Lecciones de humanidad (IV)

Cuando se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: —Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Se levantó, todavía de noche, tomó al niño y a su madre y partió hacia Egipto, donde residió hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que anunció el Señor por el profeta: Llamé a mi hijo que estaba en Egipto. Entonces Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció mucho y mandó matar a todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores; según el tiempo que había averiguado por los magos. Así se cumplió lo que anunció el profeta Jeremías: Una voz se escucha en Ramá: llantos y sollozos copiosos, es Raquel que llora a sus hijos y rehúsa el consuelo porque ya no viven. A la muerte de Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: —Levántate, toma al niño y a su madre y regresa a Israel, pues han muerto los que atentaban contra la vida del niño. Se levantó, tomó al niño y a su madre y se volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao había sucedido a su padre Herodes como rey de Judea, temió dirigirse allá. Y avisado en sueños, se retiró a la provincia de Galilea y se estableció en una población llamada Nazaret, para que se cumpliera lo anunciado por los profetas: Será llamado Nazareno. Mt, 2,13-23

A partir del versículo 13 del capítulo 2 de Mateo se nos narra otro episodio dramático de la vida de Jesús.  En este caso,  la furia de Herodes, la furia de los poderosos que no consienten que la vida discurra fuera de los estrechos límites que ellos controlan,  dará lugar a una de esas acciones en las que se reconoce de qué modo nuestros intentos de ser como Dios nos llevan a  violentar la realidad.  En este caso Herodes,  temiendo que el que acaba de nacer pueda usurparle su reinado –qué malo es el miedo, cuánto deforma la mirada, y la vida-,  toma una decisión enferma dominada  por él: matar a todos los niños de Belén y de su término que tuvieran menos de 2 años. Nuestras acciones revelan lo estrecho de nuestra mirada. Nuestras acciones, cuando queremos ocupar el lugar de Dios, manifiestan a las claras que cuando queremos ser Dios destruimos la forma de lo humano en nosotros.  Y es que ser humanos de verdad es reflejar a Dios con nuestras acciones, con nuestra vida.

Tenemos así descritos  los dos modos de humanidad que se dan en nuestro mundo: el modo de Herodes, que elevándose de su estatura humana -primero por la ilusión de su poder,  y después por el miedo, la ambición y el orgullo de quien no soporta que se le resista nada-,  destruye todo aquello que pueda amenazar directa o indirectamente,  ese poder que tan celosamente protege y tan precario se revela… ha provocado un inmenso sufrimiento, ha destruido la vida en su raíz y no ha conseguido lo que pretendía.

Por otro lado está el modo de Dios,  que trae a su hijo al mundo, y consiente en que este hijo quede expuesto a las amenazas de los poderosos, a las amenazas de la enfermedad, a nuestra fragilidad toda.

Lo consiente para su hijo,  y lo consiente para todos estos otros hijos que caerán bajo la espada de Herodes.

El mundo al que viene el Hijo de Dios es, en esta estampa, un mundo cruel.  Pocas muestras mayores de crueldad que la de un poderoso  asesinando a multitud de niños inocentes para acallar su miedo a perder; pocas muestras tan patentes de soberbia y de ceguera que esta de escuchar la palabra de Dios y procurar derrotarle. Un mundo cruel al que viene el Hijo de Dios para hacerse, en su interior, el corazón del mundo. Como le sucede al corazón en el seno de la maldad, este corazón será  ignorado, incomprendido, triturado y al fin, muerto.

Por un lado, tenemos el modo humano natural, el modo que usa nuestro mundo y en el que tan claramente se percibe nuestra humanidad dominada por el mal;  por otro tenemos el modo humano de los hombres y mujeres que se dejan conducir por Dios. En la misma vida, otro modo de existencia: el de José y María,  que no viven del temor a Herodes ni del escándalo por su sangrienta matanza,  sino que viven su existencia desde la palabra susurrada por Dios en su corazón.  Escuchando esta palabra irán a Egipto,  vivirán el tiempo preciso, y escuchando esta palabra volverán de Egipto en el momento en que Dios,  a quien escuchan, a quien obedecen, a quien sirven,  así lo disponga.

En medio de nuestro mundo, dos modos de existencia: escuchar al propio ego – que toma forma de miedo, de soberbia, de vanidad, de ceguera y tantas otras formas-  o escuchar a Dios y conducirse por el camino de la vida a través de sus palabras.

Un modo, el que se fundamenta en la escucha de Dios, que no se ve libre de conocer el mal del mundo, que no se libra del exilio y que en su momento no se librará de la muerte… y sin embargo, en este modo, el mal, el exilio y la muerte no te dañan porque no dominan tu corazón,  que ya se ha sometido a Dios.

