¿Qué decimos cuando decimos «vivir de fe»?

Lectura de la profecía de Habacuc (1,2-3; 2,2-4)

Sal 94,1-2.6-7.8-9

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1,6-8.13-14)  

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,5-10)

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.»
El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar.» Y os obedecería. Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa»? ¿No le diréis: «Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú»? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.»»

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Los que celebramos la Eucaristía cada domingo tenemos fe. Esa fe puede que conviva con algunas dudas, o que sea débil; puede ser que las dudas te hagan interrogarle a la fe, o que la fe que tenías se ahogue con las dudas; puede ser que opongas la razón a la fe y esto te lleve a un callejón sin salida, o que decidas optar por dar a una de ellas la primacía; puede ser que tu fe sea vigorosa y encendida, tan central que movilice tu vida; o puede ser que nuestra fe la vivamos como una “reserva espiritual” tan escondida que nunca llegas allá donde mora, como esos vinos tan buenos que guardas y guardas sin llegar a beberlos nunca; puede ser que lo que llamamos fe sea en realidad un mero sentimiento que en ocasiones hemos asociado a ella, sin que nos movilice más allá del ´momentazo` emocional; puede ser también que lo que llamamos fe se traduzca, de hecho, en un conjunto de consignas con las que regulamos nuestra vida o la vida de los demás, o una seña de identidad por la que dividimos el mundo –creyentes/no creyentes-; puede ser la fe como una luz que ilumina de “otro modo” las cosas, todas las cosas, cada vez más realidades del día a día, tan luminosa que has terminado por preguntarle a ella acerca de todo lo que quieres mirar; puede ser también que, incluso viniendo a celebrar la eucaristía, pienses de la fe lo que piensan los que no tienen fe: que es un residuo de tiempos antiguos, algo que no sabes para que sirve… no sabes porqué sigues viniendo a la eucaristía. Quizá porque para tu madre, tu marido, tu entorno sigue siendo válida, aunque tú no ves ni crees en eso que dice la fe en este mundo tan dinámico que se desarrolla sin ella…

Tantos y tantos modos de vivir la fe que revelan el momento en que nos encontramos, que revelan cómo vivimos la fe cada uno, el desde dónde personal en que nos encontramos.

La Palabra de Dios, en cambio, nos muestra ese desde dónde en el que se encuentra el creyente, y también la certeza indudable que es el término de la fe, si creemos, no de esos “modos” nuestros tan ambiguos que mezclan la fe con lo que no es ella, y que nos confunden y alteran tan a menudo.

Vamos a ver todo esto con las lecturas de hoy, en la confianza de que la Palabra de Dios nos ayude a discernir lo que es fe de lo que no lo es, para poder crecer.

El texto de Habacuc empieza con una expresión que nos es conocida. Es un modo de hablar de Dios, o de dirigirnos a él, que todos conocemos: la queja, la impaciencia, la impotencia que se desespera porque el camino es largo, porque la confianza se apaga… ¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré: «Violencia», sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?

Cuando escuchamos estas palabras, cuando las decimos en primera persona, nos vemos cargados de razones para terminar diciendo: Dios no está, Dios es injusto, Dios no nos escucha, no puede nada o se ha ido de vacaciones… En cualquier caso, estas quejas tienen que ver con que mi modo de mirar, mis expectativas, lo que yo necesito, lo que yo entiendo, choca con el modo de mirar y de hacer de Dios, y me veo tentada de apoyarme en mi lógica y “suspender” a Dios, que no ha respondido a esas quejas tan justas, a esas necesidades tan urgentes, a ese mal invasor que todo lo arrasa. Nos vemos justificadas para dudar, para abandonar a Dios, para dejar de esperar en él, incluso para decir que no existe, puesto que no vino cuando lo llamé tantas veces… cuántas veces, las historias de relación entre Dios y una persona terminan así: dejé de esperarte, Dios. Dejé de creer en ti porque no viniste, porque no hiciste, porque tu silencio fue la única palabra. Esto, que desde nuestra lógica natural se entiende bien, no es la fe que se nos pide, aunque se le parezca.

Sin embargo, para quien quiere vivir de fe, hay otra realidad más sutil, a la que el profeta se refiere. En medio de su dolor, de sus lamentos justificados y urgentes, ha escuchado una palabra del Señor, que no es la que él quiere oír, sino aquella por la que el Señor le conduce: La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe.

Esto es lo que Dios está respondiendo al lamento, a la urgencia del profeta. Dios le responde renovando su promesa, aquella que le mostró anteriormente; le está fortaleciendo en su espera, confirmándole que llegará, aunque para la expectativa de Habacuc ahora se retrase. Dios le confirma en lo que ya ha prometido. Mantiene su Palabra, que se realizará en el tiempo y el plan de Dios, no el nuestro.

Y termina diciendo: el injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe. Así como antes hemos hablado de nuestros modos de mirar, ahora escuchamos cuál es el modo de Dios. Justo e injusto no se definen ahora desde nuestras claves, sino desde la mirada de Dios. Y he aquí que nos dice que el que tiene el alma hinchada de sus expectativas, de sus juicios, de sus malestares y frustraciones, el que está tan lleno de lo suyo que no ve lo de Dios, ese es injusto. Igualmente que el injusto, el justo se define por referencia a Dios. El justo no es el que realiza obras justas, sino el que cree la Palabra que Dios pronuncia en lo profundo de sí, esa Palabra que igual frustra sus expectativas y aplaza sus necesidades, incluso las más urgentes, pero le hace vivir de la fe en la Palabra de Dios. El justo vivirá por su fe, porque creer lo que ha dicho Dios es vida que se fundamenta en una promesa, en un amor… que sostienen la vida.

