Contemplación (II)

En esta ocasión, en este último momento de nuestro recorrido a través del relato de la samaritana, escucharemos al propio Jesús… ¿cómo ha vivido él este encuentro? ¿Cómo vives, Jesús, el encuentro con cada uno de nosotros?

Aviso que es muy, muy largo… pero creo que merece la pena así, y no lo he cortado.

¡Si supieras cómo te esperaba, sentado junto al pozo! Os resulta increíble eso que llamáis, con fórmula solemne, “el amor de Dios por nosotros”. ¡Estoy tan cerca de ti, sin embargo! Más unido a ti, más real, más apasionado y más amante que ninguna cosa creada. Tan cercano y tan apasionado como este hombre que te encontraste junto al pozo y pronunció palabras como nunca habías escuchado.

Esperaba el momento de encontrarme contigo, sabiendo que todos esos amores que te dejaban dolor y desengaño en el corazón no pueden, en modo alguno, calmar tu sed. Por eso fue que te dije, antes que nada: Dame de beber. Tengo sed de ti, de tu amor, y tú has sido creada para tener sed de mí… aunque todavía tengamos que cavar muy hondo para descubrir la fuente.

Después de años de verte buscar, de verte sufrir, de dolernos por tu sed nunca saciada, llegó la hora de venir a encontrarme contigo, cara a cara. Te contemplaba de lejos, ansiaba que me conocieras y ser tu Señor, pero no había llegado el momento. Los seres humanos os preguntáis a menudo “por qué Dios no responde”, “por qué no viene a librarme” y cosas así. Sería mejor que hicierais esas preguntas desde la confianza, desde la certeza de que Yo soy un Dios de Amor. Así, preguntaríais de otro modo, y eso os ayudaría a esperar y a confiar en lo que aún no se da. Si supierais con qué deseo os buscamos y os esperamos, entenderíais con más lucidez.

Ya nos habíamos encontrado. Estábamos cara a cara. Tú, con ese fuego ardiente que me recuerda al Padre, que es fuego suyo, y con esa desconfianza crítica y provocadora que el fuego aún no ha purificado. A las preguntas que me hacías, que expresaban tu desorientación, yo respondía con mi deseo, con mis promesas que iban más allá que todo lo que has escuchado, que todo lo que has conocido, y que sin embargo, no te sonaban increíbles porque hallaban eco en ti. Resonaban en tu interior como nunca, nada, nadie había resonado. Veía que no sabías ni dónde fijarte cuando te dije si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber… tú me pedirías y yo te daría… no sabías ni dónde fijarte, como si te encontraras en la cueva de Aladino, frente a multitud de tesoros magníficos y deslumbrantes sin medida.

Y sin embargo… eran años de ilusionarte, de entregarte incluso y salir con el corazón roto, un poco más desgarrado y hecho trizas cada vez. Eran años de no saber cómo recomponer lo roto, años de dolor y de desengaños, años de sequía, de aparentar amor aun sin sentirlo, pues, ¿de qué se vive cuando se muere el amor?

Querías creerme, y no podías. Querías creerme más de lo que habías deseado cualquier otra cosa, y el corazón no te acompañaba; tu cuerpo marchito, tus entrañas gastadas no te acompañaban. Me respondías desde lo que habías aprendido a activar en su lugar: la desconfianza, el miedo, la astucia y esa tímida esperanza de quien, después de echar todas las cuentas, concluye que igual sí podría ser que dijera la verdad.

Ahí, en ese resquicio que se abrió en ti, en esa esperanza inapagable que hemos puesto en vosotros, empecé a adentrarme en tu pozo.

Te seduje desde el principio. Esto es innegable, y lo reconocimos los dos. Pero tú seguías en lo tuyo, y creías que este encuentro acabaría como todos los demás que empiezan de este modo. Tentada estuviste de interpretar esta seducción instantánea en ambos como un flirteo al uso. Pero algo te decía que lo que se estaba dando no tenía nada que ver con nada conocido… y entonces el problema era cómo situarte, el problema era cómo vivir como nunca habías vivido. A los humanos os pasa mucho esto: cuando os encontráis conmigo y descubrís que os atraigo, intentáis alzaros de vuestra medida… dais saltos y saltos para alcanzarme, como si estuviera arriba, como si estuviera lejos, como si estuviera sordo, como si os hubiera pedido no sé qué cosas imposibles… y sólo pasado mucho tiempo aprendéis a quedaros quietos, a mirarme y sobre todo, a dejaros mirar. A no hacer nada hasta que el Espíritu os lo inspira, porque él sabe bien lo que os tiene que decir, y no vale la pena intentar nada hasta que él no lo mueve. Mucho más tarde os dais cuenta de que es muchísimo más grande nuestro Amor que todos vuestros esfuerzos, y entonces confiáis, y os dejáis conducir. Más tarde todavía, reconocéis que nuestro Amor lo llena todo, y que lo que os toca, lo único que os toca a vosotros, criaturas, es consentir plenamente con la voluntad que antes os hemos dado. Cuando descubrís eso, cuando confiáis hasta el abandono –criaturas nacidas al amor incondicional y rápidamente desengañadas-, entonces es cuando podemos habitar en vosotros. Entonces podemos llegar a ser uno y abrazar vuestra vida, haciéndola divina, como está llamada a ser. Cuando eso se da, comprendéis qué Amor tan grande nos mueve, con qué Amor tan inmenso os amamos.

