«Una vida no examinada no merece ser vivida»

Lectura de la profecía de Amós (6,1a.4-7)

Sal 145,7.8-9a.9bc-10

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (6,11-16)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,19-31)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: «Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.» Pero Abrahán le contestó: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.» El rico insistió: «Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.» Abrahán le dice: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.» El rico contestó: «No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.» Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.»»

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El juicio nos cuesta. Nos cuesta el juicio del profeta que, en la primera lectura, se presenta como heraldo de amenazas; y nos cuesta escuchar esta parábola que –aunque no somos como este rico tan rico y no conocemos pobres tan pobres, solemos decir- habla de realidades que te llevan a los extremos: no solo al extremo del rico egoísta y del pobre condenado a la miseria, sino al extremo aún mayor del más allá: el seno de Abrahan, donde ya no hay pena ni dolor, y el abismo en que se sufren toda clase de tormentos. No nos gusta vernos confrontados con estas realidades. Decimos que hemos dejado la minoría de edad, que somos adultos y maduros y que no hay que venir con cuentos amargos para que hagamos lo que tenemos que hacer.

Y sin embargo, es una forma de justificarnos. No somos ricos como Epulón y no conocemos a nadie como Lázaro, que sin duda no está a la puerta de nuestra casa… pero a nada de imaginación que tengas te haces cargo de que así van a pasar el invierno en los campos de refugiados, y los que huyen de las guerras y los niños que han perdido a sus padres (y aún peor, aunque coman, si los coge una mafia). A nada de imaginación que tengamos, está claro que entre su precariedad total y nuestra abundancia hay una distancia insalvable.

Sabemos que existen esas realidades, pero preferimos no mirar. Seguro que Epulón tampoco miraba. Pero eso no le impedía ver (¡sabe quién es Lázaro!), aunque tendría una justificación para sus trajes de púrpura y lino, y para sus banquetes espléndidos,  como nos pasa a nosotros.

Decíamos que no nos gusta que nos sermoneen, que nos señalen con el dedo, que nos digan lo que tenemos que hacer. Y menos aún, que nos juzguen. Llevamos mal el juicio. En muchos casos, con razón: hemos cargado pesadas cargas sobre los hombros de los demás, nos hemos lanzado condenas unos a otros, en la ilusión de que sabemos o tenemos derecho a juzgar… y no lo tenemos. Es muy bueno que nuestra cultura nos haya ayudado a sacudirnos tantos imperativos inaceptables, injustos.

También ha ocurrido que la mentalidad culpabilista y enjuiciadora que tantos hemos padecido nos ha hecho temer en exceso las palabras de juicio. A día de hoy, cuando escuchamos palabras como las de este evangelio, tenemos miedo de volver a caer en discursos culpabilizadores que nos llenan de angustia. Y los que aún utilizan dicho lenguaje, lo hacen porque temen que, si no es por esos discursos, por ese tono, nos volveremos todos laxos e indiferentes.

Rechazamos el tema del juicio con multitud de justificaciones: porque nadie tiene derecho a juzgarme, porque por el camino del juicio acabas agobiándote muchísimo, porque yo no necesito que nadie me diga lo que tengo que hacer o porque si Dios es amoroso, cómo va a decir palabras tan terribles…  con estas u otras justificaciones, nos creamos la ilusión de que el juicio no tiene razón de ser. Que el juicio no existe.

Pero aquí pasa otra cosa, y es que el juicio lo pronuncia Jesús, el Hijo de Dios. El que sí tiene derecho a juzgar: porque es Santo, porque es la Verdad. Porque él sabe para qué nos ha creado, qué imagen –la verdad que ha puesto en cada ser humano- estamos traicionando cuando dejamos de vivir en comunión.

En este juicio, es la Verdad de Dios la que nos nombra. Nos dice nuestra verdad cuando aún es tiempo. Cuando no hemos muerto, para que podamos reconocer nuestra muerte y empezar a vivir.

En la parábola se ve bien que el que es tan sensible a los vestidos y a los banquetes y no lo es al traje de llagas y al deseo imperioso de saciarse de las sobras, lleva muerte en su interior. En la parábola se ve bien que en cuanto muere el mendigo, nuestro Dios misericordioso estaba esperando para curar las heridas y el sufrimiento de Lázaro, para devolverle bienes por tanto sufrimiento padecido. Y se ve bien que el rico, que ha tenido nombre y fama en la vida visible, pasa a ser solo “un rico” en ese lugar de tormento al que va. Por mucho que nos cueste admitirlo, hay una conexión, no por invisible menos real, entre el amor o el desamor que vives, el modo como te abres o te cierras a lo que te rodea, y el juicio que tu vida merece según la mirada de Dios.

