Lectura del libro de Isaías 55, 1-3
Sal 144, 8-9. 15-16. 17-18
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8, 35. 37-39
Lectura del santo Evangelio según San Mateo 14, 13-21
Si recuerdas, hace algunos domingos hablamos del término figura con el que nos referimos a aquellas realidades que se presentan en el Antiguo Testamento como anticipo del Nuevo. Hoy nos vamos a fijar en otra de ellas que, además, nos hace caer en la cuenta de algo que tiene una enorme importancia.
El Antiguo Testamento, tanto en la lectura de Isaías que acabamos de escuchar como también en el Salmo, nos habla de la abundancia que viene de Dios. Una abundancia que él quiere darnos, y que nos saciará plenamente: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche. ¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos.
Seguro que lo primero que te viene al leer este texto es que eso no es así. Que la vida es dura, que Dios no da nada, que a veces quita, incluso. Esa es la idea que tenemos de Dios. Nosotros nos vemos en el centro. Le hemos pedido tantas veces a Dios cosas que no nos ha dado, que no asociamos con Él, ni con nadie, en realidad, esas palabras grandes y generosas, esas expresiones de tanta alegría y abundancia. La vida no es así, decimos.
Y sin embargo, esta es la Palabra que Dios nos dice. Esta es la verdad que es Verdad, aunque tú, o yo, o medio mundo o el mundo entero, dijera lo contrario. Esta es la Verdad, que solo puedes conocer si crees en Dios, pero que Él es y realiza, y lo ven quienes se abren a la Palabra que ha dicho.
Si por un minuto te abres, no a eso pequeño que tú has pedido y no has recibido, sino a lo que Dios efectivamente te/nos ha regalado, ¿qué pasa? Este universo inmenso y magnífico, tu misma vida y la del resto de los seres humanos y de todas las criaturas, la inmensidad de bienes por los cuales vives… ¿no es verdad esa abundancia recibida de balde y, podríamos decir también, a paladas, o incluso en cataratas? ¿Qué pasaría si te atrevieras a abrirte a lo que Dios nos da, a tanto como desea regalarnos? ¿Y si dejas de mirar lo que te falta, eso que crees necesitar, para abrirte a tanto bien recibido, y te alegras por todo lo que has recibido gratis?
Y este texto de Isaías, como el Salmo que celebra lo mismo es, como hemos dicho, figura de aquella realidad que llega con Jesús, el Hijo de Dios. Jesús, el Hijo, viene a habitar entre nosotros y se muestra lleno de compasión. Se compadece de nuestra hambre, de nuestra sed (que se inscriben en un universo lleno de abundancia, tal como hemos visto), y las colma. Las colma de ese modo alegre y abundante del que ya nos hablaba Isaías: Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. ¡Así es nuestro Dios!
Y nosotros podemos seguirnos quejando de lo que nos falta, de lo que Dios no nos da… o abrirnos a la desbordante abundancia con que amorosamente nos provee, que nos indica cómo vivir en el mundo, cómo confiar en Dios, cómo compartir.
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Imagen: Alexander Schimmek, Unsplash

Hace años, antes de mi conversión, siendo profesora de español, me dije a mí misma: “mi dinero tiene que servir para algo”. Y comencé a desprenderme de él con generosidad, a vaciarme en la ayuda y la donación a aquellos extranjeros que me pidieron. Descubrí que mi dinero podía dar de comer, hacer felices.
Y cuando me vacié apareció Jesús.
Porque yo buscaba, también tenía hambre y Tú me encontraste para darme el verdadero alimento para mi alma.
El amor de Dios me basta para vivir, amar y seguir amando. Dios ha sido generoso conmigo.
Hoy puedo ofrecer este testimonio.
Gracias Teresa.
Gracias por tu testimonio, Txaro.