Pero ahora estábamos empezando a adentrarnos en el pozo.

Me habías abierto un resquicio, hecho de esperanza y de deseo. Yo seguí alentando ese deseo, haciendo así real tu esperanza. Alenté tanto ese deseo –el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna- que desperté a tu deseo de su letargo… ¡habías tenido que adormecer tantos dones para seguir viviendo! A los humanos os sucede a menudo, cuando os encontráis conmigo, con mis promesas inmensas que son otras tantas señales del amor, de mi deseo de ser en vosotros, que os recluís en algo que llamáis humildad diciendo “yo no anhelo tanto, eso no es para mí”. ¡Si os atrevierais a vivir de los deseos que hemos puesto en vosotros! Lo veis cuando, anhelando cosas que no son, os sentís frustrados y decís que nada llena, y lo veis si, superando el miedo, os atrevéis a creer lo que yo os ofrezco. Llamáis humildad a lo que es solamente miedo, porque la verdadera humildad se fía de mí y no de sí misma.

Tú tienes valor, te lo he puesto yo. Y cuando te ofrecí esta promesa de vida inmensa e inagotable, eterna, infinita, se despertó tu deseo. Intentaste limitarlo –los años de pelear por “conseguir”… ni sabes qué… te han cerrado sobre ti-, pero te sedujo el intuir que lo que te ofrecía era “para ti”. Aún había piedras que sacar de este pozo, y nos pusimos a ello.

Vete a tu casa, llama a tu marido y vuelve aquí. Ya soy tu señor. Ya te fías de mí. Con muchos aspectos de tu vida sin integrar, pero ya te fiabas de mí… en lo profundo te fiabas más de mí, más que de tu padre Jacob, de sus hijos y de sus ganados, porque intuías que os ofrecía otra cosa…. Os pasa a los humanos que me identificáis con las mediaciones que os ofrezco; y así, os salen unas fidelidades “a la virgen del Carmen”, al “santo patrón” o al agua bendita que revelan lo desorientado que está aún el amor en vuestro corazón, que no reconoce entre Yahvé y sus mediaciones. Más piedras que habría que sacar del pozo, que nos permitirían avanzar hacia lo profundo.

Lo primero que había que hacer, que dejaras de mirar afuera, prendida o atrapada en lo que se ve, y te volvieras a tu interior, a tu casa, a esa casa que íbamos a preparar para que habitara el Padre. Para ello, había que nombrar tu historia, tus amores, tus heridas, y poner lo vivido en su lugar. Es necesario, es imprescindible este trabajo de conocimiento propio, de denuncia, de verdad. No es sólo un ejercicio de lucidez y humildad. Es también trabajo de amor, amor apasionado que, descubierto el Amor, no tolera la presencia de otro amor que quiera eclipsarlo. La verdad nos abre camino. Por eso os he dicho que el Espíritu de la verdad os conducirá en mi nombre, hasta el fin de los tiempos.

Nos íbamos adentrando en tu pozo, en tu morada, en tu misterio. Ya me dejabas el paso franco. Más aún: me habías reconocido a mí como la luz, y te precedía en el camino. Por donde yo iba, por donde te decía que fuéramos, me seguías. Así me fui haciendo tu camino, así me fuiste descubriendo como tu camino. Cada vez más libre, cada vez más mujer, ibas tirando fuera de ti lo que no servía a nuestro amor, lo que no respondía a tu verdad, al rostro que eres y que estábamos recreando.