No importa mucho el juicio de los seres humanos. A menudo miramos mal, porque hay mal en nuestro corazón (cf. Jn 2, 24-25). Miramos mal y vemos “bueno” al rico y “malo” al pobre o al revés, según dónde estemos colocados en la vida. Miramos mal, y no creemos ni aunque resucite un muerto. Miramos mal, y no nos dolemos sino epidérmicamente del dolor de Lázaro. Miramos tan mal, que podemos llegar a decir que Dios es injusto por haber hecho así las cosas.

No importa el juicio de los humanos, pues miramos tan mal. Pero sí importa el juicio de Dios, lo que Dios ve en nosotros.

Y Dios, eso que ve, nos lo dice: nos lo dice en esos momentos de lucidez con que nos ilumina a veces: esas ocasiones en que, ante la vista de un ser humano que sufre, o como deslumbramiento de nuestra conciencia, o por un revés en la vida, podemos empezar a ver las cosas a otra luz y podemos convertirnos a esa luz. Esas ocasiones en que todo se hace claro y vemos con claridad dónde estamos, hacia dónde vamos, son los momentos en que Dios mismo nos ilumina para reorientarnos y empezar a vivir según Su misericordia, según Su verdad.

Esos momentos en que nos conocemos en esa luz más verdadera son ocasiones para reorientar el camino según esa luz, según la verdad que es la mirada de Dios. Queremos encontrar nuestro camino en la vida, queremos crecer, queremos vivir en verdad, y para que sea así necesitamos ponernos bajo la Luz que ilumina nuestras oscuridades y nos da la ocasión de reconocerlas y dejarse guiar hacia la luz. Hacia la Luz.

Además de esos momentos de iluminación que nos juzgan y nos permiten reconducir nuestra vida –y no hay que irse ni a la culpa angustiosa ni a una laxa indiferencia, sino responder con humildad y decisión a lo que se nos muestra- está la pregunta cotidiana, que examina la vida y se pregunta cómo la estamos viviendo. Sócrates decía que “una vida no examinada no merece ser vivida”. La vida se nos ha dado para hacerla valiosa, para hacerla fecunda, para entregarla por amor. Imagínate si Epulón llega en verdad a mirar a Lázaro  en vez de cerrar los ojos, se da cuenta de que no le compensa banquetear tanto si tiene a su lado el sufrimiento de Lázaro. Que quizá, si cura las llagas del cuerpo de Lázaro encuentre un gozo que no le pueden dar jamás los más espléndidos vestidos. Que es posible abrirse a la compasión, aprendiéndola de esos perros que lamen sus heridas, agachándose para estar junto a su hermano que agoniza…

Pide al Espíritu que te ilumine acerca de tu propia vida, no solo para entenderte, sino para comprometerte en dirección a lo que da vida.

Aprendiendo a mirar la realidad, abriendo los ojos, los oídos y el corazón, escuchamos lo que Dios nos dice acerca de cómo hemos de vivir. A veces será juicio, porque nos estamos negando, o cerrando. O porque simplemente no estamos viendo. El juicio de Epulón y Lázaro nos hace de advertencia a nosotros, y se hace ocasión de iluminar nuestra conciencia. Como si Epulón viniera a decirnos qué clase de vida encierra una gravedad mortal, qué vida está bendecida por la compasión de Dios, más intensa si cabe cuando no se compadecieron sus hermanos.

El modo como vivimos no es irrelevante. En la vida nos jugamos la Vida.

Imagen: Vidar Nordli-Mathisen, Unsplash

2 comentarios en “«Una vida no examinada no merece ser vivida»”

  1. M. Jesús Arriaga

    Qué pena que nadie comente esta lectura (no este comentario).
    Qué pena dedicarse principalmente a personas que lo tienen todo. y quieren a Dios para tener el más. ¡Cuántas carencias no reconocidas, precisamente por tener de sobra lo que este mundo halaga, y así, para eso, nos hacemos transportadores de su Palabra! Pero no nos fiamos, buscamos a otros para calmar nuestras carencias y desahogarnos para no tocar fondo y sentirme perdido, que es donde Él nos espera (hablo de personas con algún año de experiencia: pocos años inmadurez, muuuuchos años dependencia, camuflada por guías espirituales eternos. Esto no es acompañar).
    Cómo manipulamos a nuestro Dios los que menos confiamos en Él, los que nos consideramos más inteligentes. Qué desgracia que los más pobres seamos los que nos creemos más ricos y así estamos con quienes lo tienen todo.
    Es que llevo dentro y me hace ver, espero que con comprensión, esos autoengaños que nos llevamos para siempre.
    Pido luz para ver aunque duela y reaccionar en consecuencia; no tener miedo a cuantos llegue, mientras te quedes conmigo Señor.

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