Tod@s l@s Sant@s

1ª lectura: Apocalipsis 7, 2-4. 9-14

Salmo 23, 1-2. 3-4ab. 5-6

2ª lectura: Primera carta del apóstol san Juan 3, 1-3

Evangelio: Mateo 5, 1-12a

Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu,

porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos,

porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran,

porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,

porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos,

porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón,

porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz,

porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,

porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan

y os calumnien de cualquier modo por mi causa.

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

Puedes descargarte el audio aquí.

Y aquí, una canción preciosa que dice a los bienaventurados.

En nuestro mundo estamos muchas personas. Algunos de nosotros tenemos unos valores, unas creencias, unos propósitos, e intentamos realizarlos por un tiempo, o casi siempre. Otros tenemos otros valores, creencias, o propósitos, aunque igual no nos implicamos tanto en su consecución como los primeros.

Supongamos, por ejemplo, que una persona del primer grupo es alguien a quien le encanta la música. Vive para la música, estudia música, compone, toca, enseña música, la comparte etc., porque es un valor y quiere dar a los demás eso que tiene. A esa persona la vemos tan identificada con lo que ama que la llamamos “músico”, porque buena parte de su vida la vive desde su don. A veces tendrá grandes alegrías, otras veces se enfrentará a grandes escollos, y será su amor por la música el criterio para avanzar, más allá de los cambios que tenga que hacer.

A lo largo del tiempo, esta persona se hará buena en lo que hace, lo sepan muchos o pocos, porque se ha entregado a ello…

Hay otras personas que quizá tienen mejores cualidades que esta primera, pero se dedican a muchas cosas, o tienen intereses diversos. Supongamos, para este caso, que su corazón está repartido entre todos esos intereses. Viven entretenidos, pero no acaban de entregar el corazón a nada, y la vida se pasa. No sufren mucho, tampoco disfrutan mucho pero no lo saben… ahí van.

Supongamos ahora que hay una persona que se parece a los del primer grupo. Una de esas personas que están habitadas por una pasión que les lleva. Solo que ahora, esa pasión no es la música u otra cosa que quieras imaginar, sino que su pasión es la pobreza de espíritu que han ido descubriendo como modo de vivir en el mundo, la mansedumbre como actitud que te abre y te comunica con todo, el llanto que te hermana con los que lloran o un hambre y sed de justicia que te matan de hambre y sed a la vez que te vinculan con todas las situaciones de hambre y sed… vamos, personas que llevan dentro la pasión que da lugar a las bienaventuranzas que acabamos de proclamar.

Estas personas llevan dentro un fuego al que sirven. Un fuego que es su modo de vivir, por el que se implican y al que se entregan en toda ocasión. No es que siempre estén igual, que nunca se resistan… lo hacen mal a veces, pero ese mal lo experimentan como “no-vida”, y cuando caen en la cuenta de ello, escogen de nuevo la vida. Una vida que asocian a vivir desde esa pasión que los lleva por dentro, de la que aprenden a dejarse conducir, que los hace más ellos mismos cuanto más se entregan a Dios y a los hermanos.

Hay gentes así en nuestro mundo. A veces, los que viven así lo saben. Otras veces no tienen ni idea, y tampoco lo saben los de alrededor hasta pasado el tiempo. Pero a menudo, en estas personas reconocemos “algo” que hace presente a Dios en medio del mundo, y nos enseña cómo vivir según su modo. Lo saben, muy especialmente, los pobres a los que ellas y ellos se dirigen, aquellos que son bendecidos por ese “modo” de Dios que destellan.

Personas cuyo corazón se hace puro al contacto con el dolor o el mal, como ha sucedido en Jesús. Personas que, como Jesús, han vivido unidas al Padre y reflejan su rostro y su salvación en medio de nuestro mundo.

A veces, no lo saben. A veces, no se lo creen, tan indignos se sienten. O han dejado en manos de Dios su juicio, y ellos están atentos a secundar ese fuego que los va consumiendo, ese fuego que los llena de vida. No son ajenos al dolor del mundo, sino que se han implicado en él hasta el fondo, en favor de sus hermanos: son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero, como hemos escuchado en la primera lectura, y Dios no se avergüenza de llamarse su Dios (Heb 11, 16).

Que haya mujeres y hombres como estos en el mundo es lo que salva a cada país, a cada generación. Ojalá los encuentres y te dejes bendecir por su vida entregada. Ojalá, mucho mejor, seas uno de ellos, y vivas, como Jesús, para dar la vida.

Imagen: Markus Spiske, Unsplash

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