Sábado Santo 2020

Puedes descargarte aquí el vídeo de la charla.

Y aquí, un poema oración de Martín Descalzo desde la mirada de María.

Decíamos, en los días anteriores, que íbamos a apoyar estos comentarios en los evangelios del día. Hoy, en cambio, es el único día del año en que la liturgia guarda bastante silencio: no se celebra la Eucaristía (no la hemos celebrado desde el Jueves Santo), pero la Iglesia se reúne para la liturgia de las Horas. Precisamente uno de sus textos nos ilumina sobre el sentido del sábado Santo.

Nosotros, sí, vamos a hablar. ¿Por qué? Porque queremos vivir junto a Jesús los hechos que ayer celebrábamos, esos que sucedieron una vez y alcanzan al conjunto de la realidad, y porque también lo que celebramos hoy viene representado en nuestra vida, y por tanto, vemos que Jesús, la Vida, ha asumido también con su muerte esos momentos de nuestra vida, y nos ayuda a vivirlos. Y también, porque la muerte se nos hace muy dura y hoy queremos contemplarla con la esperanza de poder llegar a vivirla, hoy o cuando nos toque.

Seguramente, si empezamos hablando de que queremos estar en este día junto al sepulcro de Jesús, solo se queden algunas personas a escucharme. Y es que nuestra fe necesita un proceso para llegar a vibrar con Jesús lo bastante para que vivamos cuando él vive y muramos cuando él muere. Sé desde el punto en que te encuentras.

Sin embargo, Jesús, que sí se ha hecho uno de nosotros, también nos enseña a vivir estas situaciones de la vida en las que estamos muertos o medio muertos, detenidos, cansados, paralizados. sometidos. Por eso, en este día vamos a empezar por acercarnos a estas situaciones para, desde ellas, reconocer a Jesús “al fondo” y empezar por lo nuestro para llegar a lo de Jesús, que seguramente es un movimiento que se adapta más adecuadamente a nuestra realidad.

María, su madre, permanece muerta ante la muerte de Jesús, porque su vida ha sido él.

Pero vamos a tener presente a Jesús así, “al fondo”. Nos vamos acercando a él, y veremos así esto que decimos todo el tiempo: que él se ha acercado a nosotros, se ha hecho uno de nosotros y nos ha enseñado que toda situación se puede vivir abiertos al Padre. Incluso las que tienen forma de muerte, las que están padeciendo la muerte, en espera de la vida.

Vamos a recorrer algunas de estas situaciones para reconocer en ellas la presencia de la muerte. Aunque más o menos estén ordenadas en una cierta gradación, no estamos diciendo que “esta” que va primero sea menos que “esta” otra que va después.

Vamos a recorrer algunas de estas situaciones para reconocer en ellas la presencia de la muerte. Aunque más o menos estén ordenadas en una cierta gradación, no estamos diciendo que “esta” que va primero sea menos que “esta” otra que va después.

No se trata de que te reconozcas en todas. Sí te ayudará ver tanta muerte, en nosotros y en nuestro mundo.

Sí que reconozcas la muerte que hay tu vida y en nuestra vida para desear la Vida de Jesús, capaz de vencer a la muerte.

La muerte de vivir en el pasado o de no poder abrazar como propios algunos capítulos de mi historia.

La muerte de no aceptar la realidad como es en algún aspecto de mi vida, o en muchos.

La muerte de vivir envuelta en razonamientos, justificaciones, bucles y discursos que son siempre el mismo.

La muerte de no querer más que a los cercanos.

La muerte de quien vive intrigando, manipulando, dominando, juzgando, temiendo, controlando, proyectando, sometiendo, seduciendo, engañando, engañando (se).

La muerte de quien abusa porque abusaron, maltrata porque le maltrataron… la muerte de quien pasa sin otro guión que el que a ti te destruyó.

La muerte de quien no ve personas sino intereses.

La muerte de quien no se ve sino a sí mismo.