Ahora ya no querías otro maestro que yo. Ahora era a mí, y no a los del pueblo, ni a los ancianos, ni a nadie de este mundo a quien le preguntabas lo que no entendías, o lo que no te “sonaba” bien (es que ahora, tu interior había empezado a vibrar, como una caja de resonancia, a mi presencia, y se había temperado de tal manera que te permitía reconocer qué vibraba conmigo y qué, por el contrario, no vibraba). Esto era también otro signo de que tu interior iba siendo transformado, y te hacía capaz de vibrar en mi frecuencia, en la frecuencia divina, en la frecuencia de la creación, en la frecuencia de los hombres y mujeres de Dios, en la frecuencia de los procesos y proyectos de la historia movidos por mí, en la frecuencia del universo que hemos creado. En el proceso, lo central había dejado de ser tu transformación; ahora, lo central, lo mejor era nuestro amor. Dejaste de mirarte desde las miradas de otros; dejaste después de escuchar a tu juez interior, y también la voz de tu autocomplacencia; dejaste de mirarte desde las otras miradas, para vivir mirada, contemplada por mí.

Y se fue cayendo todo lo que no es esencial. Las “fidelidades”, las estructuras, las adhesiones, las alianzas y los conflictos, la historia y la vida toda, recibió su lugar en ti, recibió su lugar del lugar que tiene en mí. El lugar que en verdad tiene, la verdad que es. A medida que iluminaba tu interior, tu mirada se transformaba. Había veces en que te creaba más tensión, porque lo que caía era algo muy querido o tenido por sagrado. Pero yo mismo te fortalecía, te consolaba, llenaba con mi amor y mi verdad el hueco que esa “verdad” había dejado, y cada vez reconocías antes que tu vida era vida cuando se unía a la mía. Que tu verdad era verdad cuando yo te mostraba la verdad. Que tu amor era amor, no cuando procedía de tu corazón, como si tú fueras fuente o principio de algo, sino cuando, unida a mi amor, amabas.

Poco a poco, tu interior se iluminaba con mi presencia. Fue pasando el tiempo en el que mirabas la vida desde ti, y cada vez más, te volvías a mí para preguntarme todo lo que se refiere al vivir: un día era dónde adorar a Dios, otro día cómo amar a esta persona o a la otra; tus preguntas, como tus intereses, habían dejado la superficie y se referían a lo esencial, a lo que viene del fondo, a lo que importa para vivir. Te ibas haciendo más tú a medida que eras más mía; te ibas haciendo más mía, y eso te hacía más única, más tú.

En mi presencia, en la intimidad conmigo, desplegabas tu belleza y tu amor, resplandecías para mí, tu amor. Por fin tu deseo de amar había encontrado dónde colmarse, y esta plenitud no te cerraba sobre ti. Mi amor reverberaba en ti, y sabías que eras mi gozo y mi alegría. ¡Cómo te soltaste en este tiempo! ¡Cómo se desplegaron los dones con los que te habíamos embellecido desde el principio! Sabías vivir, sabías para qué eran los dones y los ofrecías gratis, como los habías recibido. Gratis y sin tasa, pero no sin criterio. Su potencia querías ponerla allí donde te dijera yo, y no querías sino lo que yo quisiera para ti. Estabas segura de que lo que yo te ofrezco era la vida, y ya no había dudas ni temor en ti.

Hasta que sólo tuviste un deseo. Que tu casa, esa morada que te habíamos dado, fuera lo que habíamos querido al crearte, fuera morada del Padre, lugar en el que darle culto. Me habías mirado tanto que habías visto que yo vivía así, dando culto al Padre con mi propio cuerpo, con mi vida, y deseabas ser alabanza de Dios, templo vivo. Toda la purificación que este deseo te produjo se tradujo en mayor transparencia, en mayor luminosidad, en mayor amor. Más tú que nunca, no deseabas sino ser alabanza de Dios.

Ahora sabías más de mi amor. De cuánto te amaba, de cuánto te amaba desde el principio, y de la dicha que es para mí recrear en el ser humano la imagen de Dios que hemos impreso en cada una de nuestras criaturas. Sabías más de mi amor como para quedarte maravillada, extasiada. Y sabías que no podías hacerte una idea del amor con que os amamos, de la delicia que es para nosotros estar con vosotros, habitar entre vosotros, ser con vosotros, para vosotros. Pero ahora sabías de mi amor lo suficiente como para no desear nada como este amor que subyuga y atrae enteramente. Estáis hechos para este Amor que os ha creado.

