«Una luz les brilló»

Lectura del libro de Isaías (8,23b–9,3)

Sal 26,1.4.13-14

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,10-13.17)

Lectura del santo evangelio según san Mateo (4,12-23)

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Puedes descargarte el audio aquí.

Los humanos, en nuestro modo de expresarnos, hacemos muchas referencias a la luz: “me has dado luz”, “he tenido una iluminación/luz”, “necesito luz”, “una luz me guía”, o le decimos a alguien, como el mejor piropo: “tienes luz”… Todas estas expresiones hablan de la necesidad que los humanos tenemos de una luz para vivir, y la experiencia de que esta luz no está en nosotros, sino que viene de fuera. También se nos revela, ya a este nivel, que cuanto más plena sea esa luz que viene de fuera, más plena y profundamente reflejaremos la luz.

Las lecturas de este día insisten en que esta luz se anuncia a los pueblos, que habitaban en tierra y sombras de muerte, y ahora, en medio de esta oscuridad, una luz les brilló. Como pueblo necesitamos luz, como personas necesitamos luz.

Si te parece, escribiremos juntos un listado de las situaciones, personales, sociales, eclesiales en las que los humanos necesitamos luz. Yo voy a escribir algunas de las mías.

Necesito luz para saber cómo amar a tantos pobres que me encuentro, necesito luz para conducirme con mi familia, necesito luz para entregarme en ciertas encrucijadas de mi hoy, para las relaciones importantes y para conocer cuáles deberían serlo; luz para saber qué quiere Dios de mí, y luz para saber a qué llama a cada una de las personas con las que camino; luz para saber qué decir y qué no, cuándo estar y cuándo retirarme, cuándo implicarme hasta el fondo o qué cosas soltar para siempre; luz para saber cómo usar los bienes que he recibido, para ponerlos en juego cuando toca y saber también cuándo y cómo y cuáles he de disfrutar; luz para saber lo que tengo que saber, luz para aceptar con paciencia lo que no tengo que saber; luz para discernir el signo de nuestro panorama político, luz que dé esperanza en medio de los graves problemas en relación a los refugiados, a los inmigrantes, a los niños que padecen abusos, a los niños que no tienen una vida de niños; necesito luz para saber cuál ha de ser mi relación con el planeta, qué cuidar, qué luchar, a qué renunciar; deseo luz que me muestre cómo se vive la tensión entre tu pobreza y tanto dolor, entre tu riqueza y tanta pobreza; luz para saber cuándo mi oración es oscura y cuándo la empaño yo; luz para discernir dónde poner el corazón, cómo amar al modo de Jesús… luz, reflejar tu Luz.

No sé si las has escrito. A mí, a medida que las escribía, me iban apareciendo más. A medida que las escribía, se me hacía claro que, cuando tengo esa luz, la vida se me ilumina. Y cuando no la tengo por el motivo que sea, la vida se hace oscura, penosa en mayor o menor grado. Por eso, entiendo bien, por la experiencia de haber recibido esa luz y por la experiencia de falta de ella, esa dicha incontenible con que los que vivían a oscuras, celebran su presencia: Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Y es que la luz nos llena de alegría, nos transmite su claridad, nos ilumina y nos permite descubrir la verdad y la belleza. Cuando brilla el sol después del largo invierno, o cuando el día hace desaparecer las sombras que nos invadieron durante la noche. Cuando ves destellar el sol en medio del bosque sombrío, o cuando la luz te deja ver claro lo que está sucio o te permite buscar lo que no encuentras, cuando te deja reconocer el verdadero color o el verdadero estado de una cosa. Cuando la luz, al imponerse suave y discretamente, sin violencia, sin ruido, destierra las sombras y lo llena todo con su claridad.

Así como hace en lo físico, hace también la luz en los afectos, en el espíritu. Por eso el evangelio de Juan nos decía el día de Navidad, en el Prólogo, que Dios es Luz, que esa luz, viniendo a nuestro mundo, ilumina y destruye las tinieblas. Tan tenue, tan poderosa, a medida que habita las cosas las transforma enteramente. Necesitamos de la luz para todo, como necesitamos de Dios para todo….