La muerte de quien se excusa en que puede poco para no hacer nada.

La muerte de quien no reconoce la muerte que tiene dentro.

La muerte de quien piensa que el dinero es la vida, que divertirse es la vida, que la vida es… lo que tú quieres que sea.

La muerte de quien piensa que… en eso que no puedes conseguir o acabas de perder, se contenía toda la vida.

La muerte de quien se cree peor que los demás, sin derechos, sin recursos.

La muerte de quien se cree mejor que los demás, o con más derechos, o con más recursos.

La muerte de quien se deja guiar por lo que le rodea, y no por la voz, o la luz, que lleva dentro.

 

…. Reconoce esa muerte tuya. Experimenta el sabor a muerte, y cómo de ahí no sale nada.

 

La muerte de no agradecer lo que tienes y creer que es un derecho aquello de que disfrutas.

La muerte de no mirar más allá de tu pequeño horizonte.

La muerte de quien culpa a los demás de su muerte.

La muerte de quien es culpable de la muerte de otros, de muchos, de muchísimos.

La muerte de quien disfruta matando: matando la esperanza, matando las fuerzas, los intentos, las ilusiones, los intentos, las ganas, la vida en cualquier forma.

La muerte de quien quiere matar porque no soporta la vida en torno.

La muerte de quien no ve la pobreza, ni ve a los pobres.

La muerte de quienes cierran los ojos a la injusticia.

La muerte de quienes hacen mal porque les viene bien.

La muerte de quien miente con sus palabras, con sus hechos, con sus miradas.

La muerte de quien cree que puede manipular la verdad a su antojo.

La muerte de quien ha dejado de creer en la verdad.

La muerte de llorar la muerte sin esperanza.

La muerte de quien se deja llevar por el miedo, por la envidia, por las malas noticias.

La muerte de quien dialoga con el desánimo, con el desaliento, con lo que ve o cree ver, hasta quedar transformada en él.

La muerte de quien padece la enfermedad, la soledad o el rechazo, el ostracismo, la persecución.

La muerte de quien padece miedo, incomprensión, la muerte de quien es perseguido y no encuentra abrigo.

La muerte de quien no tiene refugio, casa, hogar.

La muerte de quien busca, y no encuentra quien le haga justicia, quien le escuche, quien le comprenda.

Reconocer, en mi muerte, qué es debido al pecado, a mi cerrazón, y qué es padecido, qué es impotente. Jesús lo ha asumido todo.

 

La muerte de quien no encuentra un amigo, un trabajo, descanso, caricia, alimento.

La muerte de quien padece abusos, de quien no puede hablar, de quien ha sido engañado y ya no confía, de quien vive dudando, de quien se cierra y vive solo.

La muerte de esperar siempre algo que no llega nunca.

La muerte de quien no puede, o no encuentra curación para sus heridas.

La muerte de haber acumulado a lo largo de los años tantos cadáveres, la muerte de no querer o no poderse desprender de ellos.

La muerte de quien acumula miedos, resentimientos, discursos y justificaciones, y avanza tan enmarañada con ellas que no avanza en el vivir.

La muerte de quien no ve las muertes pequeñas, y resulta vencido ante las grandes.

La muerte de no saber qué hacer con tu vida, de no encontrar sentido.

La muerte de no quererte y no creer en la palabra que Dios dice sobre tu vida, mientras vives.

La muerte de cerrarse para siempre.

La muerte de quien cree solo lo que ve.

La muerte de quien no se fía, aunque vea.

La muerte de no confiar en Dios cuando una, o muchas puertas se cierran.

La muerte de no creer en que hay vida después de toda muerte.

La muerte de quien perdió la esperanza.

La muerte de quien no se preocupa sino de la propia vida.

La muerte de quien no se preocupa sino de la vida de los que le importan.

La muerte mata. A veces culpable, otras padecida, la muerte va matando en nosotras la vida. Eso ha hecho la muerte en Jesús. Él, hasta el final, ha creído en Dios.

