Discernimientos ante la vida

Entonces Jesús, dirigiéndose a la multitud y a sus discípulos, dijo: – En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos. Lo que os digan ponedlo por obra, pero no los imitéis; pues dicen y no hacen. Lían fardos pesados, [difíciles de llevar,] y se los cargan en la espalda a la gente, mientras ellos se niegan a moverlos con el dedo. Todo lo hacen para exhibirse ante la gente: llevan cintas anchas y borlas llamativas en sus mantos. Les gusta ocupar los primeros puestos en las comidas y los primeros asientos en las sinagogas; que los salude la gente por la calle y los llamen maestros. Vosotros no os hagáis llamar maestros, pues uno solo es vuestro maestro, mientras que todos vosotros sois hermanos. En la tierra a nadie llaméis padre, pues uno solo es vuestro Padre, el del cielo. Ni os llaméis instructores, pues vuestro instructor es uno sólo, el Mesías. [El mayor de vosotros sea vuestro servidor. Quien se ensalza será humillado, quien se humilla será ensalzado. Mt 23, 1-12

En las palabras de Jesús está implícito el discernimiento. A veces se explicita, a veces lo explicitamos, pero sin duda está ahí, aunque solo a veces nos fijemos en él. La perícopa que tenemos en este día la vamos a leer en esta clave de discernimiento. Ojalá te sirva para leer en la misma clave otros textos del evangelio.

Puedes descubrir así que la Palabra viene a bendecir tu vida también de este modo: dándote un criterio para mirar lo humano que lo transforma todo.

Es lo mismo que decir que el discernimiento, que nos ayuda a mirar lo profundo de la realidad, nos permite situarnos ante ella. A veces también nos pasa esto: internamente hemos llegado, escuchando a Dios, a discernir entre la verdad y el error, en lo que se nos alcanza; pero no nos atrevemos a decir ni a vivir según eso que vemos, porque nos da miedo la gente (cf. Mt 21, 46). Esto sin duda es un conflicto, con nosotros mismos esta vez: cuando vamos percibiendo qué quiere Dios de nosotros y no nos atrevemos a decirlo, a vivir según lo que vemos. Veremos así que el discernimiento, que empieza con un cambio de mirada, da lugar a un cambio de vida. Discernir no es para saber, sino que es un saber que exige de nosotros vivir.

Veamos cuál es la denuncia de Jesús: Dicen, y no hacen; cargan sobre otros y ellos no las mueven ni con un dedo; buscan exhibirse entre la gente, pero sólo son apariencia, no hacen nada de lo que dicen.

El que es verdad, en cambio, no se hace llamar maestro, porque honra al verdadero Maestro; se sabe hermano de sus hermanos, y tampoco llama “padre” a nadie de la tierra, porque solo hay un Padre, que es el del cielo. ¿Has experimentado alguna vez, por poner este mismo ejemplo que pone Jesús, el que te atribuyas un lugar (o un mérito o un logro) que no te corresponde, y aunque por dentro lo sabes, “te dejas querer”, “te dejas regalar el oído” apropiándote de una alabanza que no te corresponde? Por dentro sabes que no es así, pero con alguna excusa para justificarte, te apropias de esa alabanza o ese reconocimiento que no te pertenece.

Aquí, el discernimiento nos indica qué tenemos que vivir, y que no lo estamos viviendo precisamente por esto: porque estamos ocupando un lugar que no nos corresponde. Al contrario, vivir en verdad, a la luz de esta mirada que discierne, es dejarse conducir por eso que hemos visto.

Y lo que nos muestra es cómo, puesto que Dios es Señor de la realidad, todos nuestros modos de mirar, de decir, de vivir, vienen dados, para nosotros cristianos, por la realidad que en Dios se nos ha mostrado como verdadera: cómo nuestras referencias “verticales” son aquello que nos indica que lo que Dios es configura lo que somos, así también las relaciones entre nosotros –hermano, siervo-, vienen determinadas por esta paternidad/señorío de Dios.

Fíjate que Jesús no se acaba en la crítica a los fariseos, con todo lo fuerte que es lo que les dice. Su palabra viene de más allá, y va más allá: ¿recuerdas que hace dos entradas (Mt 22, 34-40) Jesús nos decía, no como quien sabe sino como quien vive, que el primer precepto es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo? Ahora está haciendo visible esa vida suya. Su denuncia de los modos de los fariseos, que concreta detalladamente, como hemos de hacer siempre que queremos discernir, no se centra en los fariseos sino en el motivo por el que lo que hacen es grave: porque cargan fardos pesados sobre las espaldas de la gente, en vez de mirarlos como hermanos a los que amar, y porque se hacen llamar maestros, y padres, cuando uno solo es nuestro maestro y nuestro Padre.

En las palabras de Jesús lo llamativo no es su análisis lúcido sobre la realidad, que lo es. Esta denuncia viene a que con su actitud, los fariseos rompen la verdad de las cosas: el amor debido a Dios y el amor que merecen los hermanos. El discernimiento, así, nos ofrece la posibilidad de recuperar la verdadera mirada sobre la realidad, la que viene de Dios.

Esta referencia de humanidad tiene también una clave propia, la humildad. La humildad es el modo que expresa con verdad la relación que estamos llamados a tener con Dios y con los hermanos: la humildad es la verdad, decía santa Teresa. Y, añadimos a la luz del evangelio, desde esta verdad nos abrimos a las verdaderas vinculaciones con Dios y con los hermanos.

Imagen: Brigitte Tohm, Unsplash

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