Viernes Santo 2020

En este día traemos al presente la Pasión y la Muerte de Jesús por nosotros. Esa pasión y muerte que sucedieron, realmente, hace tantos años. ¿Qué queremos decir con esto? Los que tenemos fe podemos conocer que hay una realidad que no se capta con los sentidos pero se percibe como mucho más real que ellos, que nos dice que este hombre, Jesús, vino a nuestro mundo, vivió en él como Hijo de Dios una vida marcada por el amor a todos (del único modo que el amor puede ser, entregándose), y esa vida total de Amor culminó en la entrega de su propia vida. Esto es tan importante para nosotros que, una vez al año, en la fecha en que calculamos que esto sucedió, detenemos la vida para que aquello que cambió el curso de nuestras vidas y de la historia del mundo (el que solo lo vea la fe, el que lo vea tanto más quien más fe tiene no lo hace inválido para el resto del mundo), se vaya haciendo, por la contemplación de este año (hoy) y por las “horas santas” que se darán a lo largo de nuestro año y de nuestra vida, referencia de todo aquello que está tan presente en este día y en nuestra vida.

En este año coincide además que la “Hora Santa” que conmemoramos hoy nos encuentra, como sociedad, como planeta, implicados en un problema que, si bien intentamos enfrentar con nuestros recursos de todo tipo, con nuestra ayuda solidaria, con nuestra oración, quedándonos en casa o aplaudiendo a los que salen a pelear… nos recuerda que la cruz aparece como referente al que, cuando todo lo demás falla, te puedes (y debes, si quieres vivir en verdad) orientar.

Que nos paramos, que procuramos parar la vida para contemplar esto enorme que sucedió una vez y transformó, invisiblemente, el sentido y la percepción que los creyentes tenemos de la vida. La fe nos permite ver que Jesús es el Centro de todo, y nos paramos para ir captando, ir viviendo, ir haciendo carne de nuestra carne esta Vida que –la fe lo sabe- nos ha traído la vida: a nosotros, y al mundo.

Y entonces entendemos por qué nos paramos. Quizá haya habido muchas “Semanas Santas” en las que esto solo era un nombre. Quizá esta misma Semana Santa lo vaya a ser también. Pero cuando, viniendo a nuestro dolor y al de tantas y tantos hombres y mujeres de nuestro mundo (no solo por el coronavirus, sino por tantos males y tantos dolores como se padecen en nuestro mundo), lo encontramos en la cruz. Paradójicamente, si nos acercamos con fe, experimentamos en ella un consuelo que en ningún otro lugar se experimenta. Así es como descubrimos, en el tiempo de Semana Santa o, más probablemente, en cualquier otra época del año, que Jesús ha asumido todo el dolor del mundo, todo el mal y toda muerte, por nosotros, y que este por nosotros, que significa tantas cosas, resulta ser respuesta (para el que tiene fe, para el que teniéndola no se resiste a mirar, para quien se abre en su dolor) a todo ese mal de nuestro mundo.

Aquí te dejo los textos de la Eucaristía de hoy.

Y aquí puedes descargarte el vídeo.

Por nosotros quiere decir en nuestro favor: Jesús se enfrenta al mal por nosotros para que nosotros, padeciéndolo, resultemos, no obstante, protegidos ante él. Que no nos mate, porque el mal, el sufrimiento, la muerte… el pecado en definitiva, matan.

Por nosotros quiere decir en nuestro lugar: aquí entendemos, más que nunca, que Jesús se ha hecho uno de tantos y nos ha mostrado cómo se vive la vida, esa vida humana que era la nuestra y él ha hecho suya. Aquí entendemos de qué modo hay que enfrentarse al mal. Aquí se hace claro, a medida que se te da contemplarlo, que es en Jesús como las personas nos enfrentamos al mal. Jesús se enfrenta porque nosotros no podíamos, y ahora, no solo se nos hace claro, en esta batalla cuerpo a cuerpo con el mal, por qué no podíamos, sino que se nos hace claro también que solo podemos en él (por él, en él, unidos a él).

Por nosotros significa que el amor de este hombre que se entrega en nuestro lugar es el Hecho definitivo, absoluto, central de la historia, desde el cual, como en un “agujero blanco” que expande Vida en todas direcciones, brota toda la vida y toda la salvación para la humanidad toda y para cada uno de los seres humanos. Y los creyentes, en nada mejores que los demás, hemos sido llamarnos para hacernos transmisores de esta buena noticia en medio de nuestro mundo.

