Primera lectura: Isaías 7, 10-14
Salmo 23, 1b-2. 3-4ab. 5-6
2ª Lectura: Romanos 1, 1-7
Evangelio: Mateo 1, 18-24
En este domingo tan próximo a la Navidad, se multiplican los signos en las lecturas, que es lo mismo que decir los signos para nosotros. La lectura de Isaías nos recuerda que en un momento de la historia, de esa historia en la que, como decía la lectura del apóstol Santiago, la Palabra de Dios es consuelo para nuestra espera, escuchamos que el Señor había ofrecido a Ajaz un signo y el rey había reaccionado, como nosotros lo hacemos tantas veces, volviéndose a sí mismo. El Señor entonces se impacienta y le da el signo aunque no lo haya pedido. El signo es esta mujer que dará a luz un hijo aunque es virgen y ese hijo tendrá por nombre Emmanuel, Dios con nosotros. Se nos dice así que esta profecía ya anunciada es la que se ha cumplido en este momento de la historia que vamos a celebrar. Esto nos recuerda qué es lo que celebramos en este tiempo de Navidad: que Emmanuel, Dios con nosotros, ya ha venido a habitar en nuestra vida y se ha quedado para siempre. El salmo proclama la gloria de Dios y nos dice cuál es el modo de acercarnos a él. Por su parte, Pablo saluda a los cristianos de Roma desde esta certeza: Jesús, el hijo de Dios, nacido de la estirpe de David según la carne, constituido hijo de Dios con poder según el espíritu de santidad por la resurrección entre los muertos. Jesucristo nuestro Señor es el que nos reúne, el que nos ha llamado a seguirle, el que nos llama a vivir en santidad como hijos e hijas de Dios reproduciendo en nuestras personas, en nuestras vidas, en favor de muchos, el rostro del Hijo.
Para culminar, el evangelio de Mateo nos habla de la generación de Jesucristo que viene de la espera del hijo de María por obra del Espíritu Santo. Nos habla del desconcierto y el conflicto en que esto pone a José, el hijo de David a quien se le encarga custodiar este don de Dios para toda la humanidad. Se nos revela así, de modo luminoso y enteramente creciente, cuál es la vida a la que Dios nos llama y cuál es el modo de secundarla. Lo vemos en María, lo vemos en José, lo vemos en Pablo y lo vemos en la proclamación del salmo. También en el modo como Dios se hace presente en la historia, cuando queremos y cuando no queremos. Ojalá nosotros seamos de los que responden a esta presencia de Dios entre nosotros.
Se lo pedimos al Espíritu Santo, que realiza las maravillas de Dios en medio de nuestro mundo.
Aprovecha este tiempo de Adviento para que la oración, anhelo de Dios que ensancha el corazón, desborde tu mirada y después tu vida.
Suplicamos unidos, en la inminencia de este gozoso Acontecimiento: ¡Ven, Señor Jesús!
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Imagen: Ameen Fahmy, Unsplash
