Situándonos desde Jesús

Por la mañana temprano, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre. Vio una higuera junto al camino, se acercó a ella y, al no encontrar más que hojas, le dijo:

-Que nunca más brote de ti fruto alguno.

Y la higuera se secó en el acto.

Al ver esto, los discípulos se quedaron admirados y se preguntaban:

-¿Cómo es que la higuera se secó en el acto?

Jesús les respondió:

-Os aseguro que si tenéis fe y no dudáis, no solo haréis lo de la higuera, sino que, si decís a este monte: “Quítate de ahí y arrójate al mar”, sucederá así. Y todo lo que pidáis con fe en la oración lo obtendréis. Mt 21, 18-22

Una cosa muy desconcertante, muy asombrosa que sucede con Jesús es que experimenta las mismas cosas que nosotros –siente hambre, reacciona ante lo que sucede-, pero reacciona de un modo muy distinto.

Mira, por ejemplo, en esta ocasión. Jesús ha sentido hambre, ha visto una higuera y se acerca en ella para comer de su fruto. Pero no encuentra más que hojas, y maldice la higuera.

Decimos muchas veces que no se trata de nuestro modo de mirar, que ni resulta tan acertado ni nos enseña nada. Se trata de abrirnos al modo de Jesús, así que fuera todos esos comentarios razonables sobre si no está siendo Jesús un poco heavy, si era para tanto, si quizá no era tiempo de higos o cosas aún más ciegas acerca del modo de actuar de Jesús. Esto es todo razonable, pero no mueve nada. Vamos a ver qué hace Jesús, y vamos a intentar descubrir por qué.

En el evangelio de Lucas, de redacción posterior al de Mateo, encontramos otra versión de este relato (Lc 13, 6-9) en la que el dueño de la higuera, cansado de no encontrar fruto en ella, le dice al viñador que la corte. La respuesta del viñador es: Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y le echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas. Ambos están de acuerdo en que ya se ha trabajado sobre esta higuera durante mucho tiempo, y se le acaba el tiempo de las oportunidades. El viñador que trabaja esta higuera (la viña, se nos dice, está en ella), es Jesús, que va a dar a la higuera, de acuerdo con el dueño (el Padre), una última oportunidad.

Por su parte, en Isaías 5, 1-7, se habla de Israel como una viña en la que el viñador ha trabajado incesante y amorosamente: ¿Qué más podía hacerle a mi viña, que yo no le haya hecho? ¿Cómo es que en vez de dar uvas, dio agrazones? Este lamento de Dios en relación a Israel nos ilumina sobre el modo como Dios ha actuado con su pueblo y cómo ha respondido Israel.

Dentro de esta viña, la higuera de la que nos habla Lucas representa una parte de Israel. Esa que representan los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley.

A ellos ha venido Jesús, también, en este último tiempo de trabajar sobre su viña. Y siguen sin dar fruto.

Porque si la higuera son los jefes de los sacerdotes y maestros de la ley, esta higuera llena de hojas y sin ningún fruto es la forma que toman la piedad, de entrega a Dios y de servicio de los jefes de los sacerdotes y maestros de la ley: pura hojarasca, sin fruto alguno.

Si alguien puede decir que nunca más brote de ti fruto alguno, con plena autoridad de esa que hace las cosas que dice, ese es Jesús. Israel ha tenido muchas oportunidades, y esa higuera plantada en medio de la viña, las ha tenido también. Y resulta, a esta luz, una verdad que a veces se nos oculta: hemos sido creados con una serie de capacidades y estamos llamados a dar fruto. Nuestra vida se queda estéril si no damos fruto según nuestras obras. Dios nos dará oportunidades una y otra vez, pero habrá una que será la última. Esa en la cual, con dolor, reconozca que habiendo hecho por nosotros (porque no habla de Israel o de los jefes de los sacerdotes o maestros de la ley solamente, sino de ti y de mi) todo lo que era posible hacer, no hemos respondido a tantas oportunidades.

Habrá una vez que será la última. No en ese sentido “ocasional” que a veces nos imaginamos, como cuando te pillan distraído y no respondes bien, sino en ese sentido esencial que es nuestra verdad: estás lleno de hojas, pero de frutos nada. Y la autoridad de Dios proclama lo que tu vida es: una vida incapaz de dar fruto, y que perderá siquiera la oportunidad o la posibilidad de darlo en adelante.

Los discípulos se admiran por lo que Jesús ha hecho, y le preguntan cómo ha sucedido. No dudan de que Jesús puede hacerlo. Lo que les hace interrogarse es el cómo, porque ese cómo es una llave a ese modo de estar en la vida que tiene Jesús.

Jesús les dice que esa llave es la oración. Porque la oración obtiene todo lo que pide con fe. Pedir con fe es vivir unido, unida a Dios como vive Jesús, y ver las cosas desde su mirada.

Igual tú te preguntas por la autoridad de Jesús. Quizá para ti no está tan claro que pueda decirle eso a la higuera (si no ves esa autoridad, tampoco le vas a preguntar por el cómo, como hacen los discípulos). Si es así, ábrete a este hombre que mira la realidad así, con este señorío, con esta palabra que prolonga y culmina la acción del Padre sobre Israel o sobre algunos de sus hijos a lo largo de los siglos. Mírale así. Escucha esta palabra que dice a la luz de esa identidad que es la suya, y mira qué se te revela acerca de este modo nuevo, el suyo, de estar en la realidad.

Imagen: Bruno Emmanuelle, Unsplash

1 comentario en “Situándonos desde Jesús”

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