“Mi botón (nuclear) es más grande”

Lo dice Donald Trump en su cuenta de Twitter, y no sabes en qué fijarte primero: si en la respuesta de matón a matón tan semejante a la de un par de críos (Patio de colegio), en el peligro de que estos críos tengan semejante botón al alcance de la mano, en los mensajes políticos que funcionan a base de provocaciones –tuiteras en este caso-, o en la calidad de este “estilo de gobierno”…

En todas estas cosas solemos fijarnos. Las comentamos, analizamos y estrujamos los pocos datos que tenemos una y otra vez y solemos terminar un poco más desesperanzad@s, temeros@s, justificad@s por nuestras críticas o porque no somos así, porque no haríamos algo así, porque vemos demencial plantear algo así.

Así que vamos a ir más allá, para no quedarnos en esto. Esto es parte de nuestro mundo, o mejor, del escaparate de nuestro mundo: “mi (pon aquí lo que quieras) es más grande o mejor o más rápido que el tuyo”. Si entendemos la vida como competición, respondemos a la provocación y subimos la ofensa, la amenaza –“Alguien de ese debilitado y famélico régimen puede por favor informarle que yo también tengo un botón nuclear, que es más grande y más poderoso que el suyo”-. El que lo dice se siente lleno de la euforia del poder, y el que lo escucha tiembla pensando en que esta presuntuosa reyerta llegue a más, y acabe con todo.

Si entramos a este diálogo sin la suficiente distancia, nos echamos a temblar. El ruido es tanto, la amenaza es tan seria y tan real, que nuestros recursos a la razón –estos tíos están locos, parece mentira que dos políticos puedan tener tanto poder, o ¡bah, al final también ellos tienen presiones y no llegará la sangre al río!…todo lo razonable que queramos decir y que no sirve de nada-; tampoco el poder de los poderosos –G-8 o G-20, a través de la diplomacia o con arreglos colaterales- va a poder nada como los chicos se empeñen en probar el botón de marras; sin duda, la ética no sirve de mucho –las llamadas a la justicia, o al bien común no dicen nada a quien no ha conocido estos anhelos… la memoria que vayas a dejar detrás no sirve tampoco en este caso :)- porque es mucho más difícil someter a un presidente que no se ha hecho adulto que a un crío díscolo.

La sabiduría sirve más que todo lo anterior: la persona que ha adquirido sabiduría puede tomar distancia, sin dejarse enredar por el ruido de estas noticias, y puede ir más allá del miedo, de la necedad, de la amenaza y del fin posible. Este es, en efecto, uno de los modos en que puede terminarse nuestra vida y nuestro mundo. No estaba dentro de los previstos, pero ahora sí, y se trata de incorporar esta posibilidad al planteamiento vital que nos habíamos hecho. La sabiduría es mejor, porque no se deja ahogar por el miedo o la angustia. La sabiduría sabe tomar distancia e integra esta posibilidad al conjunto de lo real, adquiriendo sabiduría.

Aunque la sabiduría también es limitada: si el fin llega, la sabiduría, por grande que sea, morirá.

Queda la fe. La fe también toma distancia de los hechos, sepa o no interpretarlos como la sabiduría. La fe sabe que Dios, más allá del posible fin de todas las cosas por el desastre nuclear, vence sobre la muerte y puede dar sentido a todo lo que aquí es sinsentido. Sabe que Dios vence sobre nuestro mal y nuestros males (las bravatas de estos críos o nuestras actitudes angustiadas, cínicas, temblorosas) y espera en Él. A veces le pide que evite la muerte, y otras, que venza sobre la muerte. En ambos casos, espera en Dios, que escucha las súplicas de sus hijos, que es poderoso, y que no ha fallado jamás al que espera en Él.

No sé si te estarás preguntando qué pinta esta entrada aquí. El blog se llama mientrasnotengamosrostro. Y este nombre hace referencia a que es a través de la fe en Jesús como llegamos a descubrir nuestro verdadero rostro. Así lo expresan las bellas palabras finales de este bello poema de Casaldáliga:

Dios ha venido a casa, desdiciéndose de su gloria.
Ha pedido permiso
al vientre de una niña sacudido por un decreto del César,
y se ha hecho uno de nosotros:
un palestino de tantos en su calle sin número,
semiartesano de toscos quehaceres,
que ve pasar los romanos y los vencejos,
que muere, después, de mala muerte matada,
fuera de la Ciudad.

Quiero que lo encontréis, en un total abrazo,
Compañero, Amor, Respuesta.

Podréis dudar de que haya venido a casa,
si esperáis que os muestre la patente de los prodigios,
si queréis que os sancione la desidia de la vida.
Pero no podéis negar que se llama Jesús, con patente de pobre.
Y no podéis negarme que Lo estáis esperando
con la loca carencia de vuestra vida repudiada
como se espera el aliento para salir de la asfixia
cuando ya la muerte se enroscaba al cuello,
como una serpiente de preguntas.

Se llama Jesús.

Se llama como nos llamaríamos
si fuéramos, de verdad, nosotros.»

Jesús es nuestra identidad, la auténtica, la que estamos llamad@s a ser cuando nos liberamos de todo lo que no es verdad, de todo lo que sobra. Si la fe nos muestra nuestro verdadero rostro, también es la fe la que nos permite abrirnos a comprender el verdadero sentido de las cosas.

La imagen es de Dikaseva, Unsplash

 

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