Tres contra dos y dos contra tres

1ª lectura: Lectura del libro de Jeremías (38,4-6.8-10)

Sal 39,2.3;4.18

2ª lectura: Lectura de la carta a los Hebreos (12,1-4)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,49-53)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Puedes descargarte el audio aquí.

A veces nos viene el pensamiento, u oímos decir a otros, que el cristianismo solo habla de sufrimientos y desgracias, que nuestro mensaje se resume en que “cuanto más sufras, más contento está Dios”. Es verdad que en muchas ocasiones, y también en un pasado cercano hemos cargado las tintas sobre la resignación y el sufrimiento. Los textos de este día, leídos de modo simplista se pueden interpretar así. Pero no es eso lo que dice Jesús. No hay más que verle vivir a lo largo de todo el evangelio para reconocer que ha afrontado todos los conflictos que se le presentaban y no ha evitado el sufrimiento que le tocaba, por obediencia al Padre. Pero esto no nos dice sino que el conflicto que te toca, y el sufrimiento que te toca no se evitan, sino que se afrontan. Y se afrontan por obediencia al Padre, por amor a su designio de amor y de salvación.

Vamos a detenernos un poco en ello.

Una premisa de orden existencial: todos los que leemos estas líneas sabemos, o deberíamos saber, que vivir es un combate. Nos gustará o no, lo aceptaremos o nos resistiremos a ello, pero vivir requiere enfrentarse a la vida, y esto requiere luchar por aquello que estorba o impide la vida.

Y Jesús, al hacerse hombre, ha asumido este combate que la vida implica. Él no se ha gastado en tantas batallas inútiles que nos enganchan a nosotros, ha afrontado los conflictos cuando era necesario y ha dicho la palabra que zanja el problema, cuando así correspondía. En el modo de vivir los conflictos, en la sabiduría para elegir unas batallas e ignorar otras que parecen algo pero no son, en la libertad para enfrentarse a los conflictos y sobre todo, en el amor con el que se entrega al Padre en medio de todo, Jesús tiene mucho que enseñarnos en relación a este combate que la vida requiere.

Decimos que la vida es combate, porque hace falta arrojo y energía para enfrentarse a ella y ser verdad en ella, ponerse a favor de la justicia, actuar desde la libertad o escoger el bien. Hace falta arrojo y energía incluso para que tu casa o tu mesa estén ordenadas, mucho más para que tus prioridades en la vida lo estén tan bien y para que la mentira, el miedo o la desidia no vayan invadiéndolo todo…

… y si en vez de fijarnos en las metas que queremos conseguir nos fijamos en la lucha cotidiana concreta que en tantos lugares del mundo requiere el conseguir el alimento de cada día, el agua, la electricidad, el dinero para este día; la lucha porque tus hijos sigan estudiando y no se metan en una banda, la lucha por vivir en este slum que se inunda con las lluvias, la lucha por sacar fuerzas en la enfermedad cuando solo tú sostienes a tu familia, la lucha porque se respete a las mujeres en tu sociedad…

La vida requiere combate. No es Jesús, ni el cristianismo quien exhorta a ello para tenernos amargados o sometidos. Jesús, al hacerse hombre, asume todo lo humano, y lo humano requiere esta actitud de combate para enfrentar la vida. Jesús lo asume porque se ha hecho uno de nosotros, uno con nosotros. Pero no enfrenta la lucha a nuestro modo –es nuestro modo, marcado por el pecado lo que nos mata, y no el combate en sí-, sino al suyo.  El modo como Jesús se implica en la realidad, el modo como la afronta es un modo humano nuevo que trae vida, que trae salvación.

La primera diferencia que encontramos entre el modo de afrontar la realidad que tiene Jesús y aquel que usamos nosotros es el por quién te implicas en la lucha. El por quién implica también el cómo.

Jesús entra en la vida, en sus conflictos y en sus circunstancias, reconociendo y amando la presencia del Padre en toda realidad. Si lo vemos en un problema  que le plantean sus oponentes (Mc 12, 13-17), o en la solicitud por una mujer que lleva muchos años enferma (Lc 13,10-13), o cuando siente compasión porque los que iban a escucharlo estaban como ovejas sin pastor (Mc 6, 34), lo primero que vemos es que Jesús, reconociendo el modo como el amor del Padre le lleva a responder en cada situación, responde de ese modo que el Padre le propone. Esto significa que Jesús no busca lo que él quiere, lo que le acomoda o le conviene, sino el mayor amor, aquel con el que el Padre está amando en cada realidad. El que el horizonte de Jesús, el que anima su modo de combatir en la vida sea el amor del Padre hace que se sitúe desde la verdad, desde el amor, desde la vida en cada uno de los conflictos. Esto lo cambia todo.

En cuanto al modo como está en dichos combates, se deriva de lo primero. Puesto que quiere hacer en todo la voluntad, el deseo del Padre, Jesús se deja conducir, en cuanto al modo como haya de responder en cada ocasión, por el Espíritu de Dios que le inspira en cada momento lo que tiene que hacer. Su deseo es responder al Padre, que quiere que darnos vida, y se deja conducir por el amor del Padre que inspira en él dicha vida.

