Lectura del libro del Génesis 2, 7-9; 3, 1-7
Salmo 50, 3-4. 5-6ab. 12-13. 14 y 17
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-19
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 4, 1-11
Las tentaciones, en las que Jesús escoge a Dios, son un ejemplo señero del modo de vivir de Jesús. Un modo que no se fija en las tentaciones (que aquí serían todo lo que nuestro mundo dice que nos daría la vida), sino que está centrado en el sí a Dios que Jesús pronuncia con ocasión de cada una de ellas. Este sí nos revela que Jesús, con su vida, nos ha mostrado cómo decir que sí en medio de las tentaciones de nuestra vida, y cómo este sí a Dios en medio del mundo es el modo de escogerle a él e ir realizando nuestra consagración a él.
- La primera tentación, manifestada como necesidad-deseo de pan, representa la tentación de dominar la vida desde nuestras fuerzas.
- La segunda tentación, en la que la vinculación a Dios se percibe como un derecho, habla de la tentación de utilizar en nuestro favor la vida de Dios, pretendiendo así evitar el mal presente en la historia.
- La tercera tentación propone un mesianismo al modo del diablo y no al modo de Dios. En esta última tentación se revela el sentido último de toda tentación: arrebatar a Dios lo que es suyo.
La primera de las tentaciones dice así: Si eres el Hijo de Dios, ordena a estas piedras que se conviertan en pan. La necesidad más básica, la de alimento, ¿cómo no la va a poner al servicio de Dios? Si no se procura pan para sí mismo, dejará de ser Hijo de Dios.
Para nosotros, esta argumentación es irrefutable: pudiendo convertir las piedras en pan, ¿cómo no va a convertirlas en pan? Si no lo hace, se muere, y si se muere, deja de hacer cualquier cosa, se impide cualquier bien que Jesús pueda hacer.
Si nosotros tenemos el poder de hacer que algo inútil, que no estorba a nadie, se convierta en un bien para nosotros, ¿cómo no hacerlo? ¿Cómo no beneficiarte de esto que está a tu alcance, si tienes posibilidad? ¿No será el mismo Dios el que me diga “te di la posibilidad para que no murieras de hambre y no la empleaste”?
Sin embargo, Jesús mira al revés: Jesús respeta ante todo la palabra de Dios, y relativiza hasta lo que para nosotros es imprescindible, porque su único absoluto es Dios.
Mira en qué situaciones sucede esto en tu vida.
Lo mismo para la segunda tentación: Si eres el Hijo de Dios, tírate abajo. Porque escrito está: “Ordenará que sus ángeles te sostengan en sus manos, para que no tropieces con piedra alguna.”
Esta tentación es más sutil: aquí no se trata de priorizar la palabra de Dios por encima de toda necesidad humana, sino del caso en que, dejándonos conducir por la palabra de Dios, la interpretamos en nuestro beneficio.
De nuevo, la respuesta de Jesús le revela como un hombre atraído por Dios y solo por Dios, que no quiere otra cosa que glorificarlo a él en su propia vida.
Esta tentación habla de todas aquellas situaciones en que buscas algo mayor o algo mejor que lo que se está dando, algo que quieres que sea para gloria de Dios pero lo haces desde tus propios medios. Dejar a Dios ser Dios sería la actitud contraria a la tentación “No pondrás a prueba al Señor tu Dios”.
Puesto que Jesús está tan identificado con Dios y desea tanto cumplir la misión que el Padre le ha encargado-, la última tentación pretende ofrecerle lo que el tentador ha recibido y Jesús viene a realizar: el dominio sobre el mundo.
Fíjate: Jesús es el Hijo de Dios, y ha sido enviado para redimir al mundo. Y he aquí que el tentador le pide, “a cambio de un gesto de adoración”, el dominio sobre ese mundo que ha venido a rescatar. Están en liza aquí dos bienes, dos formas de bien: escoger el camino del mundo es escoger la salvación a cualquier precio, al precio de someterse al mal en definitiva; escoger el camino de Dios supone adorar los caminos de Dios, incluso si para hacer su voluntad –la redención del mundo- el camino es la entrega de la propia vida.
Ya veis, según vamos hablando, la dificultad que nosotros tenemos para escoger entre estos dos caminos:
- para nosotros nuestra necesidad se antepone a todo, y en ese “todo” se incluye también la voluntad de Dios;
- para nosotros, incluso si estamos ya orientadas al querer la voluntad de Dios, es muy fuerte a menudo la tentación de interpretar la palabra en favor del propio “yo”, dejando sutilmente de lado el sentido verdadero de la Palabra, que pone siempre a Dios en primer lugar;
- para nosotros, esa tentación de hacer lo de Dios a nuestro modo se traduciría en “pactar con el diablo” para conseguir lo de Dios. Sin embargo, la unión de Jesús con el Padre es tan honda que no sólo quiere lo que la Palabra dice, lo quiere por encima de todo y olvidándose de sí, aunque el quererla suponga su muerte.
De tal manera que Jesús, en toda situación, pone por encima de todo la voluntad del Padre, sin buscarse a sí mismo por ningún motivo: ni por motivo de su propia necesidad; ni queriendo, sin negar la Palabra, leerla en su beneficio (lo que dejaría a Dios en segundo lugar); anteponiéndola aun en el caso de que le cueste la vida.
A la luz de las respuestas de Jesús vemos claro que él sí quiere la voluntad de Dios, y cómo tiene que ser querida la voluntad de Dios por encima de todo: por encima de la propia necesidad, por encima del propio yo, por encima de la misma vida.
Vemos también que esa adhesión apasionada de Jesús a la voluntad de Dios revela que Jesús ama a Dios sobre todas las cosas. Nos muestra así un modo de estar en el mundo que ama a Dios sobre todas las cosas en las circunstancias concretas que le toca vivir.
Desde aquí se enfrenta la tentación, desde aquí se dice el sí al Padre que nosotros rechazamos desde el principio. Desde aquí creemos en la salvación de Cristo que se ha entregado a nosotros para que viviéramos según él.
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Imagen: Patrick Fore, Unsplash

Me llama como un desierto. Permanecer en lo más despojado y real de mí misma. Y ahí, esperar, esperarlo todo.
Eres sumamente afortunada, María Luisa, por poder reconocer esta llamada. Y más por querer responder a ella.
Experimento que la realidad me lleva cada vez más a mi centro. Es como si quisiera pasar por mi. Me resisto, porque me exige posicionarme. La tentación es perderme en opiniones.
Qué afortunada eres por vivir para verlo, María Luisa. La realidad queriendo pasar por ti y tú, a veces, acogiéndola. Y otras, resistiéndote y sabiendo que ahí te pierdes.
gracias, qué difícil no poner al yo por delante cuando hay el mínimo dolor, menosprecio…Jesús entrega y amor
O cuando hay el mínimo (o más) de autoafirmación, aprecio desordenado…
La fidelidad a la voluntad al Padre ,por su amor apasionado hacia EL me ayuda y me sostiene.
Tambien como conoce e interpreta el verdadero sentido de la Palabra de Dios en cada tentación.Es para mí fuente de Luz.