Por nosotros significa que en la contemplación de lo que el evangelio nos relata encontramos las claves para vivir con Dios y con los demás a la luz de esta vida del Hijo que se ha revelado como Centro de todo…

Como ayer, vamos a contemplar la pasión de Jesús a partir del texto del evangelio que hoy nos propone la liturgia. Como es tan largo, voy a dar unas pinceladas que os ayuden a rezar en el tiempo que tenéis reservado para ello. Aunque solo daré unas claves, lo haré de modo que os ayude a continuar rezando, a mirar lo demás.

Lo que leemos en este día como nuestra carta de identidad, aquella a la que nos orientamos y queremos vivir, es la pasión de Jesús que se relata en el evangelio de Juan. La vamos a leer en clave creyente (no es posible otro modo porque ha sido escrita para creyentes), y la vamos a leer en clave humana (porque lo que se propone aquí es para nosotros, los seres humanos). Por eso aparece como nuestro referente, nuestro manifiesto, nuestra carta de identidad: porque en la pasión de Jesús y en su muerte se encuentra todo lo que estamos llamados a vivir en relación al mal, al dolor y a la muerte, como en la resurrección se encuentra toda la vida que Dios quiere regalarnos si vamos por el camino del Hijo.

Vamos a leer por tanto la pasión en esta clave. Como digo, solo me fijo en algunas cosas, y luego cada cual que rece con el texto completo, que a la luz de estos comentarios se iluminará en la misma clave.

¿Por qué lo leemos una y otra vez? (y ojalá no fuera de año en año, sino muchas veces en la vida)… porque a medida que lo contemplas, se te abre más y más vida.

En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón…Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscáis?»

Ante la amenaza, Jesús no reacciona retrayéndose, sino que se enfrenta a lo que le viene y lo asume con la adultez de su persona y con el amor de quien, a través de estos hechos que suceden, responde al Padre. El texto seguirá diciendo la fuerza que tiene esa integridad de Jesús en la que se amasan su fe y su humanidad, frente a la debilidad del grupo que viene a dañarlo que se expresa en retrocedieron y cayeron a tierra ante la potencia de lo que Jesús es y representa. Se ve también la fuerza de Jesús en que esa entrega suya no pacta, no entrega a los discípulos, por quienes concretamente se cuida, sin olvidarse de ellos sino protegiéndolos hasta el final.

De la traición de Judas, que viene en el grupo, no vamos a hablar. Es lo nuestro, que Jesús abraza. De la reacción violenta de Pedro, tampoco. Es lo nuestro también. Si nos fijamos en la respuesta de Jesús a Pedro, que nos indica desde dónde se mueve: «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».

Jesús no nos habla aquí de no violencia o de cualquier otro motivo ético. Tampoco es que renuncie a la defensa de Pedro por un “más difícil todavía”. Dice no porque está en “otra galaxia”, se mueve desde otras claves: dice no porque, en esta realidad que le rodea y que abraza enteramente, está diciendo sí al Padre. Está diciendo sí, él que ha vivido en presencia del Padre, está diciendo sí a todo lo que le viene del Padre, sea vida o sea muerte. Dice que sí al Padre, a quien ha amado y obedecido en todo instante, en este momento en que las tinieblas se ciernen sobre él y dejará de percibirlo. Jesús, también en este momento de oscuridad, dice sí al Padre.

En todo esto estamos viendo a un hombre que representa otro modo de vivir. El modo de ser humano que Dios quiere. El modo de ser humano que Dios es.

Un poco más adelante, el sumo sacerdote interroga a Jesús sobre sus discípulos y sobre la doctrina que ha enseñado en estos tres años. La respuesta que sería de esperar en alguien como nosotros, dominado por el miedo a la muerte, sería una respuesta clara, o mentirosa, siempre atenta a defender la propia vida, se vive como lo único que importa. Mira, en cambio, cuál es la respuesta de Jesús: «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo.» Jesús responde como quien sabe, como escuchábamos ayer, que viene de Dios. Como quien, a través de lo que sucede, responde a Dios en todo. Por eso su respuesta no es la del que quiere defender su vida (ya está Dios para decir qué quiere de ella), ni la del que quiere justificar su causa (eso lo hará Dios, y lo hará del modo que decida), ni la del que pretende que los interlocutores le entiendan (como si viviera en la ilusión de que no están contra él). Aquí brilla la libertad de Jesús (tanto que deslumbra y puede que no la veamos), pero es su obediencia al Padre, aunque no se vea, la que resulta luminosa sobre todo.

