Vivir desde el Sí que somos

No hagáis el bien para que os vean los hombres, porque entonces vuestro Padre celestial no os recompensará. Por eso, cuando des limosna, no vayas pregonándolo, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para que los alaben los hombres. Os aseguro que ya han recibido su recompensa. Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.

(la parte que corresponde a la oración y al ayuno, que completan este fragmento de Mt 6, 1-8.16-18, no la copio pero me referiré a ambos igualmente).

Qué humano, decimos, es esto de hacer cosas para que nos vean los demás. Para que me reconozcan, para que me valoren o se admiren incluso, para que lo tengan en cuenta más adelante… y si esta motivación nos impulsa en relación a los humanos, tendremos que sospechar que nos está influyendo en relación a Dios.

Solemos oír contar de personas a las que, cuando les ha pasado algo grave, una enfermedad o que se separe un hijo o cualquier otra cosa dolorosa, se han rebelado contra Dios diciéndole algo así como “yo había cumplido mi parte del trato (obedeciéndote, dando limosna o rezando), y tú no”. Esto nos indica que nuestra relación con Dios era de este modo interesado de “hago-esto-por-ti-para conseguir-algo-a-cambio”.

Otra cosa que nos pasa bastante a los humanos es que lo queremos todo. Queremos quedar bien con los seres humanos y también con Dios –o, como solemos decir, “sacar tajada” de todas las situaciones-.

O sea que lo que denuncia Jesús no es nada extraño o poco habitual, sino algo que se da habitualmente entre nosotros: el hacer cosas para que nos vean los demás, el hacer algo para que te valore Dios y de paso las personas (al menos, algunas personas), nos retrata tristemente. Porque si hacemos cosas por este motivo, la verdad es que nuestra altura humana, y nuestra altura creyente, son más bien pobres.

Hay otro modo de actuar, otro modo de vivir que es más vida, y es el que propone Jesús.

Por eso, cuando des limosna, no vayas pregonándolo… Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha… y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.

A veces, hacemos las cosas para que nos vean otros. En ese caso, no estamos haciendo esa cosa (en este caso, dar limosna), por el valor que esa cosa tiene en sí misma, sino que se pone como primer valor el que “lo vea la gente”.

Y Jesús nos dice que hay cosas, acciones íntimas que son tan valiosas que se hacen por sí mismas, y no por lo que la gente vaya a decir de ti. Das limosna porque te importan tus hermanos, y te alegra que el Padre sepa que tú amas así… No pretendes obtener recompensa, sino que hay un amor que te mueve, y confías en que al Padre le agrade, que el Padre quiera valorarlo… pero no lo haces por la recompensa. Lo haces porque te mueve la compasión, el amor, la generosidad… alguna de estas cosas que de verdad valen en la vida.

Tú, al moverte por estas cosas grandes de la vida, al moverte en favor de los otros, al dar lo tuyo a otros, estás actuando según lo mejor de lo humano –el amor, la entrega, la generosidad, la compasión-, y estás diciendo que ese acto es valioso, pleno, bueno en sí mismo, y no necesitas “cobrártelo” en forma de admiración y reconocimiento.

Y eso, el Padre lo valora. Eso, el Padre lo premia. No en la lógica estrecha del “te-doy-para-que-me-des” que decíamos antes, sino en la lógica de quien practica el vivir desde lo mejor de sí –ahí entra la compasión que mira a los que más necesitan, la generosidad que no calcula, la libertad que dispone de lo propio en favor de otros, el amor como fuente de mis actos…-, y desea, íntimamente, que el Padre esté contento de tu vida, de quien eres… Porque no hay mejor premio que ese. Y no es que no te cueste a veces, no es que siempre sea fácil o te venga bien… es algo más hondo, más íntimo, más pleno…

Lo que se dice aquí de la limosna, se dice en los versículos siguientes, también, de la oración y del ayuno. Y es que hay un modo de vivir, en lo esencial, de lo que importa, que arranca desde aquí:

  • La limosna que no da cosas, no da a veces, sino que desea hacer bien a los demás dándose de las distintas formas concretas que pide la vida en cada caso.
  • La oración que no solo no busca que los demás me feliciten o me admiren o me valoren, sino que desea sobre todo orar al Padre desde lo profundo, desea que la propia oración sea una palabra dicha a Dios, y solo a Él.
  • El ayuno que no se “adorna” en forma de tristeza, renuncia, dificultad, victimismo y todas las otras formas en que buscamos la atención de los demás, sino que renuncia en todas las ocasiones en que la vida te pide renunciar, y a veces en alguna otra que viene de repente, para decirle así al Padre que aceptas lo que te da, y te gozas en responderle.

Y es que, en último término, ¿cabe alegría más loca y más limpia y más íntima y más libre que la de hacer las cosas que el Padre te mueve a hacer, porque son buenas, PORQUE SÍ, por el gozo que el Padre pone en tu corazón al hacerlas? ¿Cabe alegría más dichosa que la de amar a tus hermanos, con la limosna en este caso, con el amor que el Padre los ama? Esta alegría que se nos da cuando llegamos a vivir de lo que realmente vale: das limosna por amor y no para que te vean, haces las cosas porque valen y no por el premio, deseas hacer según lo que el Padre pone en tu corazón y ser su alegría…

Es otro modo de vida, en el que somos lo mejor que podemos ser, y honramos al vivir según el Sí que somos cuando vivimos desde Él y para Él.

¿Reconoces en ti este anhelo de vivir de lo mejor de ti, y no de esas otras formas devaluadas que nos empobrecen? ¿Seguimos en los comentarios?

Imagen: Jakub Kapusnak, Unsplash

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