La experiencia de Mt 7 (II)

Vamos a volver sobre el capítulo 7, esta vez en conjunto. Y lo vamos a hacer escuchando a una persona que hizo caso de mi propuesta de la semana pasada y se detuvo a revisar su vida a la luz de estas palabras-vida de Jesús.

Haremos como que es una mujer, ¿sí? La llamaremos Elyana, ¿te parece?

Porque eso sí voy percibiendo. Cada vez que me cierro a tus palabras-vida, me muero un poco. Cada vez que dejo que la pena coja más lugar, dando lugar al victimismo, me endurezco y algo se muere en mí. Cada vez que me aíslo en el orgullo, o en el tener razón o en mis mentiras acostumbradas, algo se congela en mí y se amuralla. Y luego es muy difícil volver a la vida, porque son tantas pequeñas muertes que crees que la muerte es lo normal.

Lo mismo me pasa con lo de llamar. Para mí, llamar es como pedir más de ti. Es llamarte y decirte que quiero más de ti en mi vida. Y sí quiero más de ti en mi vida, pero lo mismo de siempre: me pongo a mis cosas, que no me llenan como me llenas tú, pero están ahí, y me olvido de que tú me has llamado y has puesto en mi corazón el deseo de que te llame. Además, este deseo en mí es muy especial, Jesús. Lo ha sido siempre, sobre todo desde que murió mi Juan Andrés. Ahora te llamo a ti, y cada vez te llamo más, y más desde dentro…

Yo te llamo, y tú me llamas. Me llamas a que quiera a otros como tú me quieres a mí. No solo a mis hijos, y tampoco solo a los que me responden. A veces, cuando esto se da (porque a veces ya sabes que me quejo, y me hago la que no se entera para no querer más, porque me digo que no voy a ser yo sola la que haga, y sé que no es verdad), me siento llena, como si volara, y me digo que la vida contigo es lo mejor del mundo, Jesús. Que querer a todos es lo mejor del mundo. Y es verdad, es así. Otras veces, esto del querer se me hace puerta estrecha, porque para querer tienes que olvidarte de ti, para entregarte pierdes muchas veces de lo tuyo, y otras ves que los demás abusan… lo que ya has conseguido, Jesús, es que no quiera la puerta ancha. Has logrado que la puerta ancha, la de buscar mi gusto en todo, la de imponerme a los demás, la de “yo y lo mío y los míos primero” me suene tan mal como tiene que sonar. Lo has hecho tú, porque yo era cómoda como la que más, vengativa y con muchas ganas de tener la última palabra… ahora esto no me da ninguna alegría, y en esto vas haciendo que me parezca a ti. Ahora me alegro porque el Espíritu trabaja en mí, incluso si este trabajo para hacerme pasar por la puerta estrecha requiere “limarme” un poco más cada vez.

Pensaba hace poco que la vida de “puerta ancha” aparece como de risas y de fiesta, pero deja a los que van por ese camino solos en su amargura, y en su tristeza, que un día se cobrará la deuda. En cambio, la vida de “puerta estrecha”, que da bastante miedo al principio, tanto que te la hace temible, resulta luego ser liberadora. Y es que no te quitan sino lo que te sobra. Te quitan, para pasar por esa puerta, lo que no vale para amar. Y los que pasan por esa puerta resultan ser más ligeros y más alegres, más libres.

También me he preguntado por lo que dices de los falsos profetas, y me ha resultado muy instructivo. Me he dado cuenta de que todas las personas en las que me fijé como “referentes” espirituales eran, en realidad, personas llenas de sí mismas, y me quería asociar a ellas para que se me pegara su abundancia aparente. Luego me dejaron un sabor agridulce en el corazón, además de otras heridas que puedo llamar, sin miedo a exagerar, abusos. Luego, como dice Francisco, me diste hermanos. No eran brillantes, pero su vida tenía algo de tu fuego, y no me querían para ellos, sino que me querían contigo y para ti. Ha sido doloroso el padecer tanto durante largos años. Mi corazón miraba mal, y sin duda, no te escuchaba a ti todavía, sino a lo que me decían otros de ti. Hoy, también este dolor me ha hecho convencerme de que solo bebiendo de la Fuente, que eres tú, puedo reconocer a quienes han bebido de la Fuente. También aquí te tengo que agradecer que te hayas empeñado, a veces con dureza, en que viera. Hoy puedo decir que mi mirada no es ya tan superficial, y tampoco busca ser profunda “a mi modo”. Ahora mi mirada, no diré que siempre pero sí muchas veces, te busca a ti en los otros.

Has logrado también, mi buen Jesús, que no solo te mire a ti en los otros, sino que yo misma quiera ser como tú. Un poco, no diré que siempre o del todo, pero ahora te busco a ti en las cosas, en las relaciones. Ya no me pregunto si algo me gusta o no, sino si tú lo quieres o no. Si tú lo quieres, lo quiero yo, y noto que ese querer me llena de una alegría profunda y libre. Y si tú no lo quieres, a veces me resisto, pero mi pelea consiste en ir acomodándome a tu querer. Y no es que yo haya hecho algo para que sea así. Es que ahora te quiero más -quiero pensar que más que a mí misma, aunque lo digo temblando porque me siento indigna y no soy quién para decirlo-, y por eso prefiero lo tuyo a lo mío. Y si no es así, haz por favor que sea…

De tal manera, mi buen Jesús, que creo que mi vida se apoya en ti, y esa es mi mayor alegría. Ya soy vieja, y las cosas que he pasado -cosas terribles como la guerra y aquellas vejaciones que tú sabes-, no me han dejado muerte por dentro, a pesar de lo desgarradoras que fueron, porque tú me sostenías. Y las cosas que tengan que venir, sé que las viviré contigo. Contigo no tengo miedo a nada, mi Jesús: mi casa, mi vida, las guardas tú hasta el día en que, por fin, nos veremos… Cara a cara.

Imagen: Nathan Dumlao, Unsplash

1 comentario en “La experiencia de Mt 7 (II)”

  1. Muchas gracias Elyana. Gracias por tu compartir así este recorrido de tu vida; llega el sentido q aparece cuando se vive asi, la lectura de la vida de Dios en ti. Un regalo para comenzar la semana.
    Gracias

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