Y llegó por fin el día tan dichoso para ti como para mí. Más para mí, que soy Amor sin velos. El día en que pudiste mirarte en mis ojos y escuchaste mi palabra de amor: Soy yo. Soy yo el que has buscado a lo largo de este camino, soy yo tu luz y tu vida, soy yo la verdad por la que has ido abandonando las mentiras y las demás verdades. Soy yo a quien desde siempre amabas sin saberlo, soy yo el que has confundido con otros amores, el que, tomando apariencia cotidiana, ha traído la vida eterna a tu vida, es en ti manantial de aguas vivas, siempre fecundas. Soy yo el que te creó para amarte, el que te ha amado desde el principio, para siempre.

Ahí, llegando al interior de tu pozo para hacer en él mi morada, me has reconocido como el que sacia tu sed y te hace fecunda. Ahora te entregas en favor de los demás, irrigada por mi amor que te recorre, te refresca, te dinamiza y te hace fecunda. Ahora vas a ellos a hablarles de mí, para que ese encuentro contigo les lleve a mí y vivan una historia como la tuya, una historia única de salvación y de vida. No haces sino dejar pasar mi amor, mi vida, que ahora te habita y te hace amor. Ahora, la fecundidad que yo soy hace que tú seas obra mía, morada mía allá donde vas. Por eso, tus palabras y tus obras manifiestan mi presencia, nuestro amor, que está alcanzando a salvar a través del tiempo, hasta hoy. Los que lean esta historia nuestra a través de los siglos, desearán también encontrarse conmigo, que yo haga su obra en ellos como la he hecho en ti.

Y después, llevarán mi salvación por toda la tierra.

 

Una pequeña síntesis…
Para sintetizar el proceso recorrido, recogemos algunas palabras clave que te pueden dar visión de conjunto

Buscar, probar, parecer, ser, apostar, arriesgar, intentar, más, vivir, experimentar, soltar, poseer, testimoniar, desplegarse, pedir, perder, ser-con, contemplar, ser-para, bendecir, entregarse, creer, profundidad, superficie, autenticidad, …

Después de todo lo que hemos ido viendo, seguro que tú puedes hacer este ejercicio, sola o en grupo. He puesto aquí una serie de palabras, y pueden ser más, que recogen los movimientos que se dan en este proceso de ser nosotros mismos, como personas y como creyentes.

Ahora te propongo que vayas cogiendo cada una de estas palabras y la vayas asociando a los temas que hemos ido viendo: cuáles de estos términos se asocian al más; cuáles se ajustan a las etapas que veíamos, o al desarrollo de la propia identidad; cuáles a los obstáculos, bloqueos, depredadores que aparecen en el camino; cuáles, a la fecundidad…

Después de hacerlo para la samaritana, reconócelo en tu propia vida.  Yo te propongo una serie de preguntas, y las respuestas te irán mostrando lo que hay en tu interior:

¿Qué se te ha hecho claro a lo largo de este recorrido? ¿Por dónde se abre la vida a continuación? ¿Qué tienes que soltar, qué promesas reconoces como propias? ¿Cuáles son los deseos que te mueven en este momento? ¿Cuáles de ellos son superficiales, cuáles son profundos? ¿En qué se parecen a los de Jesús, cuáles no, o te parece que no? ¿Cuáles han brotado de tu encuentro con Él? ¿Cuál es la vida que deseas?

Con lo que vas descubriendo, ¿qué consigna o palabra clave puede concentrar tu camino hoy?

Será bueno que lo hables con tu acompañante o con algún amigo que te conozca bien y te ayude a contrastar, si lo que descubres te resulta interesante. También puedes ponerlo en común con tu grupo de fe, para daros luz mutuamente.

Con esta entrada terminamos la lectura existencial que hemos hecho a través del encuentro entre Jesús y la samaritana.  ¿En qué te ha ayudado? ¿Qué has echado en falta? ¡Coméntanos…!

2 comentarios en “Contemplación (II)”

  1. Me ha gustado mucho esta sección del encuentro de Jesús con la samaritana.Sentir la sed de Jesús, que conecta con nuestra propia sed. Sentirnos llevadas de la mano de forma suave y tierna hacia nuestra propia verdad, sin juicios, ni condenas. Un encuentro que nos ayuda a mirarnos en profundidad, a sentir cómo nos vamos desprotegiendo ante su
    mirada. Desprotegidas y amadas, descubriendo que sólo El puede colmar nuestra sed de eternidad.
    Ojalá permitamos que el corazón se esponje en este encuentro y nos dejemos llevar con confianza, a donde El quiera… Gracias por ayudarnos a poner palabras y a sumergirnos en nuestro pozo interior.

    1. El relato de la samaritana nos lleva, de la mano, a nuestra profundidad, a nuestra sed, a nuestro Dios.
      Algo debe querer decir ese anhelo sin palabras que se nos despierta al leerlo.

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