La luz de Dios, que nos ha creado, y todas esas “luces” que nos iluminan un momento de la vida, o nos iluminan en este aspecto parcial, en esta relación concreta, en tal cosa del día a día, las recibimos con gozo, tanto mayor cuanto más fuerte haya sido la experiencia de oscuridad. Aunque nos cueste reconocerlo, cuando llevamos un tramo de vida recorrido empezamos a tomar conciencia de que esto de la oscuridad forma parte de nuestra vida. Que por nosotros mismos no tenemos luz, al contrario: la oscuridad cubre grandes zonas de mi vida, y aunque me he acostumbrado a ello y no lo veo, tengo la sospecha de que hay oscuridad: cuando soy insensible ante dolores objetivamente grandes; cuando reconozco mi mirada desajustada, incoherente, desleal a la hora de usar las cosas que tengo, a la hora de mirar a los otros, en mi modo de estar en el mundo. Si lo vivo a fondo, buscando luz, pidiéndosela al que es la Luz, saltaré de alegría como aquellos que, después de habitar una vida y una tierra de sombras, han conocido la luz. No hace falta que la luz lo ilumine todo, y para siempre. Si has visto la luz, aunque sea brillando a lo lejos, ya sabes hacia dónde encaminarte. Ni te cuento si es una luz poderosa que lo atraviesa todo y vence la oscuridad.

Y he aquí que la Luz de Dios ha venido a habitar entre nosotros. Vino un día, hace más de dos mil años, y se quedó con nosotros. Ahora, la luz está entre nosotros. Se trata de pedirla, de confiar en que vendrá, aunque a veces tarde por motivos que tienen que ver con nuestro crecimiento, con nuestro bien. Se trata, como dice el evangelio de hoy, de convertirse.

Porque la Luz ha venido a habitar entre nosotros. Ya está. Y nosotros, viendo que no vemos, hemos de orientarnos en dirección a la Luz. Convertirse es esto: dejar de estar orientada en dirección a tu yo y salir de ti en dirección a Dios, a los otros, a la vida en la que Dios habita. Para cambiar de centro hace falta primero reconocer que no ves. Por eso dejas tu vida, esa vida en la que hay tanta oscuridad, y te orientas a Dios, que la iluminará y te mostrará qué es muerte, qué es posibilidad, qué es promesa; qué es importante y qué es secundario.

Porque nosotros no vemos. El texto de la segunda lectura nos lo dice con claridad: ahí están los corintios, una comunidad floreciente que ha recibido tantos dones de Dios, y andan discutiendo por “fidelidades” que han perdido el norte, puesto que, ni Cristo está dividido, ni se puede poner a Cristo y a Pablo al mismo nivel, ni se pueden dividir los hermanos de la comunidad por motivo de dichas “fidelidades” aparentes. La luz que les da Pablo aquí, y que es luz de Dios: no hacer ineficaz la cruz de Cristo. Necesitamos discernimiento para reconocer la luz cuando se nos muestre, y seguirla, dejando todas las demás luces que, en medio de la vida, coexisten con ella y no son la Luz.

De luz también nos habla ese Inmediatamente[1] dejaron la barca y a su padre y lo siguieron con que Mateo precisa cuál fue la reacción de Pedro y Andrés, de Santiago y Juan al encontrarse con Jesús. No dejas lo bueno más que si encuentras algo mejor. No dejas lo que te iluminaba la vida más que si descubren, en su interior, que este Jesús con el que acaban de encontrarse era lo que desde siempre habían anhelado para vivir. Ese inmediatamente no se refiere a una prontitud física, extraña tantas veces a nuestras reacciones humanas, sino a la inmediatez con que su interior se iluminó al encuentro con Jesús.

[1] Lo aclaro porque este inmediatamente nos suele dar problemas… en el contexto de la luz, quizá se hace más claro. Uno ve inmediatamente eso que le deslumbra, e inmediatamente se coloca en su lugar todo lo demás. Luego, hará falta tiempo para procesar la experiencia. Pero cuando la luz ilumina, inmediatamente sabes, ves.

Y cuando encontremos la Luz, dejando todo lo demás –discordias, significados, razones, proyectos, amores-, nos entregamos a ella. Porque de la Luz recibe su sentido todo lo demás.

Por ella, viviremos en la Luz.

¿Cómo te suena todo esto? ¿Se hace luz en ti al escucharlo?

Imagen: Joe Jansen, Unsplash

2 comentarios en “«Una luz les brilló»”

  1. María Jesús Valladares

    Qué buena reflexión. Me ha encantado y seguro que me vendrá muy bien releerla una y otra vez. Gracias. Un abrazo

    1. Qué alegría, María Jesús. Eso queremos, verdad? Encontrar cosas que nos ayuden a vivir, para seguir aprendiendo y hacerlo cada día mejor.

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