De tentaciones y de libertad

 

Lectura del libro del Génesis (2,7-9; 3,1-7)

Sal 50,3-4.5-6a.12-13.14.17

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (5,12-19)

Lectura del santo evangelio según san Mateo (4,1-11)

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

Puedes descargarte el audio aquí.

Aunque en este tiempo no hablemos tanto de la tentación como se ha hablado en el pasado (según dicen los que estuvieron en ese pasado), todos sabemos a qué nos referimos con ese concepto, o eso nos parece. A menudo hablamos de ella con una cierta sorna, como se habla de un monstruo al que se le ha quitado su poder; otras veces la usamos para referirnos a cosas deseables en las que está bien visto caer, imágenes de chocolate en que el término tentación llega a cambiar de sentido; rara vez hablamos de ella con seriedad o con firmeza o con lucidez, seguramente porque nuestra época se entiende mejor con lo frívolo que con lo sustancial –lo que tiene contenido, sustancia-.  Y así, cambiando la palabra, quedan solo estos días de cuaresma como lugar donde la tentación sigue teniendo una connotación de realidad resbaladiza y grave, insidiosamente inquietante como las cosas que siempre te pillan en falta. Igual viene bien que nos acerquemos a ella de otro modo, que la miremos de frente a ver qué nos puede aportar.

Este es otro de los aspectos en que la lectura existencial viene en nuestra ayuda.

Existencialmente, ¿qué es una tentación? Es algo que te seduce y atrae hacia sí, ocupando toda tu perspectiva, ocultándote la vista del horizonte. Bien si lo que me tienta es dar una respuesta que luego no me parecerá tan buena idea, como si lo que me tienta es un negocio que parece ser un éxito, que si lo que me tienta es el placer en alguna de sus formas, siempre se da este estrechamiento de perspectiva: la tentación ocupa el todo-inmediato y oscurece el todo-amplio en el que el objeto de mis ansias aparecería a otra luz en la que, visto en perspectiva, quizá ya no me resulte tan tentador.

La primera lectura ejemplifica cómo actúa la tentación: la serpiente engaña a la mujer sobre lo que obtendrá si come del fruto del árbol que está en mitad del jardín. La mujer se lo dice a su marido, y él también come. Esto nos da varias pistas acerca de cómo opera la tentación:

  • Nos dejamos seducir por la apariencia de bien, por lo que se promete como lo mejor, y eso oscurece otras dimensiones de la realidad (en este caso, lo que Dios les había dicho, que no era absolutamente restrictivo como les hace creer la serpiente).
  • Lo que deseamos se nos presenta como el mejor bien posible en ese momento: Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia.
  • Cuando sucede así, lo que uno posee, otro empieza a desearlo: se lo dio a su marido, que también comió. Cuántas veces lo que nos tienta no es la cosa en sí presentada como deseable, sino el tener lo que otros tienen.
  • Es solo al final, cuando hemos sido seducidos por la tentación, cuando lo que hemos ganado se revela apariencia –no se hablará ya de ese conocimiento semejante al de Dios, luego no se ha dado o no les aprovecha-, sino que al abrírseles los ojos, se les revela un conocimiento que no saben manejar: Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Después de todo lo que vamos diciendo, creo que estaremos de acuerdo en que la tentación es una realidad dramática presente en nuestra vida. No la veamos, por tanto, como una realidad con la que se asusta a los niños y que es inocua para los mayores. El relato de Génesis presenta muy lúcidamente el modo como actúa la tentación: el modo como oscurece nuestro entendimiento, nos engaña acerca de nuestra realidad –caemos rápidamente en el señuelo de querer ser como Dios-, y nos encierra en sus promesas indemostradas, que nos hacen lanzarnos a lo que nos seduce. Sólo después, cuando despertamos del espejismo, nos damos cuenta de que era una gran mentira.

Estaría muy bien que te preguntaras cuáles son las cosas que actúan como tentaciones para ti: igual tienen que ver con los halagos hechos a tu eficiencia, a tu bondad o a tu energía inagotable; o es tentación la comida, la estética o la bebida, o el sexo o el tener más dinero o unas vacaciones para contar a los demás; igual tiene que ver con el poder, pequeño o grande que puedes demostrar a otros que tienes… quizá tiene que ver con modos más sutiles, como el modo en que los placeres inmediatos, no buscados en sí mismos sino consentidos, te separan de tu centro, o el modo como la soberbia o el deseo de aparecer como una persona sabia o buena o rectísima oscurecen tu sentido de justicia o de verdad.

