Vivir a muerte

Comenzamos una serie nueva en «Aprendiendo a vivir», después de haber recorrido el evangelio de Marcos. Esta serie se fijará, en primer lugar, en el c. 4 del evangelio de Juan y después nos detendremos en otros textos del evangelio que igualmente son ejemplo de este vivir al que nos lleva Jesús.

Aquí en Occidente vivimos una vida que parece bastarse a sí misma. Parece que es así, porque en ella se nos dan respuestas para todo: tenemos respuestas para las enfermedades como para las heridas de amor, respuestas acerca de cómo situarte si no tienes amigos, opiniones para todos los gustos, declaraciones de todos los colores…y si de algo no la encuentras, puedes ir a Internet a buscar la respuesta y encontrarás miles, para todos los gustos, de todos los colores, de todas los sabores. Sin embargo, cuando nos ponemos a vivir, qué poca claridad, qué pocas respuestas. Hay muchas ideas si se trata de opinar, de enarbolar argumentos, de esgrimir teorías. Pocas, cuando se trata de apostar la propia vida, de vivir y –cuando toque, si toca- morir por las cosas que importan, que importan de verdad.

Es verdad que el discurso oficial de nuestra sociedad dice que nadie se compromete por nadie, que la realidad es líquida y que como han caído los grandes relatos no tenemos sino nuestras pequeñas vidas y las vamos llenando de naderías, de fruslerías, de nadas, porque nada importa más que nada, y así se nos pasa la vida, porque «no hay nada más».

Es posible que haya quienes viven así, y no echan nada de menos. Es posible. Tiene mucha fuerza el discurso social, mediático, económico, político que nos gastamos, y seguro que influye, y que nos vale, incluso, durante un tiempo.

Pero yo no me lo creo. Y sé que hay personas que no se lo creen. Creo que hay personas que buscan más, que se preguntan, y no les vale tirar por un camino o por otro, apostar a un caballo o a otro, a una tendencia o a otra. No les vale porque algo les dice por dentro que no va de eso; no les vale porque intuyen que no merece la pena: no dejas un sistema para meterte en otro que al final, te va a esclavizar igual. Ya dijo Jesús que no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre (Mc 2, 27). ¿Que qué quería decir con eso? Que la persona está por encima de todo lo creado, de todo lo que existe. Que por encima de ella sólo está Dios, y que por eso, ella se somete sólo a Dios. Y todo lo demás, está por debajo.

Si vivimos esto como una teoría, aunque suene prometedor, pasará a formar parte, sin más, de nuestro acervo cultural, o familiar o religioso, y allí quedará, ocupando un lugar, como tantas cosas que tienes, que usas, que compraste porque un día te atrajeron y ahora siguen en tu vida ocupando tiempo y espacio. Si empiezas a vivir esto, a vivir, esto es, a comprometer tu vida, empezará a tener sabor, color, dimensiones… y las tendrá, sobre todo, en tu corazón. Empezarás a darle a esta verdad corazón, tiempo y vida. Matarás otras cosas para que esa verdad tenga vida, y te sentirás viva cuando hayas acertado con ese “gusto a vida”, y te sentirás mal –aunque mal de otro modo, no de aquel viejo que sabe a muerte- cuando no te atrevas a escoger la vida.

Ya ves lo que pasa cuando das este paso adelante. Cuando decides dejar las ideas, que después de tantos años te han demostrado que sólo ocupan sitio en tu armario, en tu desván, quizá en la casa entera que eres tú misma –tu cuerpo, tus emociones, tu espíritu, toda tu persona-, y te pones a vivir de lo que de verdad te importa. De eso que llevas en las entrañas, de eso que aparece y reaparece a pesar de que no lo escuchas, lo desoyes, lo temes… de eso que incluso has intentado apagar porque no parece posible encontrarle un sitio en la vida, en tu vida.

Cuando das ese paso adelante sientes que a tu vida la puedes llamar, de verdad, tuya. Tuya porque apuestas por ella, tuya porque te implicas en ella, tuya porque quieres probar a vivirla desde las certezas, pocas o muchas, que tienes. Y digo que eso sabe a vida porque las sacas del armario de las ideas y las echas a rodar, a ver si efectivamente te devuelven vida.

¿Qué tal si lo concretamos? Pongamos que eres una persona que tiene mucho miedo a decir lo que piensas y tienes, a la vez, un anhelo grande de libertad en tu armario, en tu interior, en tu corazón. Sabes, aunque no lo digas, que ese anhelo de libertad no es gran cosa mientras ahí fuera, en la vida, te callas cada vez que tienes ocasión de decir lo tuyo, que no será muy grande, pero es tu verdadera aportación, la tuya. Supongamos que decides dejar de sentirte mal cada vez que pasa esto, supongamos que decides cortar el nudo y resolver el conflicto: o sigues siendo para siempre una mosquita muerta que no se atreve a decir lo que piensa, o te atreves a dejar que te impulse ese anhelo que te llena tanto. Si gana lo primero, saca la libertad del armario, y reconoce que eso tan bueno no es para ti. Si gana lo segundo, aunque sea sólo en un modo muy pequeño, ya has empezado a saber a qué sabe la libertad cuando no es pensada, sino vivida. Ya podrás empezar a decirle al miedo de ser tú que tendrá que buscarse otra casa… o irse al abismo (Lc 8, 33).

