1ª lectura: Génesis 12, 1-4a
Salmo 32, 4-5. 18-19. 20 y 22
2ª lectura: 2 Timoteo 1, 8b-10
Evangelio: Mateo 17, 1-9
Hasta este momento. Hasta este momento, ellos habían visto a un hombre. Un hombre, sí, habitado por Dios. Un hombre que obraba maravillas, un hombre por quien valía la pena dejarlo todo, y que hacía posible la esperanza de Israel. Sí que era más que ellos, pero también es verdad que los había elegido a ellos, lo cual los hacía también especiales.
Hasta que se transfigura, y se manifiesta en su esplendor.
Vivir con Jesús. Vivir junto a una persona en la que de repente descubres que está habitada, atravesada por Dios hasta el punto de irradiar su gloria. Experimentan el vértigo de reconocer que en Jesús habita la divinidad, habita Dios.
El texto del evangelio nos dice que Jesús hablaba con Moisés y Elías: la Ley y los Profetas han venido a encontrarse con él, en quien culmina la salvación, en quien culmina el plan de Dios, en quien culmina el tiempo.
Detente y contempla la escena: unos pobres humanos que han sido hechos testigos de una escena propia del cielo: el destino de Jesús, su pasión y su muerte aparecen como la expectativa a la que se dirigían la Ley y los Profetas, la culminación de todas las esperanzas de Israel. Jesús, el Obediente, se revela con la luminosidad de Dios, con su gloria, porque es quien lleva a cabo la glorificación de Dios.
Unos pobres humanos contemplando la revelación de la luminosidad, la gloria de Jesús.
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
La revelación de Jesús los sobrecoge. ¿Qué hará en ellos la palabra del Padre? ¿Cómo le sonará a Pedro, de quien acabamos de escuchar esas palabras locas de alegría, desubicadas y balbucientes?
¿Cómo les sonará esta orden de escucharlo cuando Jesús solo habla de su muerte y su resurrección?
¿Cómo nos suena a nosotros, acostumbrados a escuchar solo lo que queremos oír, a transformar las palabras para que digan lo que podemos manejar, lo que entendemos, lo que nos conviene?
¿Cómo explicar que has escuchado una palabra que no se sostiene en la realidad visible, sino que resuena en tu corazón, aunque no sepas cómo la has oído? Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. La transfiguración de Jesús que también te aterra.
La palabra del Padre que te estremece.
Y de nuevo Jesús, en el monte, como siempre. Tan duro es mirar al Dios deslumbrante, que resplandece como el sol, al Dios cuya voz resuena como el trueno… como ver al Maestro, como siempre, sabiendo que ha pasado algo y sin poderlo retener ante la vuelta a lo conocido.
Vivir con Jesús. Convivir con su atractivo y con su misterio, con su inmensidad y su cercanía, con su humanidad entrañable y su resplandor deslumbrante.
Vivir con Jesús. A su ritmo, al golpe de sus palabras y de sus acciones, de su invitación a la intimidad y de la orden de guardar silencio. Ser deslumbrado cuando él te introduce, guardar silencio hasta que él lo quiera. Preguntarle lo que no entiendes, y guardarlo en el corazón hasta que él quiera. Aceptar que la transfiguración y el padecer mucho tienen una íntima vinculación entre sí, puesto que él los asocia.
Vivir con Jesús. El privilegio de tu vida es que a ti también se te ha invitado, como a los discípulos, a vivir con él. No porque tengas mayores méritos que otros, ni mucho menos una más desarrollada capacidad de entenderle. Como ellos, tantas veces no entiendes su modo de manifestarse ni su lenguaje. No entiendes cuándo te promociona o cuándo te reconviene. No entiendes por qué privilegia a estos y no a ti, o porqué te privilegia a ti y no a estos. No entiendes, en realidad, si lo que tú llamas privilegio es un privilegio.
Y es que los discípulos de hoy somos tan ciegos y tan torpes como los de entonces. Pero eso no es excusa. Jesús nos ha llamado a caminar a su lado, y se nos revela y nos ilumina como preparación para la vida a la que nos llama, para vivir según lo que la fe nos exige. No se trata de otra cosa que de usar los ojos para ver, y los oídos para oír. Vivir en la historia, en nuestro mundo, con los ojos abiertos a lo que se va dando, y fiarnos de que esa trama que es nuestra vida es el lugar en el que el Señor nos va a enseñando a vivir… según su modo.
Vivir con Jesús. Vuelve a mirar tu día, tu semana, a la luz de Jesús. De los modos como se va haciendo presente en ella, y la respuesta a la que te invita.
Vivir con Jesús, respondiendo a sus palabras y a sus acciones. Caminando cuando él camina, deteniéndote cuando se detiene. Dando fe cuando te exige fe, entregándote cuando te lo pide.
No te engañes, como les pasa a ellos: vivir con Jesús no es vivir nuestra misma vida “con alguien más grande”. Es abrirse a la suya, en lo concreto que vamos reconociendo: en lo que te trae de inesperado, gozoso o doloroso para vivir, y que vivirás por la confianza en él. Cuando Jesús parezca no estar o cuando te hable de muerte. Vivir con él cuando se revela transfigurado.
Hay una vida, la que ya conocemos.
Y está esta otra vida. La que se vive, en medio de nuestra torpeza y nuestra ceguera, abierta a responder a Jesús, a vivir de lo que él nos da para vivir.
Este tiempo de Cuaresma es un tiempo para vivir con Jesús, con lo que Él quiera darte a vivir. Este gozo en medio de la pasión, o la pasión misma, tal como la vivimos o la imaginamos. En todo, estará él.
No sé si te has fijado en esta centralidad de Jesús, cuando nosotros esperamos encontrar en los textos de Cuaresma, sobre todo, sufrimiento. Aquí, sin ir más lejos, se nos hablaba de sufrimiento (hablaban de la pasión ya próxima). Se nos habla del sufrimiento en clave de consuelo ardiente: el amor del Padre, que nos recuerda a nosotros quién es Jesús y cómo vivir suplicándole; el hecho de que Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, siendo tan grandes se orientan hacia él como esperanza; el resplandor radiante que nos dice cuál es la verdad de este Hombre a quien veremos escarnecido y humillado. La verdad es que la Pasión cercana es una realidad infinitamente amorosa; que dicha realidad es salvación para todos los hombres y mujeres (y por lo tanto, dotada de sentido y valor, a pesar de lo que veamos), y que así como nosotros solo vemos del sufrimiento su rostro destructor, en él hay mucho más: la presencia de Dios que a través de este sufrimiento máximo y destructor, va a traernos la victoria definitiva y total sobre el pecado que nos mata.
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Imagen: Casey Horner, Unsplash

A mí me da alegría leer esta entrada! Parece que toda está envuelta en: Jesús Venciendo, ya! 👏👏
Gracias
Gracias, Edu! Es que Jesús está Venciendo, ¡ya!
Y es así, Edu! Jesús Venciendo, ya! Por nuestra parte, que nos unamos a su salvación.
ES la segunda vez que he escuchado que la cuaresma es tiempo para abrirme a la Gracia del Señor,lo quiero y lo deseo y así lo pido para todas/os.