Descubre tus tentaciones, y mira a Jesús. En el evangelio, Jesús, que ha consentido en ser tentado, enfrenta la tentación porque ha asumido nuestra condición humana, en todo, menos en el pecado. Se enfrenta, se ha enfrentado en su vida, globalmente, a todos los tipos de tentación que a nosotros nos tientan: tener, poder, valer. Pero a diferencia de nosotros, no ha caído en ellas, sino que ha vencido sobre la tentación. ¿Y cómo lo ha hecho? Escogiendo a Dios. Vamos a verlo.

  • El diablo hace en esta escena lo que la serpiente hacía en el relato del Génesis: tentar a Jesús para que caiga en el lazo que le ha tendido.
  • Jesús no es seducido por las promesas del diablo, a pesar de que tienen la forma que tiene la tentación entre nosotros: algo que colmaría tus mayores deseos.
  • Por el contrario, Jesús no deja que se estreche su horizonte según el cuadro que le dibuja el tentador, sino que sigue manteniendo la mirada amplia. Y la mirada amplia ve, como horizonte y cumplimiento de todo tener, poder, valer plenos y fecundos , al mismo Dios. Jesús, en cada circunstancia concreta, ha esperado en Dios.
  • En la narración de Mateo aparece algo que no sucedía en el relato de Génesis. El grado de tentación se hace creciente, hasta revelarse el deseo del tentador: ocupar en nosotros el lugar de Dios. Generalmente nosotros no somos tentados hasta ese punto porque solo si nos resistimos a las primeras tentaciones podemos ser probados en las siguientes. Si somos vencidos en las primeras, ya estamos vencidos y quedamos sometidos, lo sepamos o no. Jesús, abriendo camino a todos los seres humanos que seremos tentados en la historia, se enfrenta a la tentación más burda y a la más sutil. Todo, por nosotros, en nuestro nombre, en nuestro favor.

 Por ello, la victoria de Jesús es nuestra victoria. Lo mismo que en Génesis se narra la historia de nuestro fracaso ante la tentación –y es, en verdad, el fracaso más clamoroso, el que frustra y hunde nuestra vida-, en la carta a los Romanos que hemos leído en la segunda lectura se nos presenta a Jesús como el que ha invertido el signo de ese fracaso, siendo el hombre que viene a invertir la historia de frustración que padecíamos. Uno por todos, dirá Pablo: en nuestro nombre, en nuestro favor.

Por esto también, miramos a Cristo como nuestro Salvador, el que hace posible nuestra victoria sobre la tentación.

Así, el salmo que hemos escuchado cobra su pleno sentido: para vencer la tentación, conociendo nuestra fragilidad ante el pecado, suplicamos a Dios, reconociendo nuestro pecado y abriéndonos a su misericordia, tan desbordante que supera con mucho la situación de muerte en que nos encontrábamos.

Pedimos misericordia con el salmista para desear de otro modo: Oh Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. Una vida en la que se nos concederá experimentar la alegría de tu salvación, en la que reconocemos cómo Dios nos afianza con espíritu generoso y nos da una nueva vida en la que nos separamos del pecado y, en Jesús, por Jesús, abrimos a nuestros hermanos el camino de la vida nueva: Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti… cantará mi lengua tu justicia y mi boca pronunciará tu alabanza.

Una vida nueva en que la tentación se conoce como lo que es y recibes fuerza no solo para comprender sus engaños, sino para rechazarla. Una vida nueva conducida por la libertad a la que te abre el tener un corazón puro, que conoce, desea y escoge la vida. Una vida entregada a los hermanos, una vida entregada a abrir los ojos a otros, de modo que también ellas, ellos, empiecen a caminar por el camino de la vida.

Empezamos la cuaresma pidiendo misericordia a Dios para que nos libre de la tentación y para que nos haga desear, y después vivir, al modo que Jesús ha iniciado en nuestro favor. Un modo lúcido ante las trampas que nos oscurecen la perspectiva, un modo libre para poder elegir a Dios y lo suyo, que es lo que verdaderamente plenifica el corazón (esto no son palabras ni buenas intenciones…  ¡es verdad!), un modo de vivir que transparenta el modo de Jesús en medio de la vida, su modo plenamente humano y plenamente de Dios, lleno de misericordia, vida, esperanza.

¿Cómo empiezas tú la cuaresma? Cuéntanos en los comentarios…

Imagen: Patrick Fore, Unsplash

2 comentarios en “De tentaciones y de libertad”

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