De ovejas y vida plena

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,14a.36-41)

Sal 22,1-3a.3b-4.5

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (2,20-25)

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,1-10)

En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los hicieron caso.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Puedes descargarte el audio aquí.

Seguramente te pasa, como a tantos de nosotros, que sientes bastante incomodidad -por decirlo suave-, cuando te llaman “oveja”. Quieres seguir a Jesús, pero con esta imagen de la oveja no te identificas gran cosa. Más aún, te revienta identificarte, o que te identifiquen, con una oveja. Hemos hecho tanto camino de autonomía, nos hemos trabajado tanto la autoafirmación y el pensar por nosotr@s mism@s, que no tiene mucha gracia que te propongan como referente a los animales que menos se preguntan, que no parecen tener otra tarea en la vida que seguir al pastor, les mande donde les mande. Por no hablar el mundo en el que vivimos: ¿qué van a pensar de nosotros todos esos amigos, o familiares o compañeros que ya son bastante críticos con la Iglesia, si nos ven consentir con esta imagen ovejuna, pasiva y gregaria, si piensan ellos mismos que hacerse creyentes te va a llevar por ahí…? Ni siquiera el que sea Jesús el que lo propone, nos ayuda a vencer nuestras resistencias.

Esto es una dificultad, sin duda. Pero dicha dificultad parte de un equívoco cuando queremos acercarnos al Evangelio.  El modo como nos acercamos al Evangelio en esta clave de lectura existencial – y creo yo que en cualquier otra clave que merezca llamarse creyente-  parte de dar crédito,  por encima de todo, a las propuestas de Jesús,  y ajustar nuestros propios planteamientos a él, en vez de  poner lo nuestro por encima de todo y hacer que la realidad – Palabra de Dios incluida-  se someta a lo mío/nuestro.

Por eso, aunque el que Jesús nos llame “ovejas” tiene poca gracia, vamos a comenzar poniendo entre paréntesis nuestros modos de mirar para abrirnos a la palabra de Jesús.

Jesús hace una comparación: El pastor de las ovejas entra por la puerta… y las ovejas escuchan su voz; él llama a las suyas por su nombre y las saca fuera del redil. Cuando han salido todas las suyas, se pone delante de ellas y las ovejas lo siguen, pues conocen su voz. En cambio, nunca siguen a un extraño, sino que huyen de él, porque su voz les resulta desconocida.

Y el texto termina: Jesús les puso esta comparación, pero ellos no comprendieron su significado.

Seguro que tú tampoco lo comprendes mucho, ¿verdad? Te parece bien la comparación entre nosotros y las ovejas (o no, porque no te gusta verte como una oveja), pero en cualquier caso, no has entendido a qué viene la comparación. Lo dejamos aquí y continuamos con el texto. Luego volveremos a esta comparación.

Comparación y vida plena

Jesús ha puesto primero la comparación del pastor y las ovejas para hablarnos de cuál es su relación con nosotros. Jesús se va a identificar en primer lugar con la puerta que permite a las ovejas entrar al redil, y después con el pastor de las ovejas.

Cuando Jesús se compara con la puerta del redil, nos dice que los que vinieron antes que él eran ladrones y salteadores, y las ovejas no los hicieron caso. Los ladrones y salteadores entran por otro lado, y no entran para favorecer a las ovejas, sino contra ellas: para robar, matar y destruir. En cambio, Jesús es la puerta. Si entras a la vida por la puerta que es Jesús, te encuentras con la vida, y la Vida en plenitud.

En la comparación que veíamos al principio Jesús nos decía que las ovejas conocen su voz, Jesús las llama y ellas le siguen. Y nos dice que después, cuando vuelve con las ovejas, les enseña la puerta del redil, la puerta por la que entrar para estar seguras.

Los ladrones y salteadores son todos los que te dicen “¡está aquí, está aquí!”, pero no son Jesús y no te llevan a Jesús. Y los que te prometen llevarte a una puerta en la que encontrarás un hogar, refugio, seguridad y no son Jesús, te están engañando: son ladrones y salteadores.

Al contrario, Jesús ha venido para darnos vida plena: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

La otra imagen que Jesús emplea es la del pastor. Jesús es el buen pastor, que da la vida por las ovejas. Este modo de definir al pastor es muy impresionante: viniendo de la comparación anterior, el que Jesús se defina como “pastor” nos remite a otra comparación, esta vez implícita: Jesús da su vida por nosotros como el pastor da la vida por sus ovejas. Del mismo modo que es un exceso que un pastor dé la vida por sus ovejas, así es mucho, muchísimo más exceso este amor de Jesús.

