía a decir esto sino en secreto, con una íntima adoración que no me correspondía siquiera expresar. Dios lo haría, y yo tenía que ocuparme, junto con Yosef, de amamantarlo, de cuidarlo, de hacerle crecer en todo lo preciso. Éste era el camino que Dios había elegido, y nosotros éramos dichosos de responder a Su voluntad.

Cuando la mujer que hacía de ima lo puso sobre mi pecho, sentí que tenía todo el amor del mundo para darle. Creo que sentí, literalmente, que el corazón se me ensanchó. El dolor, sin desaparecer, quedó reducido a una sombra que acompañaba la Vida, pero era la Vida la que triunfaba y avanzaba. Este niño era mi hijo, y era también una promesa. La promesa de Dios. No sabía cómo expresarlo, pero estaba pasando algo grande en el mundo. Cerré los ojos para sentir con más intensidad que la criatura que hasta ahora había llevado en mi seno estaba ya entre nosotros, y traía en sí las promesas y la salvación de Dios. No sé cómo lo sabía, pero íntimamente era la certeza que me acompañaba. A lo primero que me remitía este hijo era al amor de Dios. Sé que cualquiera dirá que esto se puede decir de todos los hijos, y así es, pero aquí era distinto. Ahora, en mi hijo, en nuestro hijo, se hacía más verdad que nunca, en él se iba a hacer verdad para siempre. Era el mismo Yahvé quien había puesto estas certezas misteriosas en mi corazón.

A mi alrededor, la mujer y la chiquilla se habían detenido. Un silencio enorme lo envolvía todo. Yo sólo escuchaba la respiración de este niño que se había convertido, en estos breves instantes, en mi corazón, y ha permanecido en él para siempre. El silencio lo acompasaba todo: la misericordia de Dios, que nos contemplaba, y este instante eterno en que recomenzaba la historia. El dolor que aún sentía era sólo otro modo de decir que sí, de entregar mi vida al amor de este hijo.  Mayor sin duda era la alegría, y la alegría dio paso al movimiento: la ima me decía dulcemente que había que limpiar al niño, y la chiquilla nos miraba asombrada, impresionada por lo que sin duda descubría por primera vez. Le di al niño, consciente de que no podía levantarme aún a ayudarle, y me dejé cuidar por Yahvé, que cuida tan bien de todos. Pensaba en Yosef, que en poco tiempo conocería a su hijo y le querría con todo su corazón, y me dejaba invadir por la noche y por la alegría infinita que recorría la tierra. A esa alegría, a esa promesa que Dios estaba realizando quería responder con toda mi vida.

Te deseo también un feliz 2019, en el que tu corazón permanezca ante el Misterio de Dios.

Imagen: Dawid Zawiła, Unsplash

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