La muerte de quien juega con la muerte.

La muerte de quien se deja matar.

La muerte de quien está muerto en vida.

La muerte de quien no se ve más que a sí mismo.

La muerte de quien no ve la pobreza, ni ve a los pobres.

La muerte de quien no ve que Dios está en los pobres.

La muerte de quien no ve a tantos pobres que confían en Dios.

La muerte de quien no reconoce su pobreza,

y la muerte de quien finge ser pobre sin serlo.

La muerte de quien tiene ha padecido pocas muertes.

La muerte de quien se pierde la vida por evitar la muerte.

La muerte de quien muere de muchas muertes.

La muerte de quien no está con los pobres porque…

La muerte de quien cierra los ojos a la injusticia.

La muerte de quien hace mal porque le viene bien.

La muerte de quien no sabe qué es vida y no sabe qué es muerte.

La muerte de quien, teniendo fe, ve en la cruz a Jesús y no reconoce esperanza.

La muerte de quien, viendo a Jesús, se confirma en que los buenos fracasan.

La muerte de quien rechaza la fragilidad, la impotencia, la vulnerabilidad de otros, o la propia.

La muerte de quien siente la tentación de destruir lo que nace, lo que vive pobremente, lo que no logra…

La muerte de quien, mirando a Jesús, rechaza en su corazón el seguirle, por temor a las consecuencias.

La muerte de quien ve en la cruz solo un instrumento de tortura.

La muerte de quien se aburre junto a la muerte.

La muerte de quien lleva en sí las muertes de sus hermanxs.

La muerte de quien consiente llevar en su carne la cruz de Jesús.

La muerte de quien no puede ver el amor en Jesús que muere.

La muerte de no poder ver, en la cruz de Jesús, la victoria sobre toda muerte.

La muerte de quien no ve que Dios no está con los pobres.

La muerte de quien no ve a tantos pobres que confían en Dios.

La muerte de quien no reconoce su pobreza,

y la muerte de quien finge ser pobre sin serlo.

La muerte de quien ha padecido pocas muertes.

La muerte de quien muere de muchas muertes.

La muerte de quien no se alegra si todo no es perfecto.

La muerte de quien no mira la muerte para no ponerse triste.

La muerte de quien cierra los ojos a la injusticia.

La muerte de quien hace mal porque le viene bien.

La muerte de quien no se alegra si todo no es perfecto.

La muerte de quien no mira la muerte para no ponerse triste.

La muerte de quien no sabe qué es vida y no sabe qué es muerte.

La muerte de quien, teniendo fe, ve en la cruz a Jesús y no reconoce esperanza.

La muerte de quien, viendo a Jesús, se confirma en que los buenos fracasan.

La muerte de quien se aburre frente a la muerte.

La muerte de quien lleva en sí las muertes de sus hermanxs.

La muerte de quien consiente llevar en su carne la cruz de Jesús.

La muerte de quien no puede ver el amor en Jesús que muere.

La muerte de no poder ver, en la cruz de Jesús, la victoria sobre toda muerte.

La fe nos permite mirar más allá de la muerte. Para mirar más allá, primero hay que experimentar la muerte. Jesús la ha padecido, luego la muerte es camino de lo humano.

 

Muchas formas de muerte, muchas más que las que hemos dicho, como ves paralizan la vida, la impiden avanzar, impiden que sea vida. Tantas muertes, muchas más de las que podemos nombrar, grandes y pequeñas, que nos matan mucho o poco.

Jesús, el Amor, ha abrazado todas esas muertes, todas nuestras muertes. Las ha abrazado, y han hecho con él lo que la muerte hace: matar. Pero su muerte no la ha vivido cerradamente: la ha vivido abierto al Padre, y nos muestra así que la muerte, como todo lo demás (sea una muerte hecha a un inocente o sea la muerte que lleva aparejado el pecado), se puede vivir abiertos al Padre.

