Manejarse en el conflicto

Entonces unos fariseos y letrados de Jerusalén se acercaron a Jesús y le preguntaron: —¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los mayores? Pues no se lavan las manos antes de comer. Él les respondió: —¿Y por qué vosotros quebrantáis el precepto de Dios en nombre de vuestra tradición? Pues Dios mandó: Sustenta a tu padre y a tu madre. El que abandona a su padre o su madre es reo de muerte. Vosotros, en cambio, decís: Si uno declara a su padre o su madre que los bienes que tenía para ayudarlos es ofrenda sagrada, queda libre de la obligación de sustentarlos. Y así en nombre de vuestra tradición invalidáis el precepto de Dios. ¡Hipócritas! Qué bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; el culto que me dan es inútil, pues la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Y llamando a la gente, les dijo: —Escuchad y atended: No contamina al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella; eso es lo que realmente contamina al hombre. Entonces se le acercaron los discípulos y le dijeron: —¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oír lo que has dicho? Él respondió: —Toda planta que no plantó mi Padre del cielo será arrancada. Dejadlos: son ciegos y guías de ciegos. Y, si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en un hoyo. Pedro contestó: —Explícanos [esta] comparación. Él les dijo: —¿También vosotros seguís sin entender? ¿No veis que lo que entra por la boca pasa al vientre y luego se expulsa en el retrete? En cambio, lo que sale por la boca brota del corazón; y eso sí que contamina al hombre. Pues del corazón salen pensamientos malvados, asesinatos, adulterios, fornicación, robos, perjurios, blasfemias. Esto sí que contamina al hombre y no el comer sin lavarse las manos. Mt 15, 1-20

En todos los evangelios encontramos enfrentamientos entre Jesús y los judíos. En nuestra existencia se dan también conflictos: explícitos o encubiertos, la existencia está llena de ellos. Sólo con que te detengas a mirar lo que llevamos de año, encontrarás unos cuantos de los que te sientes orgullosa, otros que te han dejado heridas, otros que no sabes cómo resolver o no puedes superar. Crecemos y nos detenemos a través de los conflictos. Aprender a vivir con ellos es una tarea importante en nuestra vida.

En relación a nuestros conflictos tenemos demasiada experiencia, propia y ajena, de cómo solemos resolverlos, como para necesitar muchos datos. Nos vemos yendo de salvadores en los conflictos, de espectadores o de víctimas; tendemos a racionalizar o a justificarnos, o nos puede el sentimiento o de repente ya no nos duele nada; lo nuestro es resolver, o tapar, o negar; los somatizamos, los negamos, los buscamos, los exageramos, los minimizamos… miles de formas de evitar los conflictos o de preparar otros, o de poner el acento donde no es para evitar así mirar donde duele… De esto, ya sabemos.

En cambio, Jesús actúa de otro modo: no quiere el conflicto y tampoco lo evita, no lo teme como nosotros, sino que en él, como en todo, saca a la luz la verdad… y esa verdad la mantiene aunque provoque conflictos, y conflictos tan graves como éste que le costará la vida.

En esta situación, los fariseos vienen a pedirle cuentas sobre por qué los discípulos de Jesús no observan la tradición de sus antepasados. La respuesta de Jesús supera todo lo imaginable: ¿Y cómo es que vosotros desobedecéis el mandato de Dios para seguir vuestra tradición?

Jesús reprocha a los fariseos a partir del mandato de Dios y no de cualquier tradición humana. En nombre de Dios, que es el único que tiene derecho a juzgar, condena su mentira que los deshumaniza (al justificarlos para no socorrer a sus padres), al poner el acento en la pureza externa, donde no está.

Nosotros lo veríamos, pero no diríamos nada… lo que demuestra que nuestro dios es el miedo, y no Dios.

A partir de esto los acusa, más globalmente, a partir de la Palabra de Dios, que denuncia la disociación radical que hay entre sus palabras y acciones y su corazón. Y desde ahí, enseña a la gente a actuar de otro modo.

Ante la mentira de sus acusadores, Jesús, plenamente investido de su autoridad, no en nombre de la tradición sino apoyándose en el mandato de Dios, denuncia su hipocresía, que viene avalada por los hechos y que fundamenta en la misma palabra de Dios. No contento con eso, enseña a la gente dónde está la verdad, a partir de la mentira de los fariseos que acaba de denunciar.

Y cuando los discípulos, temerosos, vengan a aconsejarle prudencia –¿Sabes que los fariseos se han sentido ofendidos al oír tus palabras?-, Jesús remite su actuación al Padre: él no ha hecho esto buscando hacerse líder entre la gente, o cobrarse alguna venganza personal, sino obedeciendo la verdad del Padre. Por tanto, sólo a él se somete en su verdad: seguirá manteniendo su juicio sobre los fariseos, a pesar de la amenaza que es el que se sientan ofendidos. Jesús es obediencia absoluta al misterio de Dios, y desde ahí, se entrega a la existencia: así es como se revela Dios presente entre nosotros.

Nosotros temblaríamos… Jesús es de la verdad. Y eso se revela en que se sitúa desde otra parte.

En la misma línea del mirar de Dios, que nos orienta sobre cuál es el modo verdadero de mirar la realidad, se nos dice también que es el interior del ser humano, y no el exterior, el que ha de ser atendido a la hora de discernir. Lo de fuera no es lo que puede contaminar al hombre, aunque nuestra lógica superficial así lo pueda interpretar. Es el corazón, sede del bien y del mal del hombre, lo que lo contamina. Esto nos revela adónde hay que mirar cuando queremos discernir: al corazón del hombre, y no a sus obras. El ejemplo que pone al principio, que denuncia la hipocresía de los fariseos, es un caso de cómo la oscuridad del corazón se refleja hacia afuera: se ve en el modo como los fariseos interpretan la ley de Moisés, desatendiendo el espíritu para priorizar lo superficial, dando lugar así a todo lo que sucede en el exterior.

Imagen: Chris Sabor, Unsplash

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