Su modo de ser pastor llega hasta dar la vida por las ovejas. Y no es un dar la vida externo a ellas, sino que el pastor tiene con ellas una relación de amor, una relación de comunión total: conozco a mis ovejas y ellas me siguen.

Lo que más llama la atención de esta relación entre las ovejas y el pastor es el exceso del amor de Jesús por nosotros, que llega hasta dar la vida. Un dar la vida desmesurado no sólo porque el amar hasta tal extremo lo es, sino porque así como un pastor vale más que una oveja y que un rebaño entero, así, ¡no hay proporción entre quién es Jesús y quiénes somos nosotros!

Y sin embargo, ha dado su vida por nosotros.

Jesús, el Buen Pastor, es la puerta del redil en que encontramos la vida en plenitud. La plenitud que estamos llamadas a encontrar para nuestra vida es la comunión con el mismo Dios, tal como vemos que la vive Jesús.

Y llegas a pensar… estas ovejas no son nada tontas… no sabrán muchas cosas, pero saben qué es lo esencial: saben distinguir entre la voz del pastor y la voz de los ladrones y salteadores. Y no sólo distinguen su voz, sino que siguen al pastor. Quizá siga sin hacerme mucha gracia ser oveja, pero la verdad es que tengo mucho que aprender de las ovejas.

Así que las ovejas son otra cosa que lo que nosotros pensábamos. No son dóciles y sumisas porque no tengan ideas, sino porque saben de su fragilidad y que necesitan estar vinculadas. Son dóciles pero solo al pastor, y no a cualquiera que venga disfrazado de él. Y su docilidad no es blandura e inconsistencia, sino verdadera identidad: ellas consisten en ir tras él, comprometiendo en ese seguir al pastor, la propia vida.

Estas ovejas -ya lo suponíamos, ¿verdad?- representan a los creyentes. Pero está claro, por lo que hemos dicho al principio, que no por ser creyente te pareces a una de estas ovejas. Las ovejas no representan a todos los que nos llamamos creyentes, sino a los creyentes humildes, a los creyentes de verdad que no sabrán muchas teologías ni saben decirte qué ven en Jesús, pero creen de verdad, conocen su voz y la reconocen entre todas las demás. No sabrá explicar por qué, pero en cada palabra que escuchan, en cada voz que habla de Jesús, reconocen por dentro si eso que oyen «suena» igual que Jesús, o no. Si «suena» igual que Jesús, lo siguen, porque ven a Jesús ahí. Si no «suena» a Jesús, se van, se desentienden. No sabrán por qué, pero, ¿qué importa? No les toca saber por qué. Les toca vivir, comprometer la vida en seguir a Jesús, y eso lo hacen muy bien.

Reconocer la voz de Jesús de entre todas las demás voces, y seguirle con la propia vida. De eso se trata.

La comparación unía a Jesús con esas ovejas que escuchan su voz. No hablaba de todos los creyentes, sino de aquellos que tienen una relación con Él que se fundamenta en la fe, la esperanza y el amor. Aquellos que se fían y se dejan conducir, y no tienen ojos ni oídos, ni fuerzas ni ganas más que para Él.

Continuando con este modo de mirar, el discurso de Pedro que hemos escuchado en la primera lectura nos emplaza al bautismo: si confesamos que nosotros éramos de aquellos que no reconocieron a Jesús y consentimos ahora en convertirnos a Él, en quien hemos reconocido al único Pastor, a la única Puerta por la que entrar y salir, siempre unidos a él, que nos da la Vida, estaremos viviendo de la unión que se da entre el pastor y las ovejas, de la confianza que sienten las ovejas cuando ven al Pastor entrar por la Puerta. Por extensión, el bautismo es la Puerta por la que somos introducidos a la Vida. Y la Vida es vivir con Jesús, en esa escucha que se deja conducir y que ya no decide otra cosa, ni quiere otra libertad, que entrar por su Puerta a la Vida que nos ofrece.

En conclusión…

Cuando experimentas que Jesús ha dado su vida por ti, cuando has contemplado su modo de vivir y morir, que se nos presentaba en la segunda lectura, ¿de verdad quieres ser lo que tú pensabas ser… o quieres ser lo que él quiera, por amor? ¿Por qué querer el bautismo, si no es para unirse a este Jesús que se entregó por nosotros y a quien hemos descubierto como Puerta de la Vida, como Pastor que nos conduce en ella, como Vida de nuestra vida?

Puedes descargarte el audio aquí: De ovejas y vida plena. 4º D Pascua

 

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