Con lo dicho vamos cayendo en la cuenta de que la fe no se alimenta de lo visible: ni de tus razonamientos, ni de tus sentimientos, ni de lo que tú piensas o no piensas de Dios. La fe se alimenta de lo que Dios ha prometido, y cree en que se realizará en el tiempo de Dios.

La segunda lectura nos da más detalles de cómo se vive de fe. Cómo viven el hombre y la mujer que viven de fe: Reaviva el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor en Cristo Jesús. Guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros

Si te fijas, todo lo que se dice aquí se refiere al vivir, pero tiene otro suelo diferente:

-a Timoteo se le llama a reavivar el don de Dios, que no es algo que haya conquistado él, sino que lo ha recibido del mismo Dios a través de uno de sus hermanos, y contiene en potencia lo que está llamado a desplegar en favor de ellos;

– el espíritu de los que viven de fe tiene un carácter especial: no es cobarde ni timorato, no se repliega, sino que lo reconoceremos porque es un espíritu de energía, amor y buen juicio;

– se le encarga a Timoteo dar testimonio, sin avergonzarse, de Cristo crucificado y de Pablo, prisionero por amor a Cristo;

– se le encarga tomar parte en los duros trabajos del evangelio, no según sus fuerzas humanas, sino según la fuerza que Dios le dé;

– se le prepara para todo ello recomendándole que tenga presente la visión de Pablo, su hermano, la visión (como la del profeta) que él le ofreció, y se le llama a vivir con fe y amor en Cristo Jesús;

– y todo esto, este depósito que son estas referencias de vida cristiana, ha de guardarlo con la ayuda del Espíritu Santo que nos habita.

¿Qué es lo que hará posible que Timoteo viva como Pablo le dice? La fe. La fe es la que nos permite ver, en medio de la vida con todas sus llamadas y sus reclamos, la vida que Dios nos está ofreciendo para vivir. Si te fijas, lo que Pablo ha dicho a Timoteo configura otro modo de vivir, otra vida en medio de la vida de todos los días.

Se le llama a reavivar el don de Dios, que es lo más tuyo, en vez de vivir de su buena conciencia, o de su buena voluntad, o de las cualidades que tienes  o de la mala leche con la que hoy te levantaste.

Se le llama a vivir desde el don de Dios con un tono, el de la energía y el amor y el buen juicio, que refleja que vives unido a Dios.

Cuando vives unido a Dios, es lo que Él te ha dicho, lo que has visto en los que te rodean, es lo más importante que tienes para decir a los que te rodean. Y aunque todos los demás no entiendan o abandonen, él deberá dar testimonio sin avergonzarse, porque lo que dice la fe es más que lo que dicen los de alrededor.

También tu modo de hacer en la vida, cuando vives de fe, traduce eso que has recibido de Dios: te comprometes y actúas desde el servicio de Dios, y lo haces, no desde tus fuerzas, sino con las fuerzas de Dios, porque para todo te apoyas en él.

En medio de la vida, no vives escuchándote a ti mismo o a los que te rodean, sino que vives atento a lo que el Espíritu suscita en tu interior, y te dejas conducir por él.

Esto es una vida de fe. Una vida que no se queda prendida en las cosas de todos los días, en las preocupaciones ni en los reclamos cotidianos, sino que vive todo eso desde las Palabras y la Vida que Dios ha puesto en nosotros. La fe es la que hace posible vivir así. La fe hace que la vida sea otra vida.

Llegamos al evangelio después de haber visto que la Palabra de Dios nos muestra que vivir de fe es otro modo de estar en la vida. Este vivir de fe es otro modo de vida que puede hacer cosas enormes. Así dice Jesús a los discípulos: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar.» La fe, que no se conduce a sí misma sino que vive conducida por la palabra de Dios y es sostenida por el Espíritu (esto lo hemos visto en las lecturas anteriores), mira y actúa en la realidad de otro modo. De un modo que, si lo entendemos al nivel humano, nos parece un poder, pero es un poder que se ejercita al modo de Dios, que es el único modo que conduce a la fe. Es decir: el que vive de fe ve y hace maravillas, pero eso no se traduce en que el creyente se crea mejor, sino que, cuanta más fe tienes, cuanto más ves y vives que el poder de Dios pasa por ti, más pequeña te haces: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.»

Y es que la fe nos conduce en todo. También nos enseña, en esta vida nueva que viene por ella, cuál es nuestro lugar y cuál es el lugar de Dios. Y a saber que es gozoso ocupar nuestro lugar. Y más gozoso todavía, alabar a Dios porque ocupa el suyo.

Imagen: Alex Radelich, Unsplash

2 comentarios en “¿Qué decimos cuando decimos «vivir de fe»?”

  1. Maria Luisa Gutiérrez

    Este evangelio siempre me pareció de esos que nunca acababan de revelarme su secreto.
    Hoy, algo de tu comentario me ha desconcertado: la fe como vino de excelencia que se guarda pero que nunca se bebe.
    Creo que la fe, para mí, hoy, pasa por atreverme a abrir la botella. Gracias, Teresa.

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