Lo mismo cuando reacciona a uno de los guardias: Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaban allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al sumo sacerdote?» Jesús respondió: «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?». Incluso en este momento, Jesús reacciona con libertad y (una palabra que nunca usamos, porque no se ve actuar así en una situación en que todo hace por abajarte) señorío, como quien se enfrenta aquí a una realidad mucho mayor que la del juicio. Asimismo, Jesús habla con la misma libertad y la misma actitud al sumo sacerdote y al guardia. Señal de que aquí, como siempre, él no mira a las apariencias, al lugar que social o religiosamente ocupa cada uno, sino a la verdad de las cosas. Esa que solo él ve porque solo él se sitúa en la verdad, y se sitúa ante el Padre, que es la verdad.

A la vez que vemos el modo como Jesús se sitúa ante la muerte, el modo como responde al poder religioso y a todo lo que se mueve en torno a él, el relato de Juan nos ofrece otras actitudes que se presentan como contraste: la del sumo sacerdote y el guardia, que ya hemos visto; la de Pedro, uno de los suyos, y la mirada de los que asisten como comparsas a esta escena (la criada y los que están en el patio) por otro lado. Así queda retratada nuestra humanidad, en lo que da de sí, en contraste con la humanidad de Jesús, en todo lo que está llamada a ser.

Después llegamos a la escena en que es el poder político, que va a quedar evidenciado, en esta luz deslumbrante que el evangelio ilumina, en su profunda oscuridad. Como antes el poder religioso, el poder político representado por Pilato manifiesta la limitación radical del poder, de la que no somos conscientes,   no ya para reconocer la humanidad salvadora de Jesús cuando la tiene delante, sino su incapacidad de ser justo en la situación que se plantea: porque está sometido a las presiones y amenazas de los judíos, y sometido también por su propia oscuridad personal que le impide situarse del lado de la verdad. Observa el contraste entre este rey cuyo reino no es de este mundo y este “gobernante” que mantiene, incluso así presionado, la ilusión de su poder (“¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?). El contraste entre este hombre dividido interna y externamente como nos lo muestra la escena: zarandeado entre el “dentro” del pretorio y el “fuera” donde oye la malevolencia de los judíos, y la integridad de Jesús, unificación que al hablar del Padre habla de sí mismo, y al referir quién es, señala a Yahvé. La alianza entre el hombre que no encuentra culpa alguna en este hombre y los enemigos que lo quieren crucificar porque ha contrariado la ley, y tanto lo odian que llegan a empeñarse en su muerte a pesar de que No estamos autorizados para dar muerte a nadie.

A medida que avanza el relato, nuestra humanidad queda retratada en los poderosos como en los de “a pie”. A medida que avanza el relato Jesús, entregándose al Padre en todas y cada una de las circunstancias, nos va mostrando su humanidad entrañablemente unida a la voluntad, al deseo, al amor del Padre.

También los soldados, que en vez de ver al hombre ven su túnica y se la reparten, se revelan como buitres, como carroña que tiene ojos para ver la muerte, y no en cambio la vida. Jesús seguirá consintiendo en todo.

Y llega entonces un momento de la pasión que tiene otro signo: Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Aquí, decíamos, el relato de la pasión cambia de signo: María, la madre de Jesús, la única que padece el dolor de Jesús al modo de Jesús, sin negarse y sin resistirse a ese sufrimiento sin igual de la muerte de su Hijo, acoge aquí lo que Jesús le llama a vivir, como ve que Jesús hace con el Padre. María acoge la muerte en la muerte de su Hijo, y consiente en lo que el Hijo le pide. Nos abre así un camino: nosotros, criaturas, con la mirada clavada en la cruz como está María a los pies de Jesús, estamos llamados a acoger lo que nos viene del Padre, lo que sucede en la historia, respondiendo así al Padre. Respondiendo así a lo que el Padre nos da: algo que es en sí mismo mal, dolor, pecado, muerte, y que a través de nuestro consentimiento-unido a Jesús, se va a transformar en vida.

Aquí aprendemos también que ni siquiera en el corazón de las tinieblas es todo muerte. Siempre, siempre está Dios.