Por este camino vamos pasando de las ideas a la vida. Y cuando dejamos las ideas y empezamos a vivir, la vida empieza a tener sabor, y empieza a darse una misteriosa alquimia entre la vida y tú, entre tú y la vida. La vida ha dejado de ser aquello de John Lennon –la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes– y empieza a ser un cara a cara con aquello que te sucede, porque te reconoces con fuerzas, capacidades, recursos, imaginación y voluntad para afrontar lo que se va dando. Te reconoces también con limitaciones, impotencias, temores y con la honestidad de reconocerlos y saber qué hacer entonces. Ya no se trata de que seas tú quien lleva la batuta, como creíste al principio. Tampoco se trata de que intentes ignorar lo que temes, como descubriste después que en realidad sucedía. Tampoco tienes necesidad de inventarte una existencia paralela, dado lo poco que te agrada la tuya. Has aprendido quién eres y que vivir va de afrontar la vida con los recursos reales de que dispones.

Pero esto solo pasa cuando decides empezar a vivir. Cuando abres el armario y tiras las ideas que no sirven porque no te valen para este viaje. Porque este viaje requiere ir ligero de equipaje, y para no perderse en el camino, no puede faltar lo esencial.

Decía antes, casi al principio, que para esta búsqueda tienes que tirar las ideas que sobran, por bellas que sean. Y plantarte bien firme en las que te sostienen. Entre las certezas que sostienen todas las demás–si has llegado aquí, sabes que en el subtítulo dice “Nuevo Testamento”, y por poco que sepas de estas cosas, eso parece sonar a fe, a espiritualidad, a cristianismo- está una muy particular. Muy particular, porque no es una idea más o menos cuestionable, sino una persona: Jesús de Nazaret. Muy particular, porque en rigor, no se puede discutir: no se puede discutir, porque la fe supera lo que la razón puede entender. Esto quiere decir que o crees, o no crees. Si crees, sabes que Jesús de Nazaret no es sólo alguien grande, alguien admirable y muchas cosas más. Si tienes fe, sabes que Jesús de Nazaret supone un tal impacto en la persona que se encuentra con él, que la vida cambia de apoyatura. Te apoyabas donde te apoyaras, y cuando se da ese encuentro, sabes, aunque aún pase mucho tiempo hasta que llegues a vivirlo, que la vida se apoya en él, al modo de aquello de Arquímedes: Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo.

La vida se apoya en Jesús, porque él ha vivido nuestra vida y nos enseña cómo vivirla, más aún, está con nosotros en ese vivir. La vida se apoya en Jesús, porque la fe te muestra que todo en la vida viene de Dios y vuelve a él. Esta es la certeza fundamental de la fe cristiana, y aquí va a salir por todas partes. Aunque intentaremos que veas que esto es así, se da la paradoja de que sólo lo puede ver el que tiene fe, y por tanto, si estás leyendo esta entrada, pueden pasarte varias cosas:

Que tengas fe y te parezca discutible, sin embargo, la centralidad de Jesús – en cuyo caso, tu fe es una idea

Que tengas fe y barruntes, o incluso vivas en la medida que sea, lo que estamos diciendo

Que no tengas fe pero sospeches que esto tiene mucho sentido –en este caso, el Espíritu de Jesús está empujando tu puerta

Que no tengas fe y esto no te diga nada –entonces, debería ser la última vez que leas este blog.

Aquí vamos a hablar de cómo se despliega la vida humana y de que este despliegue no culmina en autodespliegue, sino que, haciéndonos profundamente nosotros mismos, culmina más allá de nosotros: hacia lo profundo, en la relación con Jesús de Nazaret; y hacia la vida, en la apertura hacia las personas, los acontecimientos… la vida.

Por si quieres pararte un poco con esto…

¿Qué cosas te importan de verdad? No hagas un listado, en plan “declaración de intenciones”. Más bien, vuelve a tu interior y rastrea en los deseos, en la insatisfacción, en lo que te dinamiza y en lo que no logra sacarte de la cama. Date tiempo y descubre qué hay en ti. O qué prisas, miedos, excusas impiden que te des ese tiempo y que vivas la vida que quieres vivir.  Yo no sé. Tú sí sabes, y harás esto si crees que te puede ayudar, si te importa. Y será muy bueno que te importe.

De las cuatro situaciones en relación a la fe que hemos señalado arriba, ¿dónde te ves? Eso que vives, ¿tiene sabor a vida, o no sabe a nada?

También puedes buscar cosas pequeñas, en tu día a día, que sepan a vida. Descubre cuáles son, y después, qué dicen de ti y de quién eres.

No sé si te has dado cuenta, y por si acaso, lo aclaro. En los post siguientes vamos a hablar de vivir, de desplegarnos según lo que somos, de los obstáculos que encontramos para ello y sobre todo, de que Jesús de Nazaret tiene sobre nuestra vida la palabra que salva, la palabra que te nombra, la palabra que te lleva más allá de ti con un mensaje que te llena la vida.

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