Nos cuesta reconocer que Dios elija estos caminos para hacerse presente en la realidad: un niño pequeño, una pareja como tantas otras a la que no se le libra de vivir lo que tiene que vivir, un rey cruel y despótico… este es el modo de Dios. El modo que Dios usa para hacerse presente en nuestro mundo.  Un modo hecho de debilidad con los débiles, de  silenciamiento en este mundo de tinieblas, de padecimiento en este mundo en el que tanto se padece.

Es por este camino que se construye desde las entrañas de nuestro mundo como el Hijo de Dios,  hecho uno de nosotros en todo menos en el pecado- y esto no es solo un dato teológico  que repetimos sin pensar, sino que tiene la máxima importancia-, viene a habitar en nuestra tierra,  y  lo hace del modo que, en él, se nos revelará como el más plenamente humano: reconociendo el señorío de Dios en todo. Manifestando que en la vida y en la muerte, en la bendición y en la persecución, en la admiración o en el  rechazo, se escoge a Dios, al que hemos descubierto cercana y apasionadamente presente en todo lo nuestro.

Vivir como seres humanos significa ahora, en Jesús, en los que viven unidos a él, escoger  a Dios en cada una de las situaciones de la realidad, en lo grande y en lo pequeño, manifestando así una vida que sabe vivirse como debe ser:  Dios en el centro, y todo lo demás, sometido a él.

Queremos aprender a vivir nuestra condición humana contemplando la humanidad de Jesús. Para ello hemos de realizar un doble movimiento: el primer paso de este movimiento consiste en reconocer cómo son condenados al fracaso los modos de mirar humanos, naturales, esos modos del poder, de  la injusticia, del miedo irracional;  el segundo paso  consiste en esperar,  en medio de ese espacio vacío que se dispone para Dios,  a que Él venga y salve.

Hemos visto, en este segundo capítulo, a gentes que buscan y a otras que buscan saberlo todo; a gentes que persiguen una estrella y a otras que no la han encontrado en su contacto diario con la Escritura. Incluso el mal y el dolor del mundo son mirados, en nuestro relato, con la mirada de Dios. Y ya ves que todo se ve de otro modo.

Un buen modo, este que acabamos de ver, de comenzar el año. Ojalá tus deseos de Año Nuevo tengan que ver con esta vida que se nos regala, con esta nueva humanidad que arranca del encuentro con Jesús.

¿Qué te parece contarnos esos propósitos en los comentarios? ¡Anunciar los propósitos un buen modo de comenzar!

Imagen: Joe Mania, Unsplash

3 comentarios en “Lecciones de humanidad (IV)”

  1. ARANTZAZU MARTINEZ ODRIA

    Leyendo el texto, le resulta al lector sencillo imaginarse y visualizar la escena de José y María, huyendo de Belén a Egipto con el recién nacido y llegado el tiempo, volviendo a Nazaret. También puede entenderse desde el punto de vista humano la inquietud e incomodidad que pudo causarles la situación. Sin embargo, José y María, según nos indica el texto, no actuaban como una pareja más, ellos se sabían conducidos y consentían en todo lo que Dios les iba diciendo a través de los diferentes signos. ¿Cómo se iría generando en su corazón esta confianza plena y abandono en todo lo que Dios les pedía? ¿Cómo podemos cada uno de nosotros ir preparando nuestro corazón para esta apertura y consentimiento? En general, las personas actuamos desde nuestros miedos, nuestras ilusiones, deseos… y eso lo ocupa todo en nuestro corazón, por lo que no hay lugar para que entre Dios, para que podamos ver los signos a través de los cuales nos quiere ir conduciendo. Se nos requiere un modo de mirar tan diferente al que solemos aplicar habitualmente…

    1. Gracias por tu comentario, Aran. Nos haces resonar la lectura desde tus claves, desde tu experiencia. Gracias.
      Y sí… nosotros actuamos, como dices, desde lo «nuestro» y María y José tienen otro modo de mirar. Un modo atravesado por la luz del Espíritu. Un modo que se conduce con fe, esperanza y amor en medio de nuestro mundo.
      Y nos dicen con ello que ese pretendido modo «nuestro», que tan poco nos ayuda a vivir, puede ser dejado atrás cuando nos abrimos a eso, verdaderamente nuestro, que es lo de Dios en nosotros. Cuando empezamos a vivir desde ello, descubrimos que para eso hemos sido cread@s…
      Un abrazo, Aran. Que nos abramos a vivir así.

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