María consiente, y abre el camino al consentimiento de Juan, y al nuestro. ¿Percibes que en ellos se muestra otro modo de humanidad distinto del que conocemos? No es que algunos “se porten bien”, mientras que los otros “se portan mal”. Es otro modo de humanidad el de Jesús y el de María, anclado en el amor del Padre.

Sobrecogedora es también la sed de Jesús: Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: «Tengo sed.»

Esta sed de nosotros, esta sed de darnos su agua abundante, manantial que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 14); de lo más profundo de todo aquel que crea en mí, brotarán ríos de agua viva (Jn 7, 39). Esa sed de Jesús sigue manando en nuestro favor, por nosotros, también en su último aliento. Jesús, a lo largo de toda su vida y definitivamente en esta última hora, nos ha dado su agua viva y ha seguido, y sigue, teniendo sed de nuestra salvación. Contempla ese intercambio misterioso entre la abundancia de su agua y la sed que sigue padeciendo Jesús hasta el final, símbolo de este intercambio misterioso que también Pablo, que vive de la muerte y la resurrección de Jesús, va a experimentar: porque en nosotros actúa la muerte y en vosotros, en cambio, la vida (2Cor 4, 12).

Y bebe el vinagre que le ofrecen. Ese vinagre que simboliza su acogida de nuestro mal, en el que consiente y que le lleva a la muerte, nuestro pecado que le lleva a la muerte, culmina con una palabra salvadora: Está cumplido. El terrible via crucis de su pasión, en el que ha padecido y acogido todas las formas del sufrimiento humano con que hemos querido herirlo, ha despertado en Jesús una respuesta nueva, la del Hombre nuevo que ha habitado entre nosotros y que aquí toma su plena dimensión. Está cumplido todo lo que Jesús ha respondido a las acometidas del mal que buscan, de todos modos, destruirlo.

Este que acabamos de ver es el modo de enfrentar al mal que se nos ofrece para vivir. Un modo que no podemos sostener nosotros solos, pero que se ha realizado en Jesús, a quien podemos acogernos en adelante. Ahora, para siempre, podemos afrontar el mal por la fe en él.

Algo muy valioso para contemplar en este día: ver cómo se enfrenta Jesús al sufrimiento. De su dolor hemos visto en el relato solamente lo visible: el sufrimiento físico y esos otros dolores que también conocemos -en menor medida porque no los recibimos despojados, los seres humanos- los seres humanos: el abandono, la traición, el desprecio, la burla, la soledad, la injusticia, el deseo de venganza, el poder ejercido ciega y venalmente… Aún hay más: Jesús está cargando sobre sí todo el pecado del mundo, EL MAL que le llevará a la muerte, y el pecado que es rotundamente “lo otro” que él. En todo ello, está ACOGIENDO, está ABRAZÁNDOLO TODO. Por esta razón, Jesús nos enseña, en este relato de la pasión, qué es amar hasta el extremo y cómo se acoge el mal que tantas formas toma en nuestra vida. Se nos enseña a  responder a lo esencial de la vida, que en adelante se vive unidas a Jesús.

Quizá te preguntes por qué no hablo del coronavirus. El coronavirus, en este escenario, equivale a alguna, a cualquiera de esas situaciones de mal que recorre Jesús en su itinerario hacia la muerte. El coronavirus es una situación que nos toca vivir, en la que nos toca dar una respuesta personal en favor de nuestra sociedad, de nuestro mundo, y que se enfrenta así, como hemos visto en Jesús: no absolutizando –en este caso- el virus, o nuestro miedo, nuestros múltiples miedos o incapacidades o rebeldías o temores o anticipaciones –pecado, en cualquier caso-, sino poniendo en el centro al Padre, nuestro interlocutor en este diálogo que tiene por escenario el mundo que es suyo, para responder al Padre unidxs a Jesús, el Hijo, que ha vencido al mundo. Él nos ha mostrado qué es amar hasta el extremo. Hasta dar la vida. Estamos ahora con él, esperando en el Padre. En este hecho absoluto de su Pasión, Muerte y Resurrección, que nos ilumina sobre las realidades todas de nuestro mundo.

Creo que con estas claves tú misma, tú mismo puedes responder a lo que en estas circunstancias se te plantea en clave de mal, dolor y muerte. En clave de fe en Jesús, que ha vencido todo mal y toda muerte.

Imagen: Vladimir Soares, Unsplash

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