De este modo, como ves, el sufrimiento, el combate, la dificultad o los conflictos que se puedan derivar de ahí quedan en segundo plano. No es que no cuesten, sino que está claro por qué los afrontas, y esto da sentido a todo (todos sabemos qué distinto es vivir algo cuando sabes que tiene sentido).

En el evangelio nos encontramos a Jesús comunicando a los discípulos, esto es, a nosotros, el combate, la tensión teologal y existencial que supone su misión: su anhelo de que el fuego que ha venido a prender a la tierra ya estuviera ardiendo, su angustia hasta que se cumpla el bautismo por el que tiene que pasar.

Después de hablar de que el combate, cuando se orienta a Dios nos permite darle sentido y encontrar (o ser conducidos) en cuanto al modo, nos fijamos ahora en lo que subjetivamente supone esta tensión, este combate para el mismo Jesús. De él aprenderemos, de nuevo, cómo hemos de vivirlo nosotros.

Cuando el combate del que hablamos no es este conflicto o este otro, sino ese combate existencial que define nuestra misión y nuestra vida, experimentamos la tensión entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser; entre la vida que damos o que vivimos y la que estamos llamados a dar o a entregar. El deseo de que se realice ese plan de Dios que pasa a través de nosotros para dar vida al mundo nos atraviesa, nos posee y nos pone en trance de parto; a la vez, el deseo inmenso, total, de comunicar al mundo esta vida recibida no exime de la angustia por el modo como esta salvación tiene que darse, a costa de nuestra vida. Y es que de tal manera la vida es combate que, cuando nos entregamos a la vida por amor de Dios, sabemos que, como Jesús, porque Jesús es el Camino hacia Dios, el Camino por el que todos hemos de caminar, pereceremos en esta batalla. Para dar vida al mundo según el deseo de Dios, hemos de entregar la vida al modo del Hijo.

Hemos dicho que la vida es combate, y que Jesús nos revela un modo de afrontar la vida. Ahora añadimos que, cuando Dios es el horizonte, el combate de la vida no se suaviza, sino que se radicaliza. Aprendemos de Jesús a vivirlo según la verdad, la libertad, según Dios. Pero esto, que purifica a la vida de la muerte que trae el pecado, no quita el sufrimiento. Lo vemos en Jeremías, que sin una palabra consiente en el sufrimiento que conlleva la misión que ha recibido de Dios, y lo vemos en el anuncio de Jesús, que nos anuncia, a los que queremos seguirle en la vida, en la misión, que el enfrentamiento ya no será solo entre nosotros, sino que el enfrentamiento será por causa de Jesús: su persona, su señorío, ha venido a traer división. Y es que escoger a Dios en medio de nuestro mundo no solo es motivo de conflicto, sino que viene a ser la fuente principal, más honda de conflicto. Frente al conflicto de orden natural, en el que yo quiero ser dios, está el conflicto según Jesús, por el cual nos revelamos e intentamos destruir el señorío, la obediencia y la presencia de Dios entre nosotros. Así, Dios que se ha hecho presente entre nosotros, se revela como la verdadera fuente del conflicto.

La lectura de Hebreos nos ofrece el modo como hemos de afrontar el mal y los conflictos en adelante, a partir de la misión de Jesús, de su redención que ha vencido el mal, el pecado y la muerte. La vida de Jesús evidencia que estamos dominados por el mal y no podemos hacerle frente. Su entrega en manos de pecadores, su combate frente al mal termina con la victoria de Dios sobre todo mal y toda muerte. Por eso, en adelante, nuestro combate contra el mal hemos de vivirlo en Jesús. Como dice el autor de Hebreos, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retiramos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús Solo él, que nos ha abierto el camino hacia el Padre, ha vencido al mal. Nosotros nos enfrentamos al mal en él, y no desde nosotros mismos.

Como decía al principio, hemos de saber qué combate hemos de combatir y el modo como hemos de enfrentarlo. Hay batallas en las que no hay que meterse, porque no toca, y en las batallas que nos tocan hemos de implicarnos, haciéndolo al modo de Jesús. Esto significa que no hemos de enfrentarnos solas, sino con Jesús.

El vídeo que dejo a continuación es un ejemplo de todo lo que no hemos de hacer. Esta chica ha afrontado el mal por sí misma, para aprender algo que seguramente ya intuía, y que ahora conoce con mucha más claridad: que el mundo se ensaña contra el que se presenta débil y vulnerable, y que nuestra vulnerabilidad solo puede enfrentarse al mal amparada en Jesús, y no con las propias fuerzas. Que la vida ya tiene de por sí dureza como para ir a buscarse daños gratuitos. Que cuando, como Jesús, tengas que padecer el mal, sea por ti o por otros, será unido a él, para que el mal no te mate.

En la vida hay enfrentamientos, hay muchas cosas por las que es preciso luchar, enfrentarse. Ahora bien, nosotros no podemos combatir con éxito ni acierto si no es al modo de Jesús, por lo que él ha luchado y al modo como él lo ha hecho. Por eso, en adelante, cuando tengamos que combatir, entrar en conflictos, luchar contra el mal o los males… que sea el Espíritu de Jesús el que nos guíe. Por él, podemos padecer las múltiples batallas de la vida sin matar y sin morir.

Imagen: Richard Lee, Unsplash

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