Jesús, en todas esas muertes que le infligen, las que veíamos ayer (“Siempre, muerte”, decíamos) ha hecho lo que nosotros, por causa del pecado, no podemos hacer: abrazar el mal sin que le mate, seguir creyendo en el amor del Padre, más poderoso que el pecado y más fuerte que la muerte. Seguir amando mientras el mal se ensañaba sobre él. Cuando la muerte ganaba terreno. Seguir diciendo el sí del Amor mientras la muerte lo arrasaba todo.

María, cuyo corazón late al unísono con Jesús, muere porque él está muerto. Vivir sin Jesús. En María vemos cómo el amor se deja morir junto al que está muerto. Y estando así, espera en Dios como su Hijo.

Ahora, Jesús yace en poder de la muerte.

Con una diferencia. Jesús se ha hecho semejante a nosotros en todo menos en el pecado. Él ha padecido el mal sin haber consentido en el pecado, y el pecado no ha ejercido sobre él su poder destructor. Se ha enfrentado al pecado en nuestro lugar, y el Padre nos dirá lo ha vencido porque su Amor ha sido más fuerte que el pecado.

Ahora, yace en el sepulcro. Cuando mueres, cuando estás en la muerte, no puedes nada: necesitas que venga otro y te salve. Jesús ha creído que el Padre le mostraba este camino, y se ha internado por él, creyendo en el Padre, esperando en él. Ahora, Jesús espera en la salvación de Dios. Y nosotros, con María, podemos esperar en él.

En este día, puedes reconocer tus muertes. Puedes reconocer que eso que te mata no puedes, por ti misma, traer a la vida. Mirando a Jesús, sabes que en todas esas muertes puedes esperar en Dios, que vendrá y te salvará.

En este día, puedes reconocer tus muertes. Puedes reconocer que eso que te mata no puedes, por ti misma, traer a la vida. Mirando a Jesús, sabes que en todas esas muertes puedes esperar en Dios, que vendrá y te salvará. Quizá puedes reconocer también la muerte de nuestro mundo. Quizá puedes padecer la muerte de Jesús, el que Jesús haya muerto. Colócate donde estás.

Igual te ha costado escuchar. Igual porque se te hacía largo, porque no sabías qué hacer, porque te costaba hacerte cargo de tantas muertes, padeciendo en la medida que se te dé… Lo he querido hacer así para que caigamos en la cuenta de ese peso de plomo que es la muerte en nuestra vida.

En la vida, la muerte se padece. No viene cuando quieres, ni a lo que quieres. No termina cuando deseas, sino cuando Dios lo dispone. Hoy es un día de permanecer en la muerte. En nuestra parálisis. En nuestra impotencia. En nuestra incapacidad de salvarnos que espera que Dios venga y salve.

En la oración de este día, haz explícitas esas muertes tuyas. Las que reconoces, sin duda. Pero también esas otras que no ves, que no reconoces, que no asumes como muerte. Y esas otras muertes que tu muerte genera en la sociedad, en el mundo. Y esas otras muertes que los hombres y mujeres de nuestro mundo padecen, soportan, las que les ahogan y los destruyen. Jesús las ha padecido todas.

En la medida en que te sea posible –según la conciencia de muerte que tengas- permanece en tus muertes, respirando, suplicando, llamando a Dios. Reconociendo su poder que te destruye, te paraliza, te desgarra, te oscurece, te nubla, te siega, te mata. Las muertes de las que te reconoces culpable y las muertes que padeces por no saberlas vivir, las muertes que han provocado otros. Padeciendo. Permaneciendo. Por ti y por otros. Por los demás, y por ti. Por nuestro mundo, necesitado de salvación.

Cuando oscurezca, si has permanecido suplicando, anhelarás la Vida de Jesús que viene a traer su salvación y su vida sobre toda nuestra muerte.

Estarás en condiciones de desear profundamente su resurrección.

La imagen es de Marta Ulinska. Gracias por tu arte y por